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Yes, de Nadav Lapid, o la pornografía del desastre

“¿Qué queda del gesto cinematográfico cuando renuncia a su potencia de descentramiento para no ser más que el espejo de una burguesía que se contempla en su propia detestación, mientras otras vidas continúan siendo aplastadas? ¿Qué vale todavía tal gesto cuando persiste en organizar la catástrofe desde su propio centro, cuando incluso el aniquilamiento en curso en Gaza debería precisamente hacer imposible toda reconducción de ese privilegio?.” 

Por Sylvain George

Introducción: la inmunidad por exhibición

En 2025, Yes de Nadav Lapid se impuso como una de las películas más celebradas del año. Presentada en la Quincena de Cineastas, ampliamente aclamada por la prensa francesa e internacional, respaldada por las instancias ordinarias de consagración del cine de autor, fue de inmediato instalada en la categoría de las obras que se consideran «necesarias». Se elogió en ella la violencia del gesto, la energía del montaje, el fervor del relato, la audacia de un cine supuestamente capaz de enfrentarse a su tiempo sin rodeos. Los calificativos se repiten con insistencia: obra «convulsiva», «febril», «impactante», impulsada, según se dice, por «el increíble vigor del montaje» y «la audacia contundente de las elecciones narrativas». (1) La cineasta Justine Triet se entusiasmó públicamente, llegando a comparar a Lapid con Godard (2). Este fenómeno importa menos aquí por lo que pudiera decir sobre la calidad de la película que por lo que revela de cierta mirada crítica. Pues semejante consenso, en torno a una película presentada como radical, obliga menos a ratificar la evidencia de su importancia que a interrogar las condiciones que hacen posible tal reconocimiento.

El éxito de Yes no tiene nada de enigmático. Es, al contrario, estrictamente coherente con las expectativas de ciertos espacios artísticos y culturales contemporáneos, que valorizan la negatividad cuando esta permanece compatible con las formas dominantes del reconocimiento. La película no desentona en los circuitos que la han consagrado. Cumple, al contrario, con varias de sus exigencias implícitas. Ofrece, como veremos, todos los signos exteriores de la violencia crítica, exhibe la abyección, pone en escena la complicidad, atraviesa la vergüenza, pero sin desplazar jamás realmente el punto de enunciación que gobierna su mirada. Muestra mucho, y es precisamente esa exhibición lo que la protege. Cuanto más expone el envilecimiento, más parece lúcida. Cuanto más pone en escena el horror, más parece sustraerse a la objeción. La falta, una vez expuesta, tiende así a absolverse de antemano.

El relato sigue a Y, músico, y a Jasmine, bailarina, en el Tel Aviv de las fiestas privadas, las élites vulgares, los cuerpos reducidos al servicio, el entretenimiento y el intercambio. El primer movimiento de la película, que Lapid señala mediante un simple código capilar, Y moreno antes de la crisis, Y decolorado cuando bascula hacia la colina y el desastre, luego Y de nuevo moreno en el último movimiento, expone de entrada esta mecánica del rebajamiento. La pareja se prostituye en veladas mundanas donde se canta, se arrastra, se gesticula, donde los cuerpos sirven para halagar y entretener, hasta la escena en que unos viejos ricos piden que les laman el fondo de las orejas. A esta prostitución mundana le sucede otro encargo, mucho más grave. Y debe componer la música de un himno que acompaña letras que llaman al exterminio de los gazatíes. El texto de la película se apoya aquí en un material muy real: una canción propagandística de 1948 reactivada tras el 7 de octubre, en particular a través de un vídeo en el que un coro de niños entona sus letras. La película sigue entonces la trayectoria de un hombre que consiente, vacila, se rebaja, expía y luego contempla la huida. Pero esta trayectoria importa menos por su contenido narrativo que por lo que hace posible. Pues Gaza no aparece nunca como un mundo habitado, con su propia historicidad, sino como un fondo trágico destinado a dar más peso al drama interior del protagonista. Por lo tanto la película no se enfrenta nunca verdaderamente a la catástrofe. Esta queda absorbida por el relato, reconducida a la crisis moral del personaje, sin que la mirada que la organiza se desplace jamás.

El propio título entra en esta lógica de legitimación. Es difícil no escuchar, detrás de ese Yes, el eco de la novela de Thomas Bernhard (3). Que haya, consciente o inconscientemente, un préstamo importa menos aquí que el efecto producido. La palabra no se presenta desnuda. Ya viene cargada de una negatividad anterior a la película, que le otorga de entrada cierto peso. En Bernhard, el sí nunca es un simple asentimiento. Compromete una relación con el desastre, el sofoco, el retorno. En Lapid, se convierte en el emblema de una capitulación presentada como la forma misma del tiempo presente. Esta resonancia no carece de efecto y ya prepara a la recepción crítica para tomarse la película en serio antes incluso de interrogar sus formas.

Es esta operación lo que aquí queremos describir. No para juzgar una película, sino para comprender en qué medida condensa ciertos rasgos del cine de autor contemporáneo cuando pretende ser a la vez crítico, violento, consciente de sí mismo, e inmediatamente legible como tal por los aparatos de consagración. La hipótesis es simple. Yes construye una inmunidad por exhibición. Lo que expone le sirve también de garantía. La confesión cumple función de verdad, la vergüenza expuesta de finiquito. La crítica queda entonces reconducida al malestar que suscita, lo que dispensa de plantear la pregunta más decisiva: la de dónde se sitúa el lugar desde el cual el desastre se hace visible, y la de los cuerpos mantenidos fuera de campo aun cuando la película pretende tomarlos como horizonte.

El problema no es solo el de la ausencia de los palestinos, aunque esa ausencia sea decisiva. Radica más profundamente en la manera en que la película convierte el desastre en resorte del drama, la vergüenza en signo de una conciencia perturbada, la complicidad en punto de partida de una redención, y la huida en la forma misma de su clausura. Hay que leer entonces Yes a partir de cuatro operaciones interrelacionadas. Primero como síntoma de una consagración, es decir, como obra inmediatamente reconocible y aceptable en la economía cultural que la celebra. Luego como dispositivo interno de despolitización, donde el conflicto histórico queda reconducido a una dramaturgia de la conciencia y la capitulación. Después como máquina de conversión del desastre en decorado probatorio, donde Gaza solo aparece a condición de permanecer fuera de alcance, visible como ruina e invisible como mundo. Finalmente como objeto perfectamente ajustado al confort crítico de un público culto al que ofrece la posibilidad de sentirse del buen lado sin tener que desplazar el lugar desde el que mira.

Este texto no sostiene que Yes carezca de intenciones críticas. Sostiene algo más grave. Muestra que aquí la crítica sirve de entrada como prueba, que la confesión desactiva la objeción, que la autoexposición hace las veces de análisis, y que la mala conciencia, una vez puesta en escena, neutraliza en definitiva lo que pretende abrir. En este sentido, Yes no es solo una película discutible. Dice algo sobre el estado de cierto cine contemporáneo, como sobre el estado de una crítica que toma demasiado a menudo la negatividad por una política, el arrebato por un pensamiento, y la confesión de sí mismo por un descentramiento.

La película como síntoma de una consagración

1. Unanimidad crítica y economía del reconocimiento

La acogida dispensada a Yes fue notablemente unánime (4). Desde su presentación en Cannes, la película fue clasificada en la categoría de las obras que uno no se limita a apreciar, sino que considera importantes, necesarias, casi ejemplares en su relación con el presente. Este primer hecho, lejos de confirmar su potencia crítica, debería al contrario suspender la adhesión. Pues cuando una película se presenta como un ataque frontal contra el orden moral, político y afectivo de su propia sociedad, y sin embargo encuentra una adhesión tan rápida en los mismos circuitos que organizan la consagración del cine de autor, la primera pregunta no es si es «valiente», sino comprender qué es lo que, en ella, es tan inmediatamente reconocido.

