Sheep in the Box (2026), de Hirokazu Koreeda
"Pensemos en la fría crueldad de A.I. de Spielberg, o en el malestar corporal de Air Doll del propio Koreeda, pero aquí el director lo convierte en algo más amable, más cálido, y quizás por eso mismo, más insatisfactorio."
La caja vacía de Koreeda
Sheep in the Box, la nueva película de Hirokazu Koreeda ambientada en un futuro no muy lejano, se siente extrañamente anacrónica, como un eco de debates que el cine ya resolvió hace décadas. La premisa es conocida: una pareja japonesa que perdió a su hijo de siete años en un accidente recibe una invitación de una empresa llamada REbirth para adoptar una réplica robótica del niño, con inteligencia artificial y todo lo que ello implica. Es el tipo de argumento que el cine de género ha explorado en clave oscura y perturbadora, pensemos en la fría crueldad de A.I. de Spielberg, o en el malestar corporal de Air Doll del propio Koreeda, pero aquí el director lo convierte en algo más amable, más cálido, y quizás por eso mismo, más insatisfactorio.
El título remite a El Principito, esa novela breve de Saint-Exupéry donde la imaginación y lo invisible importan más que lo concreto: la oveja que el principito desea está dentro de la caja, y eso basta. Koreeda parece querer algo similar: que aceptemos a Kakeru, el niño-robot, sin que nos importe demasiado qué hay dentro. El problema es que esa misma lógica termina afectando a la película entera. Se nos pide que creamos sin que nos den suficientes razones para hacerlo.
Otone, la madre, se entrega sin reservas al experimento. Kensuke, el padre, resiste: llama al humanoide “Tamagotchi”, luego “Roomba”, se niega a llamarse papá. Este conflicto conyugal tiene el ritmo contenido y preciso que caracteriza al mejor Koreeda, y durante su primera mitad la película funciona como una exploración íntima y honesta del duelo. Una escena en particular, cuando el niño-robot mira a Otone con una fijeza casi insoportable y parece ver lo que ella misma no puede nombrar, condensa todo lo que la película podría haber sido: un estudio sobre el terror de ser visto del todo, sobre la culpa que no encuentra forma de decirse.
Pero Sheep in the Box no se conforma con eso. En su segunda mitad, la película abre una trama paralela con un grupo de humanoides adolescentes que planean escapar de sus dueños y construir algún tipo de comunidad autónoma en el bosque. La idea no es mala, el eco de los replicantes de Blade Runner es inevitable, y también el de After Yang de Kogonada, pero Koreeda no la desarrolla con suficiente convicción. El subplot se siente injertado, y los personajes que lo habitan no tienen el peso necesario para sostenerlo. Cuando todos estos hilos convergen en el tramo final, la película no los ata: los abandona. Resulta frustrante el desaprovechamiento de un director de este calibre. Koreeda tiene la sensibilidad exacta para este material, su cine siempre ha tratado de familias rotas que se recomponen de maneras inesperadas, pero aquí parece confundir la contención con la evasión. Las ideas más interesantes flotan en la superficie sin sumergirse: la relación entre naturaleza y tecnología, la arquitectura como duelo, la pregunta sobre si los muertos pertenecen a quienes los lloran. Todo asoma y nada se resuelve. Sheep in the Box no es una película fallida en el sentido vulgar del término. Tiene momentos de genuina belleza y una voluntad artística que se percibe en cada encuadre. Pero es una película que se queda dentro de la caja, demasiado cómoda con sus propias limitaciones.