Viva (2026), de Aina Clotet
"A veces sabemos exactamente lo que deberíamos hacer y somos incapaces de hacerlo porque el miedo tiene su propia lógica."
El derecho a estar
Aina Clotet arranca su ópera prima en una consulta médica. Nora, interpretada por la propia directora, está tumbada en la camilla, con el pecho expuesto y la mirada perdida en el techo. Acaba de salir de una mastectomía. Lo que podría ser una escena de vulnerabilidad convencional se convierte aquí en algo más complejo: un instante suspendido entre el alivio de haber sobrevivido y el vértigo de preguntarse para qué. Esa tensión no abandona el film en ningún momento. Lo que Viva (2026) propone es, en el fondo, una pregunta filosófica disfrazada de comedia: ¿qué significa estar viva de verdad? Nora trabaja en un laboratorio de investigación sobre el envejecimiento celular, una ironía que la película explota con inteligencia sin subrayarla en exceso. Su trabajo consiste en encontrar maneras de extender la vida humana, mientras ella misma evita hacerse las pruebas que podrían confirmar si el cáncer ha regresado. Hay en esa contradicción una verdad psicológica poderosa: a veces sabemos exactamente lo que deberíamos hacer y somos incapaces de hacerlo porque el miedo tiene su propia lógica.
La aparición de Max, un chico veinte años menor que ella, no es un recurso dramático fácil ni un simple capricho argumental. Es la irrupción de algo que Nora no había contemplado: ser deseada sin condiciones, sin historia, sin el peso de todo lo que ha pasado. La película trata ese deseo con una franqueza que aún resulta relativamente inusual en el cine español: la sexualidad femenina de mediana edad, con sus ambivalencias y sus urgencias, aparece sin pudor pero también sin exhibicionismo. No es una declaración de principios feminista. Es simplemente la vida de una persona.
Clotet y su coguionista Valentina Viso construyen a Nora con una generosidad poco habitual hacia los personajes en crisis: le permiten equivocarse, ser contradictoria, actuar de manera que no la favorece, y al mismo tiempo la rodean de suficiente contexto emocional para que nunca dejemos de entenderla. La comparación con ciertos grandes personajes femeninos de la literatura del siglo XIX no es descabellada, aunque Viva opera en un registro más ligero y, sobre todo, más esperanzador. Nora no está atrapada por la sociedad de la misma manera; tiene más margen de maniobra. Y eso, lejos de restarle dramatismo, hace que sus decisiones sean más interesantes: aquí el obstáculo no es el mundo exterior, sino ella misma. El contexto ambiental que rodea la historia, una sequía persistente, un invierno demasiado cálido, funciona como un eco discreto de la angustia de Nora, sin convertirse en metáfora machacona. El mundo también está bajo presión. También está cambiando más rápido de lo que nadie sabe gestionar. Viva no insiste en el paralelismo, pero está ahí para quien quiera leerlo.
Hay algo que Viva logra especialmente bien: la sensación de estar entrando en una vida que ya estaba en marcha antes de que empezara la película y que continuará después de que acaben los créditos. Nora tiene pasado, tiene hábitos, tiene la textura de alguien real. No sabemos con certeza si las cosas le van a ir bien. Pero tenemos la sensación de que, pase lo que pase, Nora va a seguir siendo Nora. Y eso, al final, es lo que más importa.