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Biografía de Jorge Luis Borges. Sobre Mariano Llinás, de Mariano Llinás

"Borges es el objeto de la investigación, pero Llinás es inevitablemente su sujeto. Cada decisión, cada duda y también cada indulgencia hablan de él. Al final, la película queda habitada por dos seres humanos atravesados por sus contradicciones."

Yes, Nadav Lapid

Hay algo profundamente borgeano en la manera en que Mariano Llinás busca a Jorge Luis Borges. La investigación parte de documentos, objetos, manuscritos, fotografías, testimonios y recuerdos, pero pronto adquiere la forma de una deriva: una pista conduce a otra, un nombre abre una historia, una historia lleva hacia un lugar y ese lugar vuelve a poner en movimiento la investigación. Borges aparece detrás de cada hallazgo y la vida se transforma en una red de correspondencias. Quizás Llinás no podía acercarse a Borges, su ídolo, de otra manera. La literatura de Borges convirtió la investigación en una forma narrativa y sus cuentos están poblados de bibliotecas, detectives, enciclopedias, manuscritos, traductores, escritores apócrifos y libros inexistentes. En Biografía de Jorge Luis Borges, esa lógica pasa al cine y el procedimiento de investigación se convierte en la estructura misma de la película: Llinás filma a Borges como si estuviera entrando en uno de sus cuentos. Es una de las grandes virtudes de la película: encontrar una forma cinematográfica que no solamente cuenta la vida de Borges, sino que parece surgir de la propia lógica de su literatura.

La presencia de Ernesto Montequín acentúa esa dimensión detectivesca. Ambos recorren archivos, revisan materiales, reconstruyen episodios y siguen las huellas que Borges dejó a lo largo de su vida, mientras el espectador acompaña ese recorrido desde una posición similar, obligado a observar, escuchar y relacionar datos. Pero la investigación está atravesada permanentemente por el humor de Llinás, que funciona como una herramienta narrativa fundamental. Los desvíos absurdos, las situaciones inesperadas, las conversaciones, los comentarios al pasar y cierta ligereza frente a la solemnidad del personaje impiden que la película quede atrapada en el peso monumental de Borges. El humor permite que la investigación respire y, al mismo tiempo, revela la personalidad de quien investiga. Llinás empieza a parecerse al escritor que está investigando también en su manera de convertir una búsqueda intelectual en un territorio de aventuras, asociaciones y desvíos. La influencia de Borges sobre su cine es demasiado importante como para quedar fuera de la película: aparece en la fascinación por los documentos, en las ramificaciones narrativas y en la confianza en que una historia puede contener otra hasta producir un universo entero. Historias extraordinarias ya había encontrado en la acumulación, el desvío y la multiplicación de relatos una forma cinematográfica propia, mientras que La Flor llevó esa búsqueda hacia una dimensión todavía mayor. Ahora el objeto de esa expansión es el propio Borges, y el resultado tiene algo de autorretrato: Llinás filma al escritor que ayudó a formar su propia sensibilidad y, al hacerlo, revela también aquello que busca en él.

Cada recorrido por un libro, una biblioteca o un episodio de la vida de Borges contiene una mirada sobre la literatura y sobre la tradición argentina que Llinás recibió. Hay, en el centro del proyecto, un escritor intentando reconstruir a otro escritor que ya forma parte de su propia biografía. Esa dimensión autobiográfica aparece también en los momentos en que Llinás abandona el archivo y se deja ver a sí mismo: filmando con amigos, conversando, viajando, compartiendo situaciones cotidianas o simplemente formando parte de las circunstancias que rodean la investigación. Esos momentos hacen que la película se desplace silenciosamente de la biografía de Borges hacia la de su propio autor. Llinás no necesita explicar demasiado quién es para que su presencia se vuelva evidente: está en la manera de filmar, en el humor, en los vínculos que establece con quienes lo acompañan y en la forma en que transforma una investigación sobre otro en una experiencia personal. La operación resulta especialmente apropiada tratándose de Borges, cuya literatura estuvo obsesionada con sus antecesores, con las bibliotecas que había heredado y con la manera en que cada autor transforma la tradición que recibe. Llinás devuelve ahora ese gesto: toma a Borges como una figura del pasado y vuelve a escribirlo desde el presente, utilizando el cine como una nueva forma de lectura. El archivo ocupa un lugar central en esa operación. La letra manuscrita, una fotografía, una carta, un objeto cotidiano o un libro marcado por Borges adquieren una intensidad particular porque permiten imaginar al hombre detrás de la obra. El manuscrito permite ver una mano, la fotografía permite observar un cuerpo, una voz registrada permite escuchar una respiración y un testimonio permite reconstruir una relación. La biografía se convierte así en una arqueología, aunque cada uno de esos rastros también recuerda la distancia que existe entre una vida y aquello que sobrevive de ella: el archivo conserva fragmentos y la persona permanece inaccesible.