Esta recepción no es un malentendido. Forma parte del problema. Indica que la película, lejos de decepcionar profundamente las expectativas del campo cultural europeo, se conforma a ellas con una notable facilidad. Hace ver la corrupción moral de su mundo, su violencia, su malestar, sus excesos, pero en formas que ese mundo puede aún reconocer, admirar y acoger sin ponerse él mismo en crisis. En consecuencia, la película parece menos interrumpir el orden del reconocimiento que reconducir, bajo apariencia de riesgo, una de sus formas más eficaces.

Por eso hay que tomar en serio los propios términos de la recepción. Sin cesar se saluda una película «necesaria», «contundente», «vital», impulsada por una energía que haría las veces de coraje. Este léxico no es inocente. Señala que la violencia de la forma es recibida como garantía de una verdad política. Ahora bien, precisamente esta equivalencia es una de las condiciones del ceguera crítica. Lo que se reconoce en Yes es menos un trabajo de descentramiento que una violencia formal inmediatamente recibida como signo de radicalidad. La película llega ya acompañada de sus propios signos de legitimidad, y la recepción se instala en ellos sin encontrar apenas resistencia.

El consenso que rodeó a Yes no prueba que incomode. Sugiere más bien que satisface un deseo preciso: el de ver cómo la radicalidad se da como tal, bajo una forma reconocible, transmisible, discutible sin gran riesgo, y sobre todo fácilmente apropiable.

2 La figura del autor: el oponente ideal para la conciencia europea

Este éxito no puede separarse de la figura pública de Nadav Lapid tal como circula en Francia y más ampliamente en Europa. El cineasta aparece allí como un israelí disidente, un exiliado a la vez dentro y fuera, un hombre que habla contra su propio campo y encuentra en Europa no solo un lugar de trabajo, sino también un espacio de acogida para su palabra. En una palabra, un «sabra deconstruido» (5). Esta figura no acompaña simplemente la obra. La precede y la cubre ya de cierta autoridad. Sitúa de entrada la palabra bajo el signo del coraje, y la obra bajo el de la gravedad, antes incluso de que hayan sido examinadas sus operaciones propias.

Este crédito biográfico es tanto más eficaz cuanto permanece parcialmente indeterminado. Lapid puede decir de Israel que se trata de una sociedad «profundamente enferma» (6), de un mundo en descomposición moral, sin tener que precisar realmente qué es lo que apunta. ¿Enferma de qué, según qué continuidades, al término de qué historia, bajo qué racionalidades políticas y coloniales? (7) La pregunta permanece a menudo en suspenso. Ahora bien, esta suspensión, lejos de debilitar su autoridad, la refuerza. El diagnóstico moral, porque permanece general, se ajusta más fácilmente a las expectativas del público cultivado europeo, que escucha en él una condena suficientemente firme para producir gravedad, pero suficientemente flotante para no obligar al pensamiento a exponerse a sus consecuencias más rigurosas. Aquí reencontramos la figura del artista-profeta con la que Lapid se identifica cuando explica que un artista debe decir su verdad «con la voz más lúcida, más clara», invocando el ejemplo de los profetas bíblicos llamados a retirar «el velo que cubre los ojos» (8). Este léxico del desvelamiento no describe solo una intención. También sirve para fundar una autoridad. La película no se presenta ya solo como una obra, sino como una palabra investida de una función de revelación. En el espacio cultural europeo, tal postura produce un efecto poderoso y predispone a la adhesión antes incluso del examen.

Lapid ocupa así una posición particularmente favorable: la de estar a la vez dentro y fuera. Se presenta como crítico de Israel manteniéndose suficientemente ligado a ese mundo como para rodar allí, trabajar allí, ser recibido aún como una voz situada. La crítica europea puede entonces acoger su cine como una palabra legítima venida desde dentro, como la confirmación de lo que ya está dispuesta a escuchar. Esta posición le confiere a la vez la autoridad de la disidencia y la legitimidad del testigo. Alivia en esa medida el examen de las formas. La postura moral del autor tiende entonces a garantizar de antemano la justeza de la película. Y esta figura es tanto más eficaz cuanto permanece compatible con la ambivalencia material de su situación. Lapid denuncia a su país, pero sigue rodando en él. Pone en crisis sus estructuras simbólicas, pero la película circula con financiación israelí y europea. Lejos de debilitarle, esta ambivalencia le hace más fácilmente aceptable. Hace de él el oponente ideal para una conciencia europea que quiere escuchar una crítica de Israel sin tener que afrontar las mediaciones que la hacen posible.

3. Intensidad formal y despolitización

La recepción positiva de Yes descansa en parte sobre una equivalencia espontánea entre violencia formal y alcance político. Porque la película es agitada, convulsiva, ruidosa, nerviosa, saturada de gestos, rupturas, excesos, de «destellos visuales y sonoros» (9), sería necesariamente más valiente, más arriesgada, más justa que formas más contenidas, más silenciosas, más indirectas. Ahora bien, esta equivalencia merece ser rota. Una forma agitada no es en sí misma una forma crítica, como tampoco un choque es por naturaleza un desplazamiento. Puede perfectamente producir una sobrecarga expresiva que reemplaza al análisis en lugar de abrirlo.

El cine de Lapid trabaja manifiestamente bajo la sombra proyectada de cierta modernidad europea, y se adivina, en su gesto, la voluntad de inscribir el presente en un linaje donde la violencia histórica reclamaría de nuevo formas agresivas, disonantes y descompuestas, capaces de romper con el confort de las representaciones ordinarias. Pero estas referencias, si existen, no bastan para producir un desplazamiento real. Pueden igualmente servir de coartada y moderna.

No se trata de negar las genealogías posibles, sino de interrogar su uso. El nombre de Godard reaparece sin cesar en la recepción de la película. Ferreri tampoco está lejos desde el momento en que se trata de asociar desmesura, descomposición y farsa negra. Pero la filiación no es el gesto. En Godard, la violencia de la forma trabaja a menudo para hacer visible una estructura, una circulación, una distribución de lugares. En Ferreri, el exceso se vuelve máquina fría contra la sociedad de consumo y sus pulsiones de muerte. En Lapid, al contrario, la violencia formal tiende a menudo a bastarse a sí misma, como si la agitación garantizara ya el alcance crítico.

Es lo que está en juego aquí. La película acumula los signos del exceso, pero este la hace a menudo más inmediatamente legible de lo que desorganiza la mirada. La agitación formal hace entonces las veces de pensamiento, el exceso se presenta como subversión. El espectador puede entonces creer haber atravesado algo políticamente decisivo, aun cuando el desastre real corra el riesgo de disolverse en el primer plano del gesto de autor, en la insistencia de la película sobre sí misma. Ya no es la historia la que pone la forma a prueba, sino la forma la que atrae hacia sí la atención.

Las escenas del primer movimiento ya lo ilustran. Las fiestas se suceden según un modo de superación continua: cuencos de sangría, cuerpos que se arrastran, bocas que sirven, concursos de canciones humillantes, actuaciones destinadas a halagar a unas élites grotescas. Nada es falso en esta pintura de un mundo obsceno, pero la película recarga de tal manera la escena que acaba por sustituir al análisis de una relación social por el efecto mismo de su exasperación. Ya no vemos solo un ambiente. Vemos a la película forzar su efecto.

De ello resulta que la guerra en Gaza, la crisis moral israelí, la brutalidad de las élites, la corrupción del arte y la descomposición del vínculo se convierten menos en realidades a iluminar que en materia ofrecida a la expresión. La película no cesa entonces de ponerse a sí misma en primer plano. Parece menos alcanzar lo que pretende apuntar que interponer su propio gesto entre el mundo y lo que da a leer de él.

4. El ángulo muerto palestino

El punto más decisivo, y sin duda el más perturbador, radica en lo que la película no muestra, o más exactamente en la manera en que organiza esa ausencia. Los palestinos no están ausentes en el sentido simple del término. Su borramiento pertenece al dispositivo. No aparecen sino como fondo trágico del relato, nunca como sujetos de la película. Gaza, por su parte, solo existe a distancia, bajo la forma de una ruina lejana, de un territorio bombardeado cuya destrucción alimenta la crisis del personaje central sin desplazar jamás su posición. 

