Crítica: The Killing of a Sacred Deer (2017) de Yorgos Lanthimos

El sacrificio del ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer) (2017), de Yorgos Lanthimos

El juego de la comparación. 

≪Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.≫

— Génesis 22:2

La mayoría de las costumbres, las instituciones y los pilares sobre los cuales se construye nuestra sociedad pueden en potencia ser deconstruidos, es decir, pueden atravesar un proceso que los deja al desnudo en sus funcionamientos más básicos, que les saca el velo de naturalidad tras el cual se esconden a plena luz del día, y lo que queda son una serie de mecanismos que, si no estuvieran ya ‘programados’ en nuestras mentes, nos parecerían tremendamente absurdos.
A esto último se dedica Yorgos Lanthimos, quien se está consagrando como el cineasta de lo absurdo en el siglo veintiuno. En Langosta (The Lobster, 2015) el director y guionista griego ya había deconstruido la monogamia y la idea de la ‘pareja’ como la consagración de un orden político vestido de amor, pero lo había hecho recurriendo a la creación de un mundo que lleva estos valores al extremo, una especie de distopia que contaba con elementos de lo cotidiano, pero llevándolos al punto del absurdo. En El sacrificio de un ciervo sagrado, sin embargo, es el absurdo el que irrumpe en una trama y un contexto familiar, aunque observado a través de la óptica fría y ‘diseccionadora’ de Lanthimos.
En esta frialdad de las formas y del contenido podemos encontrar mucho de Stanley Kubrick: una síntesis perfecta entre la distancia que provocan las tomas tan abiertas y simétricas, los movimientos de cámara lentos y fluidos, la arquitectura insoportablemente lineal y luminosa que nos rodea en las escenas de la ciudad y el hospital, por un lado; y la incomodidad que nos hacen sentir las actitudes rígidas y calculadas de los personajes, lo robótico y cientificista de sus diálogos, y los mecanismos de supervivencia que poco dudan en poner en marcha, por el otro. Este visión funciona como un todo que sirve para sostener la trama que se va a desarrollar, y la forma en que se va a desarrollar.

En esta película Lanthimos, a diferencia de la anterior, necesita presentarnos un mundo que se ve como el nuestro, que funciona como el nuestro en todo sentido, para que cuando el elemento inexplicable y absurdo se introduzca en la trama, provoque que sea aún más perturbador. La amenaza, sin embargo, no es atemorizante solo por su fatalidad, sino que nos asusta porque nos lleva a pensar de forma utilitaria: ¿quién vale más? ¿Quién es más útil? ¿A quién vale la pena conservar?
El absurdo va entrando de a poco, y va entrando mediante preguntas que nos muestran qué poco se necesita para provocarnos un distanciamiento, la sensación de algo que ‘no cierra’: ¿qué hace un hombre mayor almorzando y comprándole regalos a un chico? ¿Es su hijo? ¿Si no es su hijo, por qué hace eso? Steven Murphy (Colin Farrell) es un cirujano, por ende, una persona cuyo trabajo consiste en arreglar el cuerpo humano, en hacerlo funcionar, como a una máquina. La diferencia es que en esta máquina hay vida, y si se rompe, ya no la habrá. “Tenés manos hermosas y limpias, todos los doctores las tienen así” le dice Martin, el hijo de un ex paciente. Hay que ser capaz de lavarse las manos para alcanzar una vida de lujo y belleza, nos está diciendo.
Estamos en un mundo donde el intercambio y la comparación no son simples reflejos de una sociedad competitiva, sino que constituyen la lógica misma del filme, de cada conversación y del conflicto mismo. A lo largo de la trama, no hay casi objeto, persona, o detalle que escape ser comparado con otra cosa. Los diálogos de los personajes, en particular de Martin, parecer absortos y fascinados por establecer qué es mejor y qué peor, qué es más caro, qué es más bello, y sobre todo, qué es igual a otra cosa, y si esto es siquiera posible: “los quiero a todos por igual”. Se pueden comparar correas para reloj, o la belleza de distintas cabelleras, o qué