Crítica: El vicepresidente: Más allá del poder (Vice) (2018) de Adam McKay

El vicepresidente: Más allá del poder (Vice) (2018) de Adam McKay

“Si no ves la propaganda, es porque sos la propaganda”

Por lo general, cuando alguien habla de “cine de propaganda” —tanto en ámbitos familiares como académicos— se refiere a aquellas películas producidas en la Unión Soviética o durante el régimen nazi en Alemania: nadie podría dudar de que el montaje intelectual de Eisenstein o los documentales que Leni Riefenstahl hacía para exaltar las virtudes militares alemanas se encontraban al servicio de una ideología que tenían que promover e inspirar en sus pueblos, de una idea de nación y patria que debía construirse y constituirse para asegurar que cada uno de esos regímenes perdurara. Pero raramente, aunque cada vez más en tiempos recientes, se utiliza el término “propaganda” para describir al cine producido en la nación más poderosa, la que más ha logrado mantener su ideología intacta: se trata, por supuesto, de los Estados Unidos.

Hollywood es nada más ni nada menos que la maquinaria propagandística más exitosa en la historia del cine. No importa si bombardean poblados enteros, fabrican golpes de estado e invaden países en busca de sus recursos naturales al rededor todo el mundo, de alguna manera, cuando estas historias llegan a la gran pantalla, el soldado del Tío Sam es siempre el héroe, y cuando no es un héroe, es un pobre militar que no tuvo otra opción que dispararle a un niño, o alguien que hizo lo que hizo porque, al fin y al cabo, defiende la libertad —¿de quién?— por sobre todas las otras cosas en esta Tierra. 

Tanto en El vicepresidente como en La gran apuesta, su anterior película, Adam McKay utiliza diferentes mecanismos de la comedia para contar algunos de los hechos más infames en la historia reciente de los Estados Unidos desde una mirada abierta y explícitamente crítica. El director —que antes de La gran apuesta se había dedicado de forma casi exclusiva a dirigir películas de comedia ligera, como El reportero: La leyenda de Ron Burgundy (2004), más dedicadas al humor que a la crítica— ahora parece haber encontrado una voz, un género y un estilo personales, capaces de aportarle algo diferente a la tradición estadounidense de hacer películas sobre su propia historia.

Centrándose en el hoy infame —aunque no lo suficiente— Dick Cheney, vicepresidente bajo el gobierno de George Bush y durante el atentado del 11 de septiembre, McKay vuelve a sacar la artillería pesada de interacción con el público, destrucción total de la cuarta pared, trampas narrativas y feroz ironía para despotricar contra las acciones de los “grandes defensores de la libertad”. Aunque las bajadas de línea directas no son del gusto de la mayoría, se justifican en lo que probablemente sea un intento desesperado de “avivar” a sus propios conciudadanos, más acostumbrado a nutrirse y defender el “sueño americano” que a salir a las calles para protestar contra la violencia ejercida tanto por el Estado y por los gigantes de Wall Street.

¿Es propaganda zurda lo que está haciendo Adam McKay? Tal vez sí, o eso parece sugerir el uso repetido de un montaje intelectual que poco tiene de distinto del que ya vimos en El acorazado Potemkin o en Alexander Nevsky. Pero de ser así, no es más propagandística El vicepresidente que una película de Spielberg, de Clint Eastwood, de Kathryn Bigelow o de Oliver Stone. La diferencia está en la honestidad, en basar una trama en hechos y no en música melodramática, y que inclusive cuando el foco de la acción está puesta en la Casa Blanca, con la magia del montaje paralelo —el cinismo de que una palabra adentro de una oficina en Washington provoque un ataque aéreo sobre una ciudad entera al otro lado del mundo— nos queda claro que las verdaderas víctimas del atentado del 11 de septiembre murieron a kilómetros de distancia de Nueva York, por avaricia, por vicio, por un vice⚫

Título: Vice

Año: 2018

País: Estados Unidos

Directora: Adam McKay