No se trata, por tanto, solo de una ausencia o de un simple problema de representación. La película organiza una distribución de lo visible. Por un lado, una subjetividad israelí herida, contradictoria, situada en el centro como lugar de crisis. Por otro, una presencia palestina reducida a la lejanía, al rumor, a la destrucción, sin acceso verdadero. La disimetría no es jamás interrogada como tal, y sirve como contraria a la lógica misma del relato. Cuanto más Gaza permanece fuera de alcance como mundo, más puede servir de telón de fondo al drama moral de la película.

Esta lógica ya está preparada antes incluso de la llegada a la colina. Leah explica que traduce y transcribe, en varias lenguas, testimonios de víctimas del 7 de octubre para hacerlos circular en línea. Este dato podría abrir una reflexión sobre la producción de archivos, sobre la circulación diferenciada de los relatos de sufrimiento, sobre los usos políticos de la traducción. Pero la película no hace nada de eso. Reduce este trabajo a una letanía de atrocidades. La escena se contrae sobre un largo monólogo concebido para acumular el horror. Se escucha en él esta frase, hecha para marcar: «uno se pregunta cómo en Gaza se puede vivir y dormir después de haber masacrado a poblaciones… ahora ya se sabe». Estas palabras no están situadas, ni trabajadas, ni siquiera interrogadas. No se convierte ni en documento ni en síntoma. Prepara la ascensión hacia la colina y orienta ya la escena hacia la crisis de Y. La palabra sobre la violencia no está ahí para abrir un pensamiento, sino para ser reconducida a su personaje central.

La película se presenta como lúcida al tiempo que reconduce lo que pretende poner en crisis: la soberanía de la mirada israelí. Esta mirada no está intacta en el sentido en que sería triunfante o serena. Está herida, avergonzada, vacilante. Pero sigue siendo aquella desde la cual el desastre se hace visible. Y es precisamente esta posición, aunque alterada, aunque culpable, la que la película no logra abandonar. En lugar de descentrar su dirección, dramatiza la crisis de su propia mirada.

El ángulo muerto palestino no es un defecto secundario. Compromete a la película entera. Lo que Yes no logra hacer aparecer es un mundo palestino que no esté reducido al telón de fondo moral de un relato israelí. Lo que no puede dejar advenir es que la catástrofe deje de ser la prueba interior del héroe para poner en cuestión la propia mirada desde la que se muestra.

Es en este sentido que la frase de Golda Meir, «No existe un pueblo palestino» (10), aunque evidentemente no sea retomada por la película, acecha sin embargo su lógica. No porque Lapid niegue explícitamente la existencia de los palestinos, sino porque la película no les concede nunca una presencia capaz de descentrar su propio drama. Están ahí como signo de que un desastre está en curso, no como mundo susceptible de dislocar el régimen de visibilidad de la película.

Las operaciones internas de la inmunidad

1. El binarismo sí / no: una máquina para despolitizar 

La primera operación de la película consiste en reducir el campo político a una oposición inmediatamente inteligible entre el sí y el no, entre la aceptación y el rechazo, entre la capitulación y la resistencia. Tal polaridad posee una eficacia dramática innegable. Da al relato una línea clara, un motor fuerte, una armadura moral simple. La cuestión histórica de la adhesión queda reconducida a una escena interior donde todo parece jugarse en la conciencia de un solo hombre. Lo político ya no aparece como un conjunto de mediaciones y restricciones a describir. Se reconduce a una prueba moral.

Esta moralización del conflicto no es solo una simplificación narrativa. Despolitiza en profundidad. Al reconducir la destrucción en curso a la alternativa consentir o rechazar, la película descarta todo lo que permitiría comprender cómo una sociedad entera puede tomar parte en un proceso de aniquilación sin que este se reduzca a una suma de conciencias individuales: cadenas de decisión, formas de participación difusa, grados de implicación, dependencias materiales, dispositivos de propaganda, estructuras coloniales de larga duración. La «guerra» deja entonces de ser un problema histórico a elucidar. Se convierte en el fondo de un drama interior.

La película y su autor asumen explícitamente este encuadre. En el dossier de prensa, Lapid afirma «que solo existen dos palabras, el no del rechazo y de la resistencia, el sí de la aceptación y de la renuncia» (11). Precisa además que, para él, «La sumisión es actualmente la única verdad» (11), y hace decir a su personaje esta frase dirigida a su hijo: «Resígnate, hijo mío, cuanto antes. La sumisión es la felicidad». Estas formulaciones no son mero comentario. Tocan al principio mismo de la película. El binarismo no sirve en ella solo al relato. Porta su tesis.

El deslizamiento se vuelve aún más grave cuando la película deja entrever que el no no es solo vencido, sino caduco. La resistencia ya no aparece como aplastada por una relación de fuerzas. Parece superada, casi inadmisible, como si la época misma exigiese que por fin se consintiera en lo real. Tal postura transforma el fracaso de los rechazos en argumento al servicio de la resignación. Lo que debería llamar a un análisis de la derrota se convierte en una legitimación de la capitulación. La impotencia se adorna entonces de sabiduría, y la derrota de lucidez. El sí ya no es solo lo que la película describe. Se convierte poco a poco en la lengua en la que piensa su tiempo.

En su entrevista en France Inter del 15 de septiembre de 2025, Lapid lleva muy lejos esta lógica. Explica haber querido, al contrario que en sus películas anteriores, filmar a un personaje que «capitula», y añade, en sustancia, que el no no ha producido nada, que no ha tenido ningún impacto en la realidad: «Vemos de cierta manera adónde nos ha llevado este no. Yo mismo veo en la realidad». El pasaje es decisivo. La derrota de los rechazos ya no se constata solo en él. Se convierte en un juicio emitido sobre el rechazo mismo. El no no es simplemente ineficaz. Se convierte en «anticuado».

Esta palabra, en apariencia leve, casi anodina, como si solo fuera una manera de hablar, es sin embargo decisiva. Aplicada al no, es decir al rechazo, a la resistencia, a la oposición, desplaza la cuestión del terreno del conflicto al del gusto. No refuta el rechazo. Lo descalifica reduciéndolo a una forma envejecida, desplazada, casi inconveniente. El léxico de la moda se sustituye así al de la lucha. Lo que pertenecía a la relación de fuerzas, a la historia, a la derrota o a la represión se redescribe como asunto de estilo, de continencia, de contemporaneidad. Ya no se dice que el no fue aplastado; se sugiere que se ha vuelto inadmisible.

Esta torsión es capital. Retira la derrota política del terreno del conflicto para darle la apariencia de una obsolescencia estética. El rechazo ya no aparece como una posición derrotada, sino como una postura envejecida, embarazosa, mal acordada con su tiempo. El sí, a la inversa, se presenta como la actitud adulta, lúcida, adecuada. Bajo cobertura de realismo, la película instala así una norma implícita de admisibilidad. No dice solo lo que ocurre, sino también lo que sería en adelante permitido, o no, asumir como forma política legítima.

Por eso también esta palabra resuena tan bien en el espacio cultural que acoge la película. Un no demasiado frontal, demasiado neto, demasiado conflictual, rápidamente sería reconducido a la sospecha de simplismo, de militantismo, de insuficiencia formal. El sí, en cambio, puede prevalerse de la complejidad, el desencanto, la ambivalencia; en suma, de todas las virtudes simbólicas que el campo valoriza. Al declarar el no «anticuado», Lapid no describe solo una época. También adopta uno de los idiomas más acordados con el régimen cultural que consagrará después su película.

La operación es decisiva, porque da al consentimiento el aspecto de una necesidad histórica. La película no se limita a mostrar a un hombre que cede. Tiende a hacer de esa cesión una figura contemporánea de la relación con el mundo. La sumisión ya no aparece como un problema a pensar. A partir de ahí, el envilecimiento puede tomar los rasgos de una profundidad, y la vergüenza los de una conciencia.