Borges llegó a convertirse en una figura cultural de dimensiones extraordinarias. Su nombre funciona como una institución y circula asociado a la literatura universal, la biblioteca, el laberinto, el infinito, la ceguera y Buenos Aires. Su imagen se independizó hace tiempo de su obra, y Llinás entra en ese territorio cargado de representaciones para devolverle espesor humano. Aparecen sus costumbres, sus decisiones, sus opiniones políticas y sus zonas más oscuras. Borges fue un hombre de posiciones políticas profundamente reaccionarias, llegó a defender públicamente la esclavitud y sostuvo durante buena parte de su vida una mirada que hoy puede ubicarse con claridad en la derecha más extrema. También mantuvo posiciones favorables a las dictaduras y realizó declaraciones sobre el régimen militar argentino que forman parte inevitable de cualquier reconstrucción honesta de su vida. La película incorpora ese material y, en algunos momentos, Llinás hace algo especialmente valioso: pone en duda las declaraciones de Borges, reconstruye el contexto en que fueron realizadas y deja abierta la posibilidad de que el escritor supiera perfectamente qué frase polémica esperaba encontrar determinado medio cuando lo entrevistaba. La relación entre Borges y su propia imagen pública aparece entonces como otro de los enigmas de la investigación.

Pero hacia el final ocurre algo diferente, y allí la película adquiere una dimensión inesperadamente personal. Llinás llega a los últimos años de Borges y sostiene que, en ese período, el escritor finalmente comprendió la verdadera naturaleza de la dictadura. La película presenta ese supuesto cambio casi como una conclusión. Borges, después de una vida entera de posiciones reaccionarias, finalmente habría entendido. Llinás da ese giro por hecho con una seguridad que contrasta con la actitud investigativa que había mantenido frente a otras declaraciones. Ya no parece preguntarse qué llevó realmente a Borges a cambiar, cuánto hubo de convicción, cuánto de evolución personal, cuánto de oportunismo o cuánto de reconstrucción retrospectiva de su propia imagen. El investigador deja paso al admirador. Y ese momento resulta particularmente revelador porque Llinás entra, casi sin advertirlo, en su propio laberinto. Durante horas ha perseguido las contradicciones de Borges, ha puesto en duda sus palabras, ha buscado documentos, ha comparado testimonios y ha dejado que las zonas oscuras permanezcan abiertas. Pero cuando llega al final de la vida de su ídolo aparece una necesidad de salvación. Borges finalmente habría comprendido. Después de ochenta y cinco años, habría llegado a una suerte de iluminación moral que permite cerrar el relato con una figura más reconciliada. Hay algo incluso infantil en esa necesidad de que el ídolo termine bien, de que el hombre admirado encuentre finalmente la respuesta correcta y pueda ser rescatado de aquello que durante buena parte de su vida sostuvo.

Precisamente por eso, ese momento hace que la película resulte más genuina. La contradicción de Llinás no debilita su investigación: la completa. Su fascinación por Borges queda expuesta en el mismo instante en que intenta reconstruirlo. El cineasta que durante horas examina documentos, sospecha de declaraciones y sigue pistas termina creyendo aquello que necesita creer sobre el hombre que admiró desde joven. La película no consigue escapar de Mariano Llinás porque nunca tuvo realmente la posibilidad de hacerlo.

Y ahí está, quizás, su mayor interés. Aunque Llinás explique al espectador qué está haciendo y aunque Biografía de Jorge Luis Borges se presente como una investigación sobre los objetos de la vida de uno de los escritores fundamentales del siglo XX, la película también trata sobre el vínculo entre un hombre y su ídolo. Borges es el objeto de la investigación, pero Llinás es inevitablemente su sujeto. Cada decisión, cada duda y también cada indulgencia hablan de él. Al final, la película queda habitada por dos seres humanos atravesados por sus contradicciones: Borges, con toda la distancia entre su obra y sus posiciones políticas, y Llinás, con toda la distancia entre la lucidez del investigador y la fascinación del admirador. La película es en sí una forma involuntaria de honestidad. Llinás quiere comprender a Borges y, en ese intento, termina mostrando también cuánto necesita seguir creyendo en él. Después de cinco horas y media de investigación, el laberinto no conduce solamente hacia Borges. También conduce hacia quien decidió recorrerlo.

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