Ilustración: Lara Franzetti

Texto: Andrea Testa

A mi amiga

Cargada tomo la voz personal de este texto. Cargada de cansancio. Cargada de enojo, de rabia. El cuerpo me dice basta. Ya no tolera un golpe más.

Vienen de todos lados y llevan formas distintas. Necesito nombrarlos porque aunque se escondan duelen igual.

Cargada de imágenes vertiginosas que se resisten al olvido. Que vi en otros lados, lejos de las pantallas. Imágenes que existen pero que no son vistas. Que se reproducen vertiginosamente porque ya no toleran ni un golpe más.

Reconstruyendo, en eso estamos. Reconstruyendo nuestras identidades, nuestras historias, los relatos marcados por nuestras propias experiencias. Reconstruyendo el imaginario que impusieron sobre nosotras.

El golpe recibido en la infancia.

El golpe de la adolescencia.

El golpe en la casa de estudios.

El golpe de mi primer trabajo en cine.

El golpe después de lo que digo.

El golpe que veo en cada una de nosotras.

Mi cuerpo me dice basta porque la tolerancia puede volverse cómplice cuando la emergencia social abruma.

¿Pero qué tienen que ver los femicidios con la industria audiovisual? Presiento que esa pregunta ronda como si la persistencia por aislarnos ganara batallas. No es una causa, consecuencia. El golpe no es una acción aislada. No está lejos, no es algo extraordinario. Son las cadenas que sentimos al movernos. Son las violencias machistas que nos golpean, de distintas formas, de todas formas

¿Cuánto puede impactar una imagen en una persona? Si confirma las palabras de su agresor, sus conductas, la invisible e insistente manipulación psicológica. Si es una copia de esa opresión. Si esa imagen no relata su verdad, si no la acompaña, si no la comprende, si hasta la calla. Si siempre somos a las que hay que enseñarles, si no nos muestran con nuestros cuerpos reales. ¿Cuánto las imágenes sostienen este orden patriarcal? Aunque aparenten que dan la voz, solo la persona que sintió el miedo va a poder representarlo. Las experiencias son intransferibles, no pueden enseñarse. Y el tiempo de esas experiencias es delicadamente subjetivo, no puede inventarse (en realidad, ya no queremos que nos inventen más porque aquí estamos, existimos).

La imagen de un cuchillo es muy distinta para quien lo usa que para quien lo recibe en un tajo que quiebra su cuerpo frío, en un último suspiro. La imagen de las partes de ese cuerpo mutilado y abandonado en bolsas de residuos. ¿Cómo se cuentan estas historias? Su imagen, su historia.

Mi cuerpo dice basta porque siento que no hay tiempo. Los golpes que nos persiguen nos quieren aisladas y sometidas. Quieren que pensemos que no hay relación entre una cosa y la otra. El filo del cuchillo tiene que cesar y las imágenes que creamos tienen que contar y construir otra historia para todas. Por eso luchamos.

Lloramos cada femicidio como propio porque podríamos ser ellas o podrían ser nuestras hermanas, nuestras amigas. O tal vez ya fueron nuestras madres y abuelas. No queremos que sean nuestras hijas. Somos todas las que morimos un poco en cada una que nos matan. No sé ya más cómo decirlo, cómo explicarlo. No hay una causa, consecuencia. Es la historia que estamos reconstruyendo y para que existan nuevas imágenes, libres y vivas, tenemos que romper estas cadenas.

Erradicar las violencias es responsabilidad de todes⚫

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