Hair, Paper, Water… (2025)
de Nicolas Graux y Trương Minh
"Las cuevas acumulan millones de años. Las películas duran mucho menos. Pero a veces, en esa duración limitada, consiguen guardar algo que de otra forma se habría perdido sin que nadie lo notara. Hair, Paper, Water… es exactamente eso: un acto de memoria antes de que el silencio llegue."
Lo que el agua no se lleva
Hay lugares en el mundo donde el tiempo transcurre de otra manera. Las cuevas, por ejemplo, acumulan siglos sin que nadie lo note: el agua cae despacio, construye formas que duran milenios, y sin embargo guarda en su silencio algo que ninguna piedra puede retener del todo: la memoria de quienes las habitaron. Hair, Paper, Water…, la película codirigida por el vietnamita Truong Minh Quý y el belga Nicolas Graux, parte precisamente de esa tensión entre lo que permanece y lo que se va, entre lo que la tierra recuerda y lo que los seres humanos están a punto de olvidar.
La historia se sitúa en la provincia costera de Quảng Bình, en Vietnam, y su centro es Cao Thị Hậu, una mujer mayor que nació en las cuevas de esa región antes de que su pueblo, los Rục, fuera “descubierto” por el mundo exterior a finales de los años cincuenta. Ese descubrimiento, si es que puede llamarse así, supuso el comienzo de un proceso de desplazamiento silencioso: del interior de la tierra hacia los valles, de la lengua propia hacia otros idiomas, de una forma de vida hacia otra que prometía modernidad pero que en realidad fue borrando, capa a capa, todo lo que los Rục habían construido durante generaciones.
Lo que hace extraordinaria esta película es que no se acerca a ese proceso con la distancia clínica del documental convencional ni con la urgencia alarmista de quien quiere demostrar una tesis. En cambio, elige quedarse. Quedarse con Thị Hậu mientras enseña a su nieto las palabras de su lengua, una por una. Quedarse mientras le explica qué plantas sirven para qué dolencias, qué frutos alejan ciertos peligros, cómo leer el bosque que los rodea. Quedarse mientras la lluvia cae y el río sube y la vida cotidiana transcurre con esa mezcla de rutina y fragilidad que tienen todas las cosas que están a punto de desaparecer.
La transmisión del lenguaje ocupa un lugar central en Hair, Paper, Water…, y es fácil entender por qué. Cuando una lengua muere, no se pierde solo un sistema de signos: se pierde una manera de ver el mundo, de nombrar las relaciones, de entender la propia historia. El rục, con apenas unos pocos cientos de hablantes, lleva años al borde de ese precipicio. Y la abuela lo sabe. No con desesperación, sino con la determinación tranquila de quien ha aprendido que ciertos esfuerzos valen aunque no garanticen resultados. Le enseña al niño sus palabras como quien planta semillas en tierra incierta.
Pero la película también sabe mirar más allá de ese gesto individual. El nieto crece en un mundo donde el vietnamita es el idioma de la escuela y el inglés es el idioma del futuro. Sus padres no están: uno se fue y no volvió, la otra trabaja lejos. Esa ausencia no es solo personal; es el síntoma de una transformación económica y social que empuja a las comunidades rurales hacia los márgenes y convierte su cultura en algo pintoresco, residual, eventualmente invisible. Lo que Hair, Paper, Water… captura con una delicadeza admirable es precisamente esa maquinaria invisible: la globalización no llega anunciándose, llega vaciando poco a poco los lugares de las personas que los conocían de verdad.
Hay momentos en la película que quedan grabados con una fuerza especial. Thị Hậu recuerda que durante años vendió su cabello para conseguir dinero. Cuenta un sueño en el que su madre le pedía que volviera a la cueva. Esos fragmentos no son anécdotas menores: son ventanas hacia una vida completa, hacia una subjetividad que el cine raramente se toma el tiempo de explorar. Los directores construyen un retrato que respeta profundamente a su protagonista, que no la convierte en símbolo ni en víctima sino que la muestra como lo que es: una persona plena, con conocimientos, con historia, con amor hacia ese niño y hacia ese mundo que conoce mejor que nadie.
La película no termina con una resolución reconfortante porque no pretende mentir. El espectador sale con la sensación de que todo lo que vio, esos saberes, esa lengua, esa manera de habitar el mundo, probablemente no sobrevivirá mucho más. Y sin embargo, haberlo visto importa. Importa que Truong Minh Quý y Nicolas Graux hayan elegido quedarse, escuchar y registrar. Importa que Thị Hậu haya aceptado compartir su memoria.
Las cuevas acumulan millones de años. Las películas duran mucho menos. Pero a veces, en esa duración limitada, consiguen guardar algo que de otra forma se habría perdido sin que nadie lo notara. Hair, Paper, Water… es exactamente eso: un acto de memoria antes de que el silencio llegue.