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En el Camino – MALBA Cine

Un monstruo en el muro: geografías del desgarro en Possession, de Andrzej Żuławski

“¿Qué significa estar habitado por una fuerza que no se puede domesticar? ¿Cómo se vive con lo monstruoso cuando lo monstruoso ya no está fuera, sino dentro?”

Por Valentina Soto

En una ciudad donde las calles pueden terminar en la nada, donde el hormigón define no solo límites políticos sino también afectivos, Possession (1981) de Andrzej Żuławski irrumpe como una pesadilla que se arrastra, una metáfora con tentáculos. Filmada en el Berlín aún dividido, la película se despliega entre ruinas, estaciones de metro que parecen cavernas y pasillos donde la cordura se desintegra. Pero más que un film de horror o un melodrama con criaturas, lo que Żuławski construye es un mapa: una cartografía visceral de la separación, de la duplicación, de lo que no puede decirse sin romperse. El corazón de la película late a unos pocos metros del Muro. En el cruce de Sebastianstrasse y Luckauer Strasse, un edificio anodino, un Altbau de fachada gris, alberga el secreto más informe y más físico del relato. Ahí, entre sábanas y vísceras, se aloja algo que apenas puede ser nombrado: una criatura sin nombre, una pulsión encarnada. Pero Possession no necesita de efectos sobrenaturales para ser inquietante. Su monstruo es también el espacio, la manera en que las líneas rectas de los edificios y las fronteras se inscriben en los cuerpos y las mentes de quienes las habitan.

Żuławski abre su film no con una historia, sino con una frontera. Vemos el Muro, imponente, yermo, y al mismo tiempo poroso. Es una barrera que separa, sí, pero también una zona de tránsito simbólico. Nadie lo atraviesa en la película, y sin embargo todo transcurre bajo su influjo. Las calles del Berlín occidental se convierten en corredores de vigilancia emocional; sus edificios, en fortalezas clausuradas por la sospecha. Hay una cualidad espectral en este paisaje: las estaciones fantasma del U-Bahn, por donde los trenes pasaban sin detenerse en tiempos de la RDA, adquieren un protagonismo insospechado. Son cavidades de la ciudad que no terminan de pertenecerle a nadie, como los personajes de Possession, siempre al borde de fugarse, de desmoronarse. Lo que ocurre entre Mark y Anna, la pareja que protagoniza la historia, no es solo una separación matrimonial. Es una implosión tectónica. Lo que se disuelve no es únicamente un vínculo afectivo, sino la posibilidad misma de lo común. En un departamento en Bernauer Strasse, frente a la mirada vigilante de soldados orientales, se desencadena una guerra de nervios, de silencios, de gritos que no encuentran eco. Żuławski no filma el drama de una pareja, sino la deriva de dos conciencias atrapadas en una arquitectura que las niega. Sus movimientos son espasmódicos, sus encuentros, coreografías de la descomposición.

Pero lo que vuelve a Possession una obra singular no es su intensidad emocional, sino el modo en que esa intensidad se adhiere al entorno. Cada espacio en el film tiene una energía propia, una pulsación. Hay una escena en que Anna recorre un pasaje subterráneo, en la estación de Platz der Luftbrücke, y algo se quiebra en su interior. Allí, entre las paredes sucias del metro, lo abyecto y lo sublime se funden. No hace falta saber que ese lugar está situado justo en el límite entre dos distritos para entender que lo que se juega allí es una transición: entre un cuerpo que ya no resiste y uno nuevo, informe, que pugna por emerger. No hay música. Solo pasos, gemidos, el goteo sordo de una ciudad que no escucha. La geografía urbana de Possession no es un telón de fondo: es una materia viva que infecta a los personajes. El Muro no divide, contamina. El edificio donde Anna esconde a su criatura parece estar pegado al límite mismo del bloque comunista. Desde su angosto corredor se accede no solo al departamento, sino a un umbral simbólico. Allí, en esa franja estrecha entre dos mundos, lo monstruoso se aloja con naturalidad. La criatura no aparece de repente; su presencia se intuye desde el principio, en los gestos, en los susurros, en la imposibilidad del lenguaje. Żuławski sugiere que lo indecible encuentra refugio en lo físico, en lo viscoso, en lo que no puede ser representado sin que algo del espectador también se agriete.

Por momentos, Possession parece una comedia negra encubierta. Sus situaciones rozan lo absurdo: peleas coreografiadas como danzas, espionajes domésticos que recuerdan a las parodias del cine de espías, secuencias que se precipitan en una lógica onírica, pero cargada de signos. Hay incluso escenas donde los personajes interrumpen sus obsesiones para participar en pequeños gestos desconectados, como si el caos de la ciudad les dictara comportamientos aleatorios. Todo parece absurdo, sí, pero también cargado de sentido. El absurdo aquí no es vacío, sino exceso. En el fondo, lo que Żuławski plantea es un dilema ontológico: ¿qué significa estar habitado por una fuerza que no se puede domesticar? ¿Cómo se vive con lo monstruoso cuando lo monstruoso ya no está fuera, sino dentro? Possession juega con la idea de la duplicación: no solo hay dobles físicos (los parecidos, los reflejos), sino también morales y afectivos. Lo mismo ocurre con los espacios: un departamento se parece al otro, un callejón reproduce otro pasaje, pero algo los desajusta, los pervierte. El doppelgänger no es una amenaza exterior, sino un síntoma de fractura interna.

La película no elige un bando. Ni Mark ni Anna tienen razón, ni siquiera tienen un lenguaje común. Lo que hay entre ellos es una serie de colapsos que se expresan en la materia, en los objetos que se rompen, en los cuerpos que se sacuden. Uno de los momentos más enigmáticos del film ocurre cuando una puerta se abre con violencia, como si el propio plano no pudiera resistir el contenido que está a punto de emerger. La arquitectura cede. La ciudad se pliega a los gestos de sus habitantes. Si hay algo que la criatura representa, sin necesidad de alegorías simplificadoras, es el deseo de una forma nueva, aún no codificada, de relación. No se trata de un símbolo del mal ni de una venganza sobrenatural. Es más bien la encarnación de lo inasimilable. La maternidad, la creación, la autonomía: todo eso cabe en ese cuerpo informe. Anna no lo oculta por vergüenza, sino por necesidad. Es su único lugar de control en un mundo dominado por el chantaje emocional de los hombres, por la lógica de la posesión que da nombre al film.

En una escena hacia el final, Anna sube por una escalera mecánica. La cámara la acompaña, flotando con ella, suspendida entre dos momentos: el antes del estallido y el después de la entrega. No hay redención. Solo tránsito. La ciudad sigue, indiferente. El horror se ha vuelto cotidiano. Esa es quizás la intuición más perturbadora de Żuławski: que la monstruosidad no reside en lo oculto, sino en lo visible; que el infierno no es otro mundo, sino éste, con sus veredas mojadas, sus relojes en la pared y sus fronteras dibujadas a regla. Possession termina como empezó: en movimiento. Pero ya no hay retorno. Lo que comenzó como una investigación, como un intento de recuperar algo perdido, deviene una entrega total a lo desconocido. La lógica del relato se disuelve, la ciudad se vuelve abstracta, los cuerpos mutan en alegorías vivientes. Y, sin embargo, todo sigue siendo dolorosamente concreto. Porque el monstruo, como el Muro, no es otra cosa que la imposibilidad de conciliar dos mundos, dos deseos, dos historias. Y esa imposibilidad, Żuławski lo sabe, es lo más humano de todo.