Crítica: Zama (2017), de Lucrecia Martel

Zama (2017), de Lucrecia Martel

Amputando el mito argentino.

El tiempo es el componente fundamental del cine, pero a la vez es el elemento más olvidado a la hora de pensar una obra cinematográfica. El tiempo es, en muchos sentidos, un personaje principal en las películas de Lucrecia Martel, y tal vez sea en su nueva obra, Zama, donde esa característica se hace más presente que nunca. Cuando hablo de ‘tiempo’ no me refiero solamente al tiempo que atraviesa cada escena, al tiempo único que genera Martel para sostener las tensiones y lo no dicho, al tiempo puramente narrativo. En Zama, adaptación cinematográfica de la novela de Antonio Di Benedetto, el juego de los tiempos tiene que ver con la naturaleza de su origen: una novela escrita en 1956 cuya trama se sitúa hacia fines del siglo XVIII, leída por una directora argentina en 2010 y desde ese entonces, repensada para convertirse en la película que se estrenó esta semana.

En esta ocasión, Lucrecia se dispone a revelarnos algo sobre esos tiempos: son uno mismo. Lo que se lee en la novela de Di Benedetto, lo que se ve en la obra de Martel, es tan comprensible y actual en 2017 como lo fue en la década de los 50. Pero, por sobre todo, lo que se vuelve evidente es que, mientras que la habilidad de comprensión sigue estando, las lecturas que el público puede darle a Zama libro o a Zama película están ampliamente influenciadas por las sensibilidades a problemáticas de la actualidad. La verdad es que el público cambia, pero lo que Zama representa siempre estuvo presente y latente.

Rara vez hablo de las películas que analizo de una forma que se deje en evidencia si existe un grado de enamoramiento por la obra de mi parte. Y sin embargo, esta vez me es imposible violar esta especie de regla personal, porque lo que me pasa al ver una película de Lucrecia, y lo que me pasó al ver Zama en particular, no puede describirse en un plano meramente racional. Lo que siento es admiración, de esa que se siente frente a algunos pocos y únicos cuadros, esculturas o melodías. Y admiro la dirección de Lucrecia no solo porque es indiscutiblemente única, sino porque lo que la hace única es su habilidad para encontrar ese equilibrio justo en la mente del espectador: sumergirse activamente. Es una película para observar callados pero conscientes de estar observando. Las palabras son pocas y las acciones son diminutas, pero lo que pasa en cada escena es enorme, y su tamaño solo puede ser apreciado mediante un rol activo muy difícil de eludir, porque Zama te llama mas sin voz imperativa, te pide que la intentes descifrar.

Pido perdón, nuevamente, porque tampoco voy a lograr esta vez hablar de forma imparcial sobre qué es lo que aprecio en el cine, qué es lo que busco cuando entro a la sala. No puedo negar que en el cine me fascina la sutileza, me fascina la precisión, me fascina lo minimalista. Minimalista en lo visual y en lo sonoro, es decir, en lo explícito. En cuanto a lo implícito quiero riqueza, quiero mil palabras resonando en mi cabeza y mil sensaciones recorriéndome la piel. Todo esto, también, lo tiene Zama.

Pasando a lo concreto, a lo que el espectador promedio pregunta antes de decidirse si ir a verla o no, ¿de qué trata Zama? Como es de esperar de Martel, la respuesta no es ni simple, ni única. Por más que la historia original no sea suya, el haberla seleccionado, así como la forma en que elige narrarla, siguen formando parte de la autoría tan reconocible de Martel. Esta película pregunta más de lo que responde. O mejor dicho, hace preguntas para que el espectador responda. Hace esto, antes que nada, derribando cualquier idea de ‘mito’, cualquier posibilidad de crear un ‘héroe’ en términos clásicos. Sí hay un camino para Diego de Zama, pero este camino es de otra índole. Es estático.

Cada vez que vemos personajes vestidos de época colonial, vestidos de conquistadores de algún tipo, sabemos que vendrá acción, sabemos que habrá glamour y despliegue de vestuario. Así como la idea de un Diego de Zama, la de un funcionario español civilizado y racional, de gran temple y valor, es destruida a pocos minutos del comienzo, también va corroyéndose la expectativa de una trama de hazañas, o de un enfrentamiento entre ‘civilización y barbarie’ digno de un western. Zama es la deconstrucción de la figura del conquistador, de la figura de una categoría única y onomatopéyica de indios, de la concepción de la naturaleza femenina, del glamour de cierta época, de la insistencia por enfrentamientos épicos y vigorizantes. 

Nos encontramos en una Argentina que nada tiene que ver con lo que imaginamos hoy de Argentina, pero que a la vez representa mil veces mejor su esencia, o su falta de esencia, que los mitos y discursos que hemos creado y aceptado hoy sobre nuestro propio país. Es una Argentina donde no hay argentinos: hay españoles, hay criollos, hay indios, hay negros, hay jerarquías, hay opresiones, hay ríos y hay temperaturas hostiles. Es una tierra de nadie, y Lucrecia nos quiere recordar, que sigue siendo tierra de nadie: ¿qué fantasía romántica es este cuento de la identidad nacional? 

Precisamente la ausencia de romanticismo en este film es justamente lo que, por contraste, nos demuestra lo ahogados de discursos románticos que solemos estar en el cine. Y estos discursos cinematográficos no se crean solo a partir de lo positivo o de lo exaltado, sino también hacia lo denunciado y lo injusto. Vivimos creando romance en la opresión así como en la idea de libertad. Al ver Zama, no podemos no darnos cuenta de que esto falta, y de que aunque falta, no es necesario. No hace falta ‘romantizar’ las violaciones, ni la violencia, ni la esclavitud de indios y de negros. Entre el morbo y el romanticismo hay una fina línea, y la violencia es tanto más clara e innegable cuando se muestra lo mínimo e indispensable. La revictimización de los oprimidos no tiene por qué ser un recurso cinematográfico.

El final de la película puede verse con simbolismo, pero no hay que confundir lo simbólico con lo romántico: lo primero es poesía, lo segundo es discurso ideológico. Y en este final Lucrecia habla con sinceridad y con magia, y parece decirnos que no hay posibilidad de salir adelante de la misma vieja historia, a menos que destruyamos esa noción asesina de ‘identidad’, y que los opresores amputemos nuestras herramientas de manipulación, esas que nos dan el poder de decidir qué es lo argentino, y qué es lo otro⚫

Título: Zama

Año: 2017

País: Argentina

Directora: Lucrecia Martel