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Dos festivales en uno. Sobre el Bafici 2026

"¿Cómo lograr que un joven que asiste a ver el corto de un amigo decida quedarse a ver una película de otra sección? ¿Cómo hacer que esa experiencia inicial no sea un evento aislado, sino el comienzo de una relación más profunda con el festival?"

Yes, Nadav Lapid

Al igual que en los últimos años, el Bafici 2026 volvió a generar una sensación compleja: no hay un solo festival, sino dos que conviven en paralelo bajo la misma sigla. Esta duplicidad no responde a una decisión explícita de la organización, sino a una fragmentación más profunda del campo cinematográfico y de sus públicos. Por un lado, un espectador mayor de 35 años, formado en la tradición del cine de autor, que asiste a funciones de directores consagrados o películas ya validadas. Por otro, una masa más joven, menor de 35, que se acerca al festival como un espacio de circulación inmediata, donde los cortometrajes y algunas operas prima, la mayoría de las veces realizados por amigos, compañeros o colegas, funcionan como punto de encuentro. Ambos Baficis coexisten, pero casi no dialogan. Las salas pueden ser las mismas, los días coincidir, incluso los pasillos compartirse, pero la experiencia es radicalmente distinta. En el primero, hay una lógica de canon, de descubrimiento dentro de una genealogía: se sigue a ciertos autores, o películas que pasaron por determinados festivales, se discuten las nuevas obras de directores en relación con las anteriores, se traza una continuidad. En el segundo, la lógica es más episódica: la proyección de un corto es un evento social, una extensión de redes afectivas preexistentes.

Lo que resulta más llamativo no es tanto la coexistencia de estos dos circuitos como si la débil conexión entre ellos. No hay un tránsito fluido que permita a ese público joven transformarse, con el tiempo, en el espectador del otro Bafici. Tampoco parece haber un pasaje natural desde el cortometraje amateur o semi-profesional hacia las secciones más consolidadas del festival. 

Ante esta discontinuidad podría haber preguntas. ¿Qué tipo de espacio es el Bafici para los jóvenes realizadores? ¿Es un trampolín, una instancia formativa, o simplemente un momento efímero de visibilidad? La evidencia parecería sugerir que, para muchos, se trata de lo último. El festival funciona como una suerte de rito de paso incompleto: se participa una o dos veces, se experimenta la excitación de ver una obra propia en pantalla grande con amigos vitoreando, pero luego no hay continuidad.  En paralelo, el otro Bafici sigue su curso con relativa estabilidad. Los nombres se repiten, las trayectorias se consolidan, el público envejece junto a los directores. Esto no es un fenómeno aislado ni exclusivamente local. En distintos festivales del mundo se observa una tendencia similar: el aumento sostenido en la edad promedio de los espectadores. El público de festivales envejece, y lo hace más rápido de lo que las instituciones logran renovarlo. Frente a esto, algunos festivales han desarrollado políticas activas de formación de audiencias. No se trata solo de programar películas para jóvenes, o de jóvenes, sino de generar procesos sostenidos en el tiempo que los acerquen al cine como experiencia cultural.