Hay que recordar aquí un punto esencial. En Sinónimos como en La rodilla de Ahed, ya había en Lapid gestos de ruptura, explosiones de rechazo, destellos negativos, pero no constituían por ello una política en el sentido pleno. Eran la mayoría de las veces gestos solitarios, sin verdadero alcance estratégico. Yes no pasa, por tanto, de un no victorioso a un sí vergonzoso. Parte de un no ya derrotado, ya agotado, y hace de esa derrota el horizonte mismo del presente. Ahí reside su torsión más profunda. 

2. El artista como cuerpo disponible: una antropología de la sumisión

La película da a su tesis un cuerpo: el de Y, artista móvil, nervioso, dúctil, ofrecido, cuyo relato no cesa de poner en escena la disponibilidad. Desde las primeras secuencias, el personaje está atrapado en un circuito donde el arte, la voz, el gesto, el cuerpo entero se convierten en servicio para unas élites adineradas. Lo importante no es solo que la película muestre a un artista comprometido. Es que haga de esa disponibilidad casi un rasgo constitutivo del personaje.

El inicio de la película ofrece enseguida la escena primitiva. En una velada donde se mezclan generales, millonarios y burgueses hedonistas, Y y Jasmine son requeridos como instrumentos de halago y entretenimiento. Bailan, se rebajan, imitan actos sexuales, se arrastran, sumergen el rostro en cuencos, se entregan por entero a la obscenidad de la fiesta. El punto extremo se alcanza cuando una anciana acaudalada les paga para que le laman el interior de las orejas, y más aún. Nada se deja aquí en la alusión. La boca, órgano de habla, se convierte en órgano de servicio. La película podría haber partido de ahí para analizar la captura del arte por circuitos de dominación. Pero orienta la escena en otra dirección, dejando entender que esta disponibilidad no pertenece solo a una situación social determinada, sino a una disposición más profunda.

Es en este mismo universo donde se anuda el encargo central de la película. El paso no tiene nada de accidental. Y no abandona un mundo por otro. Permanece en la misma lógica, pero esta franquea un umbral. El himno genocida no surge como ruptura absoluta. Prolonga lo que el primer movimiento ya había instalado: la disponibilidad de un artista requerido a prestar su voz, su cuerpo y su música a quienes disponen del poder. El encargo radicaliza una lógica ya presente. Lo que pertenecía primero al halago mundano se convierte aquí en colaboración explícita con una palabra de exterminio.

Es ahí donde la película opera su deslizamiento más decisivo. Ya no muestra solo cómo ciertas estructuras producen formas de complicidad. Tiende a hacer de esta complicidad el fondo mismo de la figura artística. Las diferencias de lugar, de dependencia, de restricción, las resistencias minúsculas, los rechazos sin gloria: todo esto se borra en beneficio de una misma visión desencantada del artista como cuerpo disponible. El espectador puede entonces tomar esta generalización por una crítica, aun cuando esta desarma la pregunta de las mediaciones.

Hay que prestar atención también a la boca, tan insistente en la película. No es un simple motivo de provocación. La boca deja de ser órgano de palabra para convertirse en órgano de servicio, de succión, de ingestión y de sumisión. Ya no dice. Ejecuta, toca, sirve, traga, se rebaja. Esta insistencia podría abrir un análisis potente de la destrucción de la palabra bajo dominación. Pero la película no la elabora en esa dirección. Hace de ella un signo suplementario de la disponibilidad del personaje, como si la materialidad misma del gesto dispensara de reconstruir sus condiciones.

El dossier de prensa lo dice casi crudamente. Y «da su arte, su alma y su cuerpo al mejor postor», aporta «placer y consuelo a su país que sangra». Más aún, para él, la prostitución no es un medio para sobrevivir o mantenerse, sino «un estado existencial» y que «la única cosa que es capaz de decir es sí». El deslizamiento es decisivo. El problema ya no es comprender cómo las estructuras sociales producen ciertas formas de prostitución simbólica. Se convierte en el de una disposición interior.

Esta antropología de la sumisión prepara entonces el resto de la película. Si el artista esta de entrada disponible, si se vende, consiente, se deja emplear, entonces su sufrimiento futuro podrá aparecer no como efecto de una estructura, sino como drama íntimo. Queda abierta la vía para que la humillación se transforme luego en expiación, y la expiación en finiquito.

Por eso también la comparación con Godard, tan movilizada a propósito de Lapid, debe manejarse con extrema prudencia. En Godard, cuando un cuerpo está atrapado en una cadena de intercambios, lo está en el interior de un dispositivo que ilumina relaciones, funciones, estructuras. Aquí, al contrario, la degradación del cuerpo tiende a convertirse en la prueba espectacular de una verdad existencial. Ya es una antropología de la sumisión.

3. La operación colina: Gaza como decorado probatorio

La escena de la colina constituye sin duda el centro formal de la película, o al menos uno de sus nudos más reveladores. Condensa en algunos gestos el conjunto del régimen de visibilidad que organiza Yes. El lugar mismo importa. Un punto de dominio desde el que se puede ver Gaza a distancia, contemplar el enclave bajo las bombas permaneciendo separado de lo que allí ocurre, sentir la «guerra» como horizonte sensible sin sufrir directamente su aplastamiento. Esta disposición espacial no es neutral. Da una forma concreta a la disimetría entre quien mira y quienes mueren, e instala de entrada una posición de visión de la que la película no se apartará.

Ahora bien, la película no trabaja esta disimetría como violencia de la mirada, sino que se instala en ella. Gaza aparece desde esa altura como superficie de destrucción, como fondo trágico, como teatro lejano del aniquilamiento. Lo que se da a ver no es un mundo palestino, ni siquiera la crisis de la representación frente al exterminio, sino una imagen del desastre puesta al servicio del relato. El personaje principal aúlla allí el himno genocida, y la escena está concebida como el punto culminante de su perturbación. Sin embargo, esta perturbación no descentra nada. Lo reconduce todo a la crisis de Y.

Hay que restituir aquí la secuencia en su materialidad. Y, ahora rubio, parte con Leah hacia esa «colina del amor» desde donde israelíes vienen a contemplar los bombardeos. Antes de llegar, Leah despliega su letanía. Explica que traduce y subtitula testimonios del 7 de octubre, luego la escena se contrae sobre un largo monólogo de horrores acumulados, destinado menos a elaborar un archivo que a cargar la escena. Esta frase concentra la lógica entera de la escena: «uno se pregunta cómo en Gaza se puede vivir y dormir después de haber masacrado a poblaciones… ahora ya se sabe». Nada está aquí trabajado como documento o como síntoma. La palabra sirve para preparar el acceso al mirador.

El vuelco se manifiesta cuando esta escena se prolonga casi inmediatamente por una secuencia de intimidad amorosa. La película superpone entonces la ruina entrevisada a lo lejos y el acercamiento de los cuerpos. El problema no es de orden moral en el sentido estricto. Es formal y político. La catástrofe deja de ser lo que debería interrumpir el relato, o destituir el privilegio de la mirada. Se convierte al contrario en lo que relanza la crisis del personaje y carga la escena de una tensión privada.

La llegada a la colina lleva esta lógica a su punto extremo. Y sube solo, ve el enclave, los humos, las explosiones. Lapid ha contado que rodó allí, frente a una enorme nube negra, con detonaciones reales de fondo. Luego Y grita las letras del himno, retomadas de una canción de 1948 reactivada en el presente, como si la película buscara en ese grito una forma de verdad desnuda. Pero apenas ha resonado ese grito, Leah se une a Y, el encuadre se desplaza, y la escena vuelca. La cámara vuelve hacia Gaza mientras la banda sonora, en cambio, se llena de los pasos, los alientos, los besos de la pareja. Las imágenes de la ruina quedan así recubiertas por la intimidad de los cuerpos. El desastre ya no es afrontado como realidad política irreductible. Es reconducido a la economía afectiva de un sujeto central. Gaza ya no es solo mantenida a distancia como ruina. Se convierte en el fondo de una apropiación íntima de la catástrofe.

