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Father – MALBA Cine

The Voice of Hind Rajab, de Kaouther Ben Hania, emociona en Venecia y abre un debate global sobre Palestina

El estreno mundial de The Voice of Hind Rajab en el Festival de Cine de Venecia fue mucho más que una proyección cinematográfica: se transformó en un acto político, cultural y humano en defensa de Palestina. La película de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que narra la historia real de una niña de cinco años asesinada en Gaza, generó una gran ovación, con la Sala Grande colmada de lágrimas, aplausos, banderas palestinas y gritos de “Free Palestine”. La intensidad del momento fue tal que, incluso cuando los organizadores intentaron apagar las luces para que el público se dispersara, la gente permaneció en pie, aplaudiendo sin cesar.

La emoción atravesó a todos los presentes. El actor Motaz Malhees agitó una bandera palestina en plena sala, desatando más vítores y convirtiendo el homenaje en un gesto de resistencia. En la alfombra roja, Joaquin Phoenix y Rooney Mara, productores ejecutivos del filme, acompañaron al equipo sosteniendo la foto de Hind Rajab, mientras Phoenix lucía un pin de Artists for Ceasefire. El estreno fue recibido no solo como una obra de gran potencia cinematográfica, sino como un hito de solidaridad internacional que convierte al festival en un espacio de visibilización del genocidio en curso. En contraste con este clima de empatía y denuncia que atraviesa a gran parte del mundo cultural, en Argentina persiste un escenario muy distinto. Espacios como la revista Seúl, de línea ultraderechista, niegan abiertamente la existencia del genocidio en Gaza y, en un gesto autorreferencial, declaran que la discusión sobre el tema está “saldada” por decisión propia, intentando clausurar un debate que sigue latiendo con fuerza en la escena internacional. El desdén y la negación funcionan aquí como herramientas de invisibilización, en contraposición al eco que en Venecia se multiplica con cada aplauso y cada bandera levantada.

El contraste se vuelve aún más evidente cuando se observan las reacciones de ciertos críticos de cine locales. Figuras que alguna vez marcaron la discusión cultural desde la revista El Amante —como Gustavo Noriega— hoy aparecen como voces anacrónicas, más cercanas a un dinosaurio que a una mirada contemporánea. Desde esa trinchera, no dudaron en tildar de “boluda” a Lucrecia Martel por manifestarse públicamente en defensa de Palestina. La directora argentina, una de las cineastas más reconocidas del país y del continente, fue descalificada por ejercer el derecho elemental a expresar solidaridad con un pueblo que atraviesa la devastación. La paradoja es brutal: mientras en Italia y en todo el mundo figuras de Hollywood como Joaquin Phoenix, Rooney Mara o incluso Brad Pitt respaldan activamente una película que denuncia la violencia contra la población civil en Gaza, en Argentina todavía hay sectores que buscan ridiculizar o silenciar a quienes se animan a pronunciarse. En Venecia, la emoción colectiva convirtió a la Sala Grande en un espacio de resistencia y memoria; en Buenos Aires, ciertos opinadores de redes y revistas intentan imponer un clima de negacionismo, de burla y de indiferencia.

Durante la conferencia de prensa en Venecia, la actriz Saja Kilani leyó un comunicado en el que, con palabras contundentes, expuso el sentido de la película: “Hind no habla solo por ella, sino por los 19.000 niños que han perdido la vida en Gaza en los últimos dos años. Es la voz de madres, padres, médicos, periodistas y voluntarios. Una voz que nos recuerda que el silencio protege al genocidio”. Esa voz resonó fuerte en el festival y fue recibida con otra ovación. Mientras tanto, en Argentina, los sectores más reaccionarios intentan callar las voces de artistas que apenas señalan la misma verdad. Kaouther Ben Hania, la directora, fue clara al explicar por qué el cine tiene un rol esencial: “El discurso dominante reduce estas muertes a daños colaterales. Eso deshumaniza. El arte existe para dar rostro y voz a quienes han sido silenciados”. Sus palabras fueron seguidas de aplausos, en un auditorio que entendió que el cine no es mero entretenimiento sino un espacio para enfrentar la injusticia. A miles de kilómetros de distancia, esa reflexión encuentra resistencia en ciertos espacios argentinos que prefieren la negación antes que confrontar con la realidad.

Lo ocurrido en Venecia es una prueba más de que el debate está lejos de estar “saldado”. El eco de la voz de Hind Rajab, la niña cuya grabación real de auxilio se incluye en la película, atraviesa fronteras y se convierte en un símbolo de la tragedia palestina. Que mientras tanto, en Argentina, sectores arcaicos busquen clausurar esa conversación o insultar a quienes se suman a ella no hace más que evidenciar el abismo entre un mundo que intenta dar voz a las víctimas y un microclima negacionista que se aferra al silencio. El estreno de The Voice of Hind Rajab quedará registrado no solo como un hito del Festival de Venecia, sino también como un gesto cultural y político que puso en primer plano lo que algunos insisten en tapar. Allí donde se agitan banderas y se grita “Free Palestine”, la indiferencia queda desnuda, y las voces que intentan ridiculizar la solidaridad exponen su carácter caduco. El cine, una vez más, mostró que puede ser más fuerte que el negacionismo.