“Oh, Rumania… ¡la la, la la, la la, la lá!”

Por Miguel Peirotti.

Resulta, para aquellos distraídos que aún no lo saben, que la Rumania del año 1981 apestaba tanto o al menos como la Alemania de aquel año cero que filmó Rossellini entre escombros –para elegir una referencia “post” comparable–, y no es que lo sepamos recién ahora con la película de Jude pero, una vez más, lo estamos digiriendo, esta vez, con Jude dirigiendo como sabe. Como sabemos, el cine rumano está en la cima del volcán, caldeado en lava y promiscuo en ideas y diatribas propulsadas desde una olla a presión que se abrió hace casi treinta años pero aún sigue exhalando vapor. Desde hace varias temporadas que los rumanos son los dueños del fuego en el ambiente cinematográfico mundial. Que qué les pasa a los rumanos que hacen tan buen cine, es largo para abordar acá (pero no dejemos nunca de preguntarnos esto, aunque existen textos geniales al respecto), aunque no un misterio sino una serie de circunstancias, como siempre ocurre con las explosiones de cine exuberantes y más intermitentes de lo que querríamos los amantes del cine en nuestro oficio del siglo XX. Supongo que lo que sucede en Rumania, para terminar, es nada en particular y casi todo en general, al margen de marginalidades antiinstitucionales o particularidades sobresalientes. Lo que le pasaba a los nórdicos hace aproximadamente una década o lo que les pasa a los iraníes desde los noventas y lo que les pasa a los cineastas de Argentina desde que se aprobó la Ley de cine en 1994, es lo que sucede en Rumania, tierra del nativo Jude, un activista del presente continuo afectado por el pretérito imperfecto de la historia de su país –hey, Jude, tu película es muy valiosa porque desmonta dispositivos narrativos teatrales y los devuelve en un atractivo pack de ontología cinematográfica, lo que no es poco sino mucho y querría preguntarte el secreto de la receta–)…

… El secreto, quizás: Jude fue a ver la obra teatral de Gianina Carbunariu, basada a su vez en archivos de la policía secreta rumana, la Securitate, y lo asaltó un flash creativo hacia la dialéctica: ¿cómo hacer una película con este material?, se preguntó, y se respondió con la estructura de la obra misma: tensionando material de archivo de las arcas despóticas de la televisión pública comunista de su país en los ochentas y atando en el otro extremo una serie de representaciones abstractas de la valentía de, y las impugnaciones sobre Mugur Calinescu, un adolescente de 16 años que se puso la tiza al hombro y salió a proferir gritos materializados por surcos blancos contra paredes sucias de smog paralizante en las calles silentes y cómplices del gobierno tirano de Ceausescu hasta que lo investigaron, lo descubrieron y lo apelmazaron y murió de una leucemia propiciada por sus leucocitos revolucionados o provocada por incomprobables irradiaciones intracarcelarias que las diferentes autopistas a la autopsia ¡todavía! caratulan como especulaciones irresueltas.

Pero dejemos la ridiculez de lado, que lo ridículo es un festival de opuestos en diálogo en Uppercase Print: la articulación de las imágenes de la vieja televisión rumana en su excelso grado de miseria militante de un Edén que no existe con la genética dramática recreada en tiempo presente por Jude, el rumano probo, prueba que la construcción deudora de la pieza teatral original era una buena idea desde el vamos. El resultado no propaga una confusión transmediática porque Jude supo hallar las grietas por donde filtrar arte cinematográfico en el dispositivo escénico (desde los primeros planos en primera persona de los relatores a la audacia semántica de revelar lo sencillo que es quitarle la máscara de oveja al lobo) y su praxis no exime el resultado de literalidad porque avala el pie de la letra de Carbunariu, pero también resulta elocuente y exitosamente sincrético en su hibridación; en síncresis, quiero decir, en síntesis, no hay que sacudir el árbol porque la fruta cae de madura; Jude sólo tuvo que esperar que la gravedad hiciera lo suyo con una bolsa grande a sus pies.

Otra obviedad que podemos reflotar: el arte vomitado por los gobiernos dictatoriales siempre es eso, un vómito de esbirros que suplen talento con venta de alma; una reverenda mierda, digámoslo, basura contaminante salvo excepciones históricas de conocimiento público y relevancia. La intercalación de imágenes de archivo que orquesta el montaje de Jude permite no sólo dialogar con el presente político (es triste pero, como cantaba Pity Álvarez, todo sigue igual) sino también seguir estudiando los vastos archivos de la televisión mundial en busca de la Verdad, si la hubiera (la hay, troquelada en “verdades”), ya que las innumerables horas de fílmico y los ancestrales casete U-Matic nunca cesan de excitarnos con nuevas sorpresas sobre la histeria del siglo veinte y su macro-historia. Asistimos a viñetas infames de una realidad escenificada con el objetivo de forzar la supuración de toda pústula ideológica que comprometiera el curso del status quo autoinfligido por la senda de la ultra-ideología. Esto solo ya es valioso per se, como memoria punitiva. Vemos, por ejemplo: un coro de niñitos de una felicidad automatizada con artificios y manipulaciones comunicacionales que parecen regurgitados por un director’s cut político de The Village of Damned, visibilizados ad honorem como carne de cañón de un marketing gubernamental promovido por el deseo de proveer, mejor dicho, por el deseo de hacer creer que proveía una realidad idílica y comunitaria cuando, al unísono, los promotores de este ensueño mefistofélico cuestionaban, vigilaban y detenían a cada ciudadano disidente con un ahínco que da para suponer que ansiaban ardorosamente que Francesco Rosi se haga un picnic a posteriori con sus atrocidades. La imagen de los niños from hell que describo es simpática apenas uno o dos fotogramas porque emerge claro y pronto el oficio de contrapunto que sostiene con su elocuencia esta escalofriante imagen de normalidad e inocencia de laboratorio enfrentada a la “real realidad” que satirizaba Antonio Gasalla; vista a través de la distorsión propagandística, los niños y niñas cantan muy alegres en blanco y negro coloridas estrofas como: “Vivimos tiempos felices / De unidad y sonrisas / Somos la estirpe del valor / De la alegría y la gratitud”, mientras tanto:

  • Escena 1. Ext. Día: marche preso por las dudas todo aquel perejil que camine las calles con el ceño a contrapelo de la realidad social.

En la última y quizás mejor película de Jude a la fecha también se aprecia una versión de Aquarela do Brasil esperpéntica con una coreografía a paso de…, no sé, algo que ver con el mambo u otro remix tropicaloide del que tocan los europeos cuando están decididos a imitar que la alegría no es sólo brasilera sino que puede ser también (en este caso) rumana.

Pero seguir enumerando estas disonancias estéticas no aportaría mayor análisis. Al menos intentemos recordar lo ya enunciado, que casi todo el arte hecho en las tripas de gobiernos tiránicos es una pila de mierda maloliente.

Titulo: Uppercase Print

Año: 2020

País: Rumania

Director: Radu Jude

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