Es en este sentido preciso que puede hablarse de una pornografía del desastre: no en el sentido vulgar de una sobreexposición obscena, sino en el sentido en que la destrucción es convertida en superficie de excitación y descarga. Gaza ya no vale como mundo destruido, habitado, irreductible, sino que sirve para dar peso a la crisis del héroe y garantizar la seriedad de la película. El desastre se convierte así en menos un mundo a afrontar que un resorte dramático.

En Gombrowicz, la pornografía comienza cuando se utiliza una situación extrema para producir un máximo de tensión. Es lo que está en juego aquí. La destrucción de Gaza no se aborda como una realidad que habría que dejar resistir a la película. Se moviliza para elevar un escalón el conflicto interno de Y. Hay que añadir aquí un punto que agrava aún más la carga. La película muestra que sabe. Y evoca a los muertos en Gaza, los cuerpos devorados por los perros, la extensión del desastre. Este saber podría abrirse hacia otra dirección, o al menos fisurizar la soberanía del punto de vista que organiza aún la escena. Pero no es así. Funciona al contrario como un «no ignoro» que permite al dispositivo proseguir su curso sin dejarse alcanzar por la objeción más grave. La película puede así pretender mirar el horror de frente manteniendo intacta la centralidad de la mirada desde la que lo pone en escena. Este saber, por tanto, no abre nada. Sirve de garantía.

Por eso la fórmula según la cual «si uno ve Gaza, Gaza también nos ve», retomada por algunos comentaristas, es profundamente engañosa. Presta una reciprocidad a una situación construida por la película como disimetría absoluta. Ver no es aquí entrar en relación. Ver es contemplar desde una altura y reconducir la misma distancia que impide que los palestinos advengan como sujetos del plano. Permanecen en el horizonte de una mirada cuyo privilegio nunca se deshace. 

4. El atravesamiento de la abyección: penitencia, sufrimiento y redención por la huida

La última parte de la película cierra el mecanismo transformando la falta en recorrido expiatorio. Una vez que el himno ha sido aceptado, compuesto y entregado, la complicidad ya no se muestra en su fabricación, sino que se plantea como hecho consumado. La película elude así lo que podría haber sido objeto de un verdadero análisis: el trabajo mismo del consentimiento, su duración, sus racionalizaciones, sus gestos. La elipsis sustrae el acto a su espesor temporal y lo hace de entrada irreversible. En lugar de mostrar cómo la complicidad se negocia y se asume, la película pasa directamente a su coste moral.

Este coste se hace visible en la degradación espectacular del personaje. La humillación no precede al acto como forma de restricción. Le sigue como precio visible a pagar. Ahí radica una diferencia decisiva. La película no muestra cómo un hombre es llevado a consentir por una lógica de poder. Muestra cómo un hombre, habiendo consentido, puede en adelante sufrir por ese consentimiento, y cómo ese sufrimiento va poco a poco trabajando en su favor. La vergüenza comienza entonces a trabajar a favor del personaje. Cuanto más es humillado Y, más parece haber ganado el derecho a ser mirado como sujeto de la prueba en lugar de como simple agente de la complicidad.

El regreso al apartamento con Jasmine es aquí central. Y le anuncia que compondrá el himno. Casi de inmediato, desplaza la conversación hacia el dinero, prometiéndole una vida mejor, como si la complicidad pudiera justificarse mediante una compensación material. La referencia al Desprecio se impone tanto más cuanto que pertenece a las referencias explícitas de la película y al horizonte de cultura legítima en el que Lapid inscribe su gesto. No se trata, por tanto, de un simple acercamiento crítico aplicado desde fuera, sino de un eco realmente trabajado por la propia película. En Godard, la larga escena del apartamento muestra cómo un vínculo se deshace a medida que un mundo de transacciones, cálculos y lealtades compradas se introduce en él. Lo íntimo se convierte allí en el lugar mismo donde se revela la corrupción de un orden más amplio. En Lapid, la escena recupera algo de esa estructura, pero reconduciéndola a un registro moral más explícito. Y intenta traducir su decisión al lenguaje del hogar, del futuro, de la protección material. Intenta convertir una adhesión a lo infame en necesidad doméstica.

Jasmine comprende inmediatamente ese desplazamiento. Comprende que se le pide menos compartir una decisión que garantizar su inocencia. Rechaza ese papel. Lo desprecia, lo llama «gusano» y lo expulsa. Esta escena importa porque contiene una línea de rechazo que la película abandonará casi de inmediato. Jasmine no es solo la esposa herida. Es, un instante, quien se niega a ser enrolada en la economía del finiquito. El desprecio, aquí, no salva nada. Traza una línea de partición entre quien consiente en adelante a la complicidad y quien, por un tiempo todavía, se niega a convertirse en su coartada. Pero la película no hace nada con esa línea. No convierte la separación en el lugar del rechazo. La reduce a un simple umbral narrativo, y regresa enseguida a su centro.

La escena siguiente, al inicio del tercer movimiento, instala a Y en un escenario, sentado al piano, en esmoquin, con el cabello de nuevo moreno. Ya no es realmente un individuo presa de una crisis moral, sino una función: el ejecutante dócil de una partitura que le supera, atrapado en una máquina de propaganda ya lanzada. El himno se toca, la música y las letras se agregan a imágenes que organizan una celebración. El llamado al genocidio, cantado por niños, acompaña imágenes de bombardeos no para denunciarlos sino para glorificarlos. El horror no es un secreto vergonzante a disimular. Es al contrario exhibido, celebrado, integrado al espectáculo. Y está allí, encorvado sobre su teclado, simple instrumento de una liturgia nacional.

Jasmine aparece entonces en el escenario. La película no se molesta en explicar su presencia. Asiste, impotente, a la escena. El millonario que encargó la obra aprovecha el momento para coquetear con ella y susurrarle que su marido es «flexible». Esta palabra no designa aquí un rasgo psicológico. Designa una norma: la de un mundo donde doblarse pasa por inteligencia, donde la adaptación se convierte en una competencia reconocida, donde el rebajamiento toma la máscara del profesionalismo, y donde la sumisión, con tal de que produzca, adopta aires de modernidad. Jasmine, esta vez, ya ni siquiera desprecia. Se va, tras haber mirado una última vez a su marido continuar tocando, con la espalda inclinada sobre el piano.

Solo después de esa entrega, una vez prestado el servicio, tras la proyección de la propaganda, sobreviene la escena de los zapatos. Y chupa los zapatos del millonario, pronto acompañado por sus asistentes, antes de ir a besarle en la boca, mientras el millonario estalla de risa. El orden de la escena es aquí determinante, porque cambia enteramente la significación de lo que se muestra. Si la humillación precediera al acto, podría todavía leerse en ella una presión, una restricción social, un momento en que la dominación se hace ver en su capacidad de doblar. Pero la humillación viene después. El acto ya está consumado, la música entregada, las letras puestas en imágenes, la película de propaganda ya proyectada. La degradación espectacular se convierte así en una escena a posteriori, donde la humillación hace las veces de precio a pagar. El cuerpo rebajado lleva en adelante el sufrimiento del personaje.

Hay que medir aquí lo que produce esta inversión. Al situar la humillación después del acto, la película transforma una relación de poder en drama interior. La escena de los zapatos no ilumina ni la fabricación del consentimiento ni el camino que lleva a él. Simplemente le da a una falta ya cometida un precio visible. Lo que está en juego en ella no es el análisis de un sistema de explotación, sino la instalación de una penitencia visible. La abyección no ilumina nada estructural. Sirve para hacer sensible el dolor del personaje, y para reconducir la escena entera hacia el sufrimiento de quien ha faltado. Cuanto más insistente es la humillación, más puede comenzar a valer como argumento de rescate. La vergüenza exhibida atestigua el sufrimiento de Y, y ese sufrimiento basta para hacer de él una conciencia herida más que un agente de la complicidad. Eso es la expiación.

