Moulin (2026), de Laszlo Nemes
"Donde Moulin sí sostiene su ambición es en la representación de la violencia. Nemes la muestra con una brutalidad deliberada que resulta perturbadora sin volverse obscena."
La ilusión del rigor
László Nemes estrenó El hijo de Saúl en 2015, una película que proponía una experiencia genuinamente perturbadora del horror concentracionario. Aquella obra no se limitaba a ilustrar la historia: la habitaba desde adentro, con una lógica formal inseparable de su propuesta ética. Todo parecía indicar que estábamos ante un cineasta capaz de sostener una tensión difícil: la de hacer del pasado un asunto del presente sin caer en la comodidad del monumento. Moulin desmiente en parte esa promesa, aunque no del todo. La película cuenta los últimos días de Jean Moulin, líder de la Resistencia francesa, desde su regreso clandestino a Lyon hasta su detención y tortura a manos de Klaus Barbie y la Gestapo. Nemes construye desde el principio un clima de paranoia sostenida que funciona con genuina eficacia: la clandestinidad tiene aquí una textura concreta, hecha de contraseñas, de identidades superpuestas, de la permanente conciencia de que cualquier gesto puede ser el último. En ese registro, la película es difícil de ignorar.
El problema aparece cuando ese clima deja de ser un medio y se convierte en un fin. Moulin acumula atmósfera con precisión pero no la convierte en pensamiento. La niebla invernal, las sombras que se alargan sobre adoquines mojados, los silencios cargados de amenaza: todo está bien ejecutado y nada ilumina gran cosa sobre la naturaleza del fascismo, la fragilidad de la clandestinidad o el precio psíquico del heroísmo. Nemes ilustra cuando debería interrogar, y esa diferencia termina pesando. Lo más llamativo es que el material lo habilitaba para ir mucho más lejos. Moulin es una figura históricamente opaca, construida tanto por sus actos como por el silencio que eligió mantener bajo tortura. Esa opacidad era una invitación para explorar algo genuinamente incómodo: qué significa sostener una identidad fabricada hasta el límite del cuerpo, qué se pierde y qué permanece en ese proceso. La película roza esa pregunta en algunos momentos pero sistemáticamente retrocede, prefiriendo la elocuencia de la imagen a la incomodidad del análisis.
Donde Moulin sí sostiene su ambición es en la representación de la violencia. Nemes la muestra con una brutalidad deliberada que resulta perturbadora sin volverse obscena. Hay en esos tramos una honestidad sobre lo que el cuerpo puede y no puede soportar que el cine histórico raramente se permite.
Hacia el final, Moulin mantiene un silencio que el film eleva a gesto fundacional: su negativa a hablar como el acto que detuvo, simbólicamente, la maquinaria del exterminio. Es una conclusión que dice más sobre las necesidades del mito que sobre la complejidad de la historia. Nemes llega a Lyon con demasiadas respuestas ya escritas, y eso le impide hacer la única pregunta que realmente importaba.