Festivales como el de Thessaloniki o el de Tallinn han entendido este problema en términos estructurales. A lo largo de todo el año, no únicamente durante la duración del festival, organizan programas específicos orientados a estudiantes de nivel secundario. Estas iniciativas buscan introducir a los jóvenes a formas de cine  que, de otro modo, difícilmente encontrarían: cinematografías periféricas, narrativas no convencionales, propuestas estéticas exigentes. El objetivo no es llenar salas coyunturalmente, sino formar espectadores en el sentido más profundo del término: individuos capaces de sostener en el tiempo una relación activa con el cine. En el Bafici las funciones de cortometrajes suelen agotarse instantáneamente, pero ese llenado responde, en gran medida, a la presencia de amigos, familiares y colegas de los directores. Es un público cautivo, circunstancial, cuya relación con el festival no necesariamente se prolonga más allá de esa función específica. Este punto se vuelve especialmente problemático cuando se lo vincula con otra de las características del Bafici actual: la notable expansión en la cantidad de producciones argentinas incluidas en la programación. Que 147 producciones nacionales encuentren pantalla en el festival es, en principio, un dato positivo, en tanto amplía la visibilidad de una escena diversa y muchas veces precarizada. Sin embargo, esta expansión cuantitativa obliga a preguntarse por sus consecuencias en términos cualitativos. Tal vez entender la curaduría de un festival en términos numéricos podría no ser la mejor de las opciones. ¿Es posible sostener un criterio curatorial consistente frente a semejante volumen de obras? La pregunta no apunta a deslegitimar la inclusión de nuevas voces, sino a problematizar el equilibrio entre apertura y exigencia. Cuando la programación incorpora un número tan elevado de cortometrajes, el riesgo es que la experiencia de visionado se vuelva irregular. 

Para el espectador no especializado, y especialmente para aquel que podría convertirse en un asistente habitual en el futuro, esta irregularidad resulta indudablemente disuasiva. Si la experiencia de asistir a una función implica enfrentarse mayoritariamente a obras más cercanas a una muestra estudiantil que a un festival internacional, la probabilidad de retorno disminuye considerablemente. El festival, en ese sentido, se convierte en un espacio de validación interna para una comunidad ya existente, más que como un ámbito de descubrimiento para nuevos públicos.

En términos de política cultural, se trata de una estrategia que prioriza el impacto inmediato por sobre la construcción de audiencias duraderas. La formación de espectadores requiere tiempo, coherencia y una cierta pedagogía implícita en la programación. No basta con ofrecer espacio de exhibición; es necesario también construir un marco que permita a los espectadores contextualizar, comparar, debatir y, eventualmente, profundizar su relación con el cine. Sin esa mediación, la proliferación de obras pierde su potencia generativa. El espacio de los cortometrajes es extremadamente raro en la forma de pensarse a sí mismo: Los programadores, quienes seleccionan las películas y, en principio, estarían en mejores condiciones de articular una lectura sobre ellas, a veces presentan las funciones y a veces no; en ocasiones hay q&a posterior, en otras no. Todo parece librado al azar. Incluso cuando se organizan estos intercambios, no es raro que quien modera evidencie no haber visto los cortos en absoluto, o que los directores abandonen el escenario sin haber recibido una sola pregunta luego de estar parados 30 minutos. En otros casos, directores, como los de la competencia argentina, completan sus tres proyecciones sin haber tenido ninguna instancia de preguntas y respuestas, a diferencia de los largometrajes, que sí las tienen, pese a que, según el propio festival, ambos formatos reciben el mismo tratamiento.

Volviendo a la idea inicial de los dos Baficis, podría decirse que esta expansión programática refuerza la brecha entre ambos. El festival de los jóvenes se vuelve cada vez más amplio en términos de participación, pero también más difuso en su propuesta estética. El otro, en cambio, mantiene una línea más clara, pero a costa de una cierta repetición y de una creciente distancia respecto de las nuevas generaciones. Entre ambos, el espacio de articulación sigue siendo mínimo.

Quizás el desafío más urgente no sea elegir entre uno u otro modelo, sino encontrar formas de intersección. ¿Cómo lograr que un joven que asiste a ver el corto de un amigo decida quedarse a ver una película de otra sección? ¿Cómo hacer que esa experiencia inicial no sea un evento aislado, sino el comienzo de una relación más profunda con el festival? Y, en sentido inverso, ¿cómo evitar que el circuito más establecido se cierre sobre sí mismo, perdiendo contacto con las transformaciones en las formas de producción y circulación del cine contemporáneo?

Sin respuestas claras a estas preguntas, el Bafici corre el riesgo de seguir siendo, año tras año, dos festivales en uno: uno que mira hacia su propia tradición y otro que se agota en su presente inmediato, sin que ninguno de los dos logre proyectarse plenamente hacia el futuro.

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