Hay que añadir un punto que agrava aún más la escena. Uno de los asistentes del millonario, presente también en la secuencia de los zapatos, no está interpretado por un actor profesional, sino por un periodista francés venido de un espacio crítico denominado «de izquierda», públicamente opuesto al genocidio en Gaza. Este detalle no es anodino. Muestra hasta dónde llega el cinismo de la película. La escena no se limita a exhibir la servidumbre. Va hasta captar, para su propio beneficio, los propios signos de la crítica.

Es aquí donde la comparación con Godard debe regresar con precisión. En Sálvese quien pueda (la vida), la famosa «cadena sexual» no exhibe cuerpos humillados para producir una penitencia personal. Pone en marcha un dispositivo de circulación donde los lugares, los servicios, las relaciones de dinero y de dominación se vuelven legibles como sistema. La violencia radica en el dispositivo, no en la prueba infligida como tal a los intérpretes. En Lapid, al contrario, el paso de lo simulado a lo efectuado, el hecho de que actores chupen realmente zapatos, produce un régimen totalmente distinto. La abyección se convierte en garantía de autenticidad. Da a la película un excedente de crédito, como si la efectuación del gesto garantizara la verdad de lo que se muestra. Ya no estamos en el análisis frío de un dispositivo, sino en una economía sacrificial donde la realidad del gesto sirve de aval.

Pero esta diferencia de régimen no concierne solo al contenido de las escenas. También compromete, más silenciosamente, las condiciones mismas de su fabricación. Es aquí donde aflora un problema aún más grave. Si la película pretende denunciar la disponibilidad de los cuerpos, su puesta al servicio, su reducción a la flexibilidad, hay que preguntar también qué hace ella misma con los cuerpos que pone en escena. Pues el argumento de la «autenticidad» del gesto, el hecho de que la humillación ya no sea solo jugada sino efectivamente consumada ante la cámara, no puede separarse de las relaciones de poder que estructuran un rodaje. Un actor no entra en una escena como sujeto soberano abstracto. Entra en una relación de confianza, de dependencia, de deseo de hacerlo bien, de lealtad hacia el autor, a veces también de prestigio y de presión simbólica. Cuando una película exige de sus intérpretes que realicen realmente gestos de rebajamiento, no puede luego presentarse como pura denuncia de la sumisión. Hay que examinar aún si no reproduce su lógica a otro nivel, en el espacio mismo de su producción.

Es aquí donde el problema se vuelve casi vertiginoso. Lapid parece no ver, o no querer ver, que al pretender filmar la prostitución simbólica del artista, corre el riesgo de reproducir sus coordenadas en el seno mismo de su cine. Y si lo ve, entonces el problema ya no es la ceguera, sino el cinismo. Pues la película ya no se contentaría con exhibir la disponibilidad de los cuerpos. Se serviría de ella. Haría de esa humillación realmente consumada un recurso estético y crítico.

En consecuencia, la escena de los zapatos ya no sería solo una escena sobre la servidumbre. Se convertiría también, en abismo, en la repetición de la cadena que pretende denunciar. Lo que Godard ponía al desnudo como estructura en Sálvese quien pueda (la vida) —circulación de cuerpos, economía del servicio, distribución de lugares— Lapid correría el riesgo de reproducirlo aquí al nivel mismo del rodaje. La «cadena sexual» capitalista ya no estaría solo representada. Estaría rejugada en la relación del director con sus intérpretes, como si la radicalidad de la obra pudiera justificar que les exija una disponibilidad que excede la representación.

Se llega así a un punto extremo donde la película se vuelve casi enteramente sobre sí misma. Pretende poner en acusación un mundo donde los artistas se venden, se doblan, se rebajan, se vuelven flexibles. Pero podría ocurrir que no acceda a esa denuncia más que movilizando ella misma una parte de esa flexibilidad, exigiendo de sus actores una sumisión al gesto del autor que reproduce, bajo el estandarte de la radicalidad, lo que pretende exponer como escándalo. Ya no sería entonces solo una contradicción. Sería quizás la verdad de su dispositivo.

El mecanismo expiatorio se prolonga luego en el vagabundeo final del personaje. Este no sirve para pensar el después de la complicidad, ni para examinar sus consecuencias históricas o políticas. Transforma al contrario el derrumbe interior en último signo de profundidad. El espectador ya no se enfrenta a la irreversibilidad de un acto. Se le invita a compartir la fragilidad de quien lo ha cometido. El malestar se convierte en un espacio de comunión afectiva. El agente de la complicidad regresa al centro, esta vez ya no como cuerpo disponible, sino como conciencia quebrada.

La huida hacia Europa da finalmente al relato su forma de clausura. No está pensada como retorno crítico sobre la historia europea, ni como reconfiguración de la responsabilidad, sino como salida. Tras la falta, tras la humillación, tras el vagabundeo, queda la posibilidad de la partida. Es en ese sentido que regresa Jasmine. Tras el desprecio, tras la ruptura, propone sin embargo a Y una salida, una partida con el niño. El tren, los paisajes apaciguados, Europa como horizonte de retirada: todo ello reorganiza el relato. El exilio no se convierte en confrontación más intensa con la historia, sino en una forma suave de resolución. La película no deja solo atrás a Israel. Deja atrás la catástrofe como problema, reconduciéndola al telón de fondo de una conciencia que puede en adelante partir a otro lugar. Esta clausura es decisiva, porque acaba de desculpabilizar al espectador occidental. Tras la falta, tras la vergüenza, tras el sufrimiento, queda una salida. No la interrupción de la historia, sino la escapatoria.

Así, el atravesamiento de la abyección no desemboca en otra política de la mirada. Desemboca en la conversión de la vergüenza en experiencia compartible, luego la resuelve parcialmente en la huida. El espectador puede haberlo visto todo, sentido todo, atravesado todo con el personaje, y salir sin que nada haya sido desplazado en la estructura que hacía visible esa catástrofe.

III. El quinto operador: el campo cultural como condición de posibilidad

1. El público del campo: un régimen de expectativas

Para que un dispositivo funcione con tal eficacia, es necesario que encuentre un régimen de expectativas listo para reconocer de entrada los signos de una obra que se da como arriesgada, grave e importante. Este régimen no es abstracto. Corresponde a un público dotado de disposiciones relativamente homogéneas, conformado por un fuerte capital cultural, familiarizado con las referencias de la modernidad artística, habituado a formas de transgresión ya legitimadas, y sobre todo inclinado a acoger la contradicción sin que su propia posición se vea realmente amenazada. Es ese público el que la película encuentra y satisface.

Hay que ser preciso aquí. El problema no es que ese público sea culto, ni que le gusten las obras difíciles, sombrías o violentas. El problema es que puede acoger ciertas formas de negatividad como experiencias que lo confortan en sus posiciones. Le está permitido ser sacudido, perturbado, avergonzado, con la condición de que nada decisivo conmueva la posición que ocupa. El afecto crítico se convierte entonces en confirmación de sí mismo. Uno se cree del buen lado porque ha sido tocado. Uno se cree desplazado porque ha sentido malestar. Pero ese malestar no perturba nada esencial, y reconduce más bien bajo una forma más fina la buena conciencia que parecía primero perturbar.

