La perra (2026), de Dominga Sotomayor
"¿Puede un animal ser el recipiente de todo lo que una persona no supo o no pudo procesar?"
La culpa cotidiana
¿Puede un animal ser el recipiente de todo lo que una persona no supo o no pudo procesar? La perra, la nueva película de la directora chilena Dominga Sotomayor, no formula estas preguntas en voz alta. Pero las piensa en cada escena, y eso es lo que la convierte en una obra más que interesante. El cine de Sotomayor siempre ha sido un cine de lo no dicho. Sus películas trabajan con la superficie de las cosas, los gestos cotidianos, los silencios entre personas que se conocen demasiado bien, los paisajes que no son decorado sino estado de ánimo, para revelar lo que vive debajo. En La perra ese mecanismo alcanza una madurez notable. La relación entre una mujer y el cachorro que adopta casi por impulso no es una historia de amor entre especie humana y animal. Es una exploración de la necesidad de proteger, y de lo que ocurre cuando esa necesidad no tiene origen claro ni destino seguro. La pregunta que recorre toda la película, aunque nunca se enuncia, es cuánto de lo que llamamos afecto es en realidad una forma de control, y cuánto de ese control es en realidad miedo.
Hay una idea que La perra trabaja de forma excepcional: que el trauma no se supera, se relocaliza. Que una persona puede construir una vida funcional, incluso tranquila, y llevar adentro algo que no ha terminado de ocurrir. El pasado en esta película no irrumpe de manera dramática sino que regresa por las grietas, activado por lo imprevisto. La desaparición de un perro puede desenterrar la desaparición de un niño. El miedo a perder algo pequeño puede ser el eco de una pérdida que nunca se procesó del todo. Sotomayor entiende que así funciona realmente el duelo: no de manera lineal ni ordenada, sino como una marea que sube y baja y a veces cubre cosas que creíamos a salvo. También es una película sobre la ilusión de reciprocidad. Uno de sus gestos más audaces es negarse a convertir al animal en una metáfora cómoda de lealtad incondicional. Yuri no es leal de la manera en que los perros son leales en las películas. Tiene su propia lógica, sus propios instintos, su propia forma de relacionarse con el mundo que no pasa por las expectativas humanas. Y eso, en lugar de ser una decepción narrativa, es una declaración de principios. La película pregunta si somos capaces de amar algo en sus propios términos, sin convertirlo en espejo de nuestras necesidades. La respuesta, al menos para Silvia, no es sencilla.
Sotomayor debuta en Cannes con una obra que confirma su lugar entre las directoras más rigurosas del cine latinoamericano contemporáneo. Lo que distingue su trabajo no es solo la precisión formal sino una forma de mirar a los personajes que se niega al juicio fácil. Sus protagonistas no son víctimas ni heroínas. Son personas que cargan con cosas y las cargan de maneras imperfectas, a veces torpes, siempre reconocibles. En ese sentido, La perra es también una reflexión sobre la culpa. No la culpa espectacular de las grandes tragedias, sino esa otra culpa más cotidiana y más difícil de nombrar: la de haber estado presente y no haber actuado, la de no saber si lo que hiciste o dejaste de hacer cambió algo, la de vivir con una pregunta que no tiene respuesta verificable. Ese tipo de culpa no se confiesa ni se absuelve. Se lleva. La perra crea las condiciones para que ciertas preguntas se sientan con una claridad inhabitual. Salir de esta película sin saber exactamente qué pensar no es una limitación: es el punto. El malestar que deja es productivo, del tipo que obliga a seguir pensando mucho después de que terminaron los créditos.