En ese marco, Yes funciona admirablemente. Da a su público lo que espera: una obra suficientemente áspera para dar la sensación de afrontar lo real, suficientemente referenciada para halagar su competencia, suficientemente cargada políticamente para permitir una adhesión sin riesgo, pero no al punto de romper con los esquemas dominantes de la recepción artística. El espectador puede reconocer en ella la brutalidad del mundo, indignarse de la vulgaridad de los poderosos, compadecerse de las víctimas lejanas, compartir la crisis moral del protagonista, y salir confortado en su propia justeza. Este público no recibe solo «una película sobre Israel» o «una película sobre Gaza». Recibe un objeto ya hecho legible en sus propios términos, bajo una forma que puede acoger, comentar y consagrar. El espectador puede entonces ser chocado, sacudido, perturbado, sin que nada esencial venga a amenazar la posición que ocupa. Es en ese sentido que el público no es solo el destinatario pasivo de la película, sino una de sus condiciones de posibilidad. Yes no produce su crítica en el vacío. Se dirige de entrada a un mundo preparado para reconocer como radical una forma de negatividad que sin embargo no lo pone en crisis. La recepción no viene, por tanto, a posteriori. Pertenece al propio dispositivo.

Habría que recordar aquí a Adorno y Horkheimer cuando describen la manera en que la autonomía del arte burgués se constituye históricamente por separación de las clases populares, y por tanto ya mediante cierto cierre social de la mirada. Lo que vemos hoy no es la abolición de ese cierre, sino su sofisticación. El público del cine de autor puede acoger el desastre del mundo, con la condición de que esté reconfigurado bajo una forma que confirme aún su competencia estética, su superioridad moral y su derecho a juzgar.

2. La mirada que no se descentra: la dirección inalterable

El concepto de bourgeois gaze permite aquí nombrar algo preciso. Empleo a propósito este concepto recientemente reaparecido en el debate crítico, no para ceder a una consigna, sino porque permite nombrar con precisión la manera en que un punto de vista socialmente situado se adelanta como mirada legítima y tiende a borrarse como posición. Formulado ya en 1999 por Fionna Barber, este término tiene el mérito de recordar que ninguna forma ve desde ningún lugar. Toda obra distribuye lugares, decide un centro, e inscribe en sus elecciones de encuadre, de presencia y de ausencia cierta posición en el mundo social y político. El bourgeois gaze aparece cuando esa posición deja de ser percibida como tal y se presenta como evidencia perceptiva, luego como legitimidad moral. No se trata, por tanto, de un simple abuso polémico, ni de juzgar las intenciones de los cineastas, sino de describir la manera en que un punto de vista organiza lo que ve, lo que juzga, y la forma misma en que se autoriza a hacerlo, hasta hacerse pasar por natural.

En Yes, esta estructura aparece con nitidez. Los dominantes israelíes son exhibidos allí como grotescos, vulgares y despreciables. Las fiestas los muestran ebrios de sí mismos, ávidos de servicios humillantes. La «colina del amor» los muestra abrazándose, gozando del paisaje de destrucción, mirando Gaza como un espectáculo. Los palestinos, en cambio, no aparecen nunca como sujetos capaces de desorganizar esa mirada. Se mantienen en la lejanía. El espectador puede despreciar a los dominantes, luego compadecerse de las víctimas, pero en ambos casos permanece en el mismo lugar. Pasa del asco a la piedad sin abandonar jamás el punto desde el cual la película distribuye sus afectos. Es en ese sentido que el bourgeois gaze es aquí esclarecedor. El problema no es solo que la película muestre a subalternos desde un centro burgués. El problema es que ese centro, aunque trabajado por la vergüenza, la autoacusación y el malestar, permanece intacto. Los palestinos no abren otra escena de visibilidad. Permanecen en el fondo trágico de un drama organizado de principio a fin desde una mirada israelí burguesa, dirigida a una recepción burguesa cultivada. La mirada burguesa no es por tanto aquí solo una mirada portada sobre dominados. Es una mirada que transforma su privilegio en sensibilidad y su posición en evidencia moral. Es esa transfiguración lo que hace el dispositivo tan difícil de rebatir.

El problema no es solo que la película reconduzca un centro. Es que ese centro, burgués, cultivado, avergonzado de sí mismo pero intacto, continúa regulando la distribución entera de lo visible.

3. La crítica artista como recurso de distinción

Para comprender más precisamente este mecanismo, hay que volver a lo que Ève Chiapello llama la crítica artista. Históricamente, esta crítica oponía al artista con el burgués, la inspiración con el cálculo, la libertad de creación con las lógicas utilitarias y conformistas del mundo social. Se definía por el rechazo, por la distancia, por cierta fidelidad al no. Pero esta postura, a medida que se integró al funcionamiento mismo del campo cultural, dejó de ser exterior a la burguesía. Se convirtió en uno de sus recursos de distinción más eficaces.

Dicho de otro modo, ciertas fracciones de la burguesía pueden ahora vivirse como antiburguesas por medio precisamente de su relación con el arte. La negatividad, el malestar, la incomodidad estética, la solidaridad exhibida con los dominados o los lejanos: todo esto puede ahora funcionar como signos de distinción. Ya no se es burgués a pesar de la sensibilidad crítica, sino a través de ella, desde el momento en que permite diferenciarse del burgués vulgar, comerciante, reaccionario, inculto, sin dejar de ocupar nunca una posición dominante en los regímenes de legitimidad.

Yes se inscribe plenamente en esta lógica. La película ofrece a su público la posibilidad de sentirse del lado del artista herido, avergonzado, tenido por clarividente, opuesto a los poderosos vulgares y a los nacionalistas fanatizados. Permite hacer de la mala conciencia un signo de distinción. La autoacusación toma allí casi el valor de nobleza. El sufrimiento del personaje central permite al espectador reconocerse en una crisis interior más que en las lógicas concretas del poder de las que podría ser sin embargo uno de sus beneficiarios indirectos. La crítica artista no rompe, por tanto, aquí con el orden cultural. Se convierte en una de sus formas más refinadas.

También por eso las referencias que la película convoca o suscita —Bernhard, Godard, Ferreri, incluso cierto linaje del burlesque y del grotesco modernos— son tan importantes. No sirven solo para situar la obra en una historia del cine o de la literatura. Le aportan de entrada una legitimidad. Aseguran que la desmesura será leída como gesto cultivado, que la violencia será percibida como necesidad artística, y que la abyección misma podrá convertirse en distinción desde el momento en que pasa por los buenos nombres y los buenos circuitos.

El punto esencial es, por tanto, este. La crítica no es reconocida a pesar de que ya esté neutralizada. Es reconocida porque se presenta bajo una forma que el campo puede valorar inmediatamente. Yes no choca contra los circuitos de la consagración. Al contrario, les conviene muy bien, en un mundo donde la crítica es ella misma un valor.

Por eso la obra gusta tanto a cierto espacio crítico. Permite seguir oponiendo al artista con el burgués al tiempo que da a una burguesía cultivada la posibilidad de reconocerse del lado del artista. La vieja oposición romántica no desaparece, pues. Regresa, pero como mecanismo de distinción interno a las propias élites culturales. 

4. El campo cultural como máquina para neutralizar la crítica

Lo que está en juego aquí supera con creces el caso de Nadav Lapid. La película da una forma casi ejemplar a la manera en que el campo cultural contemporáneo valoriza ciertas obras críticas precisamente porque alían la violencia del contenido a una forma de dirección que permanece inmediatamente aceptable. Cuanto más pura, valiente, desinteresada, atravesada por la vergüenza o la negatividad parece una obra, más puede acumular capital simbólico. La crítica se convierte entonces en uno de los modos de producción del prestigio.

El caso de Yes es esclarecedor porque reúne varias fuentes de legitimidad. La película circula entre financiaciones israelíes y europeas, entre escena nacional y reconocimiento internacional, entre disidencia declarada e integración a los aparatos más clásicos del cine de autor. Esta circulación no constituye una contradicción a resolver. Forma parte de su condición de posibilidad. La película puede aparecer como crítica de Israel para el público europeo permaneciendo identificable como voz israelí legítima. Es así suficientemente cercana para hablar, suficientemente lejana para ser celebrada.

Esta posición la hace particularmente ajustada al campo. Es suficientemente crítica para producir valor simbólico, suficientemente legible para no volverse inmanejable, suficientemente ambigua para no caer en el descrédito reservado a las formas demasiado frontalmente militantes, suficientemente cultivada para ser inmediatamente bendecida. Así se comprende la facilidad con la que fue acogida.

Hay que mencionar aquí los trabajos de Walter Benn Michaels y de Musa al-Gharbi. Su interés, en este contexto, no es aplicar mecánicamente una crítica de la diversidad al cine, sino recordar que una parte importante del campo contemporáneo sabe convertir la representación, la sensibilidad, la inclusión simbólica o la conciencia de sí en sustitutos de una transformación material de las relaciones de poder. Este desplazamiento es crucial. Permite al campo darse la imagen de su apertura y de su lucidez sin tocar las estructuras profundas de la selección, la decisión, la financiación, la circulación y la duración.

Esta lógica aparece también en lo que se denomina la «discriminación positiva». En el campo cultural, actúa a menudo de manera implícita pero eficaz. Se promueve a algunos artistas procedentes de las «minorías», con la condición de que su trabajo permanezca compatible con las expectativas estéticas y políticas dominantes. Estas figuras deben demostrar su valía en los propios términos del sistema, evitando al mismo tiempo rebatir demasiado frontalmente sus reglas. Se convierten así en la prueba viviente de la apertura del campo, lo que permite en retorno descalificar críticas más estructurales venidas de los márgenes.

Esta apertura exhibida no modifica la distribución concreta de los lugares. No desplaza ni los centros de decisión, ni los presupuestos, ni las condiciones de producción, ni el acceso a las redes que hacen y deshacen las carreras. Actúa primero sobre la imagen que el medio da de sí mismo. Produce figuras de excepción, a veces elevadas al rango de iconos, y fabrica las pruebas visibles de su equidad. Esta lógica puede ser iluminada por los trabajos de Gwénaële Calvès sobre las aporías francesas de la discriminación positiva, y por los de Réjane Sénac sobre los regímenes de inclusión condicional. En ambos casos, lo esencial es que la apertura exhibida no modifica necesariamente la estructura de los lugares. Reorganiza primero los signos de legitimidad a través de los cuales el sistema se da la imagen de su justicia.

El colmo de la violencia simbólica se alcanza cuando quienes sufren la dominación son movilizados como garantías de esa apertura, y se convierten en sus relays más activos, sus servidores más celosos. Las trayectorias de Alice Diop o de Ladj Ly ofrecen, cada una a su manera, ejemplos llamativos, aunque haría falta otro desarrollo para dar cuenta de ellas con toda la precisión necesaria. Lo que importa aquí es el mecanismo. El campo eleva a ciertas figuras procedentes de los márgenes con la condición de que puedan funcionar como pruebas para su buena conciencia. Como resume Michaels, la celebración de la diversidad cultural «ofrece una visión falsa de la justicia social, que no nos cuesta nada».

Yes no entra evidentemente en esa categoría en el sentido estricto. Pero pertenece a una lógica vecina. Ofrece al campo la prueba de que sabe reconocer una obra «valiente», «crítica», «necesaria», sin que ese reconocimiento le obligue a modificar las coordenadas mismas que hacen deseable esta película.

Se puede movilizar aquí a Bourdieu y la lógica del «campo de producción restringida». Cuanto más «pura» parece la obra, es decir, desprendida de los criterios comerciales inmediatos, más puede acumular un capital simbólico considerable. En ese marco, el coraje crítico no es el reverso del prestigio. Es a menudo una de sus vías más seguras. Lo que circula entonces no es solo una película, sino una forma de valentía simbólica.

El campo cultural no neutraliza, por tanto, la crítica a posteriori. A menudo le proporciona, desde el principio, la propia forma bajo la que se volverá deseable. Por eso el problema planteado por Yes no es solo estético o político. Es también institucional e histórico. Obliga a reabrir la pregunta de lo que llamamos hoy un cine crítico, y de lo que esa calificación recubre cuando coincide tan perfectamente con los mecanismos del reconocimiento.

En consecuencia, la película no debe pensarse como un simple error de orientación o como el fracaso singular de un autor. Debe comprenderse como la forma particularmente neta bajo la que cierto mundo del cine reconoce hoy lo que quiere llamar crítico. Lo que hace visible más allá de sí misma no es una excepción, sino un modo de legitimación.

Conclusión: el reconocimiento de la inmunidad

El problema planteado por Yes no es simplemente que fracase en representar a Palestina, ni siquiera que reconduzca la centralidad de la mirada israelí en el momento en que pretende ponerla en crisis. Es más profundo. La película propone una forma de crítica que se absuelve por medio de lo que muestra. Hace de la exposición de la abyección un brevet de clarividencia, de la vergüenza una circunstancia atenuante, del sufrimiento el comienzo de un rescate, y de la huida una salida aceptable. La película parece decir que habiendo expuesto todo, atravesado todo, soportado todo, ya no puede ser rebatida sino al precio de una ceguera superior. Eso es su inmunidad.

Esta inmunidad no es un efecto secundario de la forma. Es uno de sus principios. El binarismo moral del sí y del no reduce la política a un drama interior. La generalización del artista disponible retira a la complicidad sus mediaciones históricas. Gaza ya no es un mundo de sujetos, sino el fondo trágico de un relato centrado en una conciencia. La humillación final convierte la falta en penitencia visible. En cuanto a Europa, aparece menos como el lugar de un retorno crítico sobre la historia que como una posible salida. El centro no se desplaza jamás realmente, y la película nunca renuncia por completo a la soberanía de su propia mirada.

Por eso Yes debe leerse menos como una excepción que como un síntoma. Ilumina cierto estado del cine de autor contemporáneo, su tendencia a hacer pasar la violencia de forma por radicalidad, la turbación por un descentramiento, y la consagración por un signo de justeza. Ilumina también a un público y a un campo que encuentran en ciertas formas de negatividad la confirmación de su propia posición moral. La obra crítica se convierte entonces en lo que se aplaude para no tener que desplazarse uno mismo.

El cine podría sin embargo hacer otra cosa. No simplemente mostrar más, ni distribuir más equitativamente los rostros, sino desplazar la propia enunciación, destituir el privilegio del punto de vista, hacer sensible la estructura que decide lo que puede verse, desde dónde, para quién, y al precio de qué borramentos. Podría no convertir la catástrofe en drama interior para un sujeto que permanece en el centro, sino mantenerse al borde de lo que resiste a esa apropiación, allí donde las vidas destruidas no vienen a garantizar la seriedad de un relato, sino a poner en crisis hasta su posibilidad misma. Ahí es donde se juega el punto decisivo. La pregunta no es solo saber si Yes es insuficiente, desplazado, o políticamente débil. Es comprender por qué tal forma de cine aparece hoy tan inmediatamente aceptable como crítica, por qué encuentra tan fácilmente las expectativas de la consagración, y qué revela esa facilidad de nuestro tiempo. Cuando una película convierte el horror del mundo en prueba personal para un sujeto todavía central, luego presenta esa prueba como equivalente a un gesto político, no solo falla a su objeto. Da forma a una época donde la crítica misma tiende a convertirse en un bien simbólico, una manera de ser tocado sin ser desplazado.

Lo que Yes pone así en juego supera con creces su solo caso. Obliga a volver sobre una crítica que recompensa de buen grado la autoacusación cuando permanece compatible con el orden del reconocimiento, que toma la negatividad por una subversión, y que sigue llamando radical lo que sin embargo no rompe con nada. La película no hace escándalo en ese orden. Es una de sus expresiones más acabadas. Se trata, por tanto, menos del fracaso singular de una obra que de la lógica de una mirada, y del régimen de visibilidad que reconduce. Queda entonces una pregunta más desnuda. ¿Qué queda del gesto cinematográfico cuando renuncia a su potencia de descentramiento para no ser más que el espejo de una burguesía que se contempla en su propia detestación, mientras otras vidas continúan siendo aplastadas? ¿Qué vale todavía tal gesto cuando persiste en organizar la catástrofe desde su propio centro, cuando incluso el aniquilamiento en curso en Gaza debería precisamente hacer imposible toda reconducción de ese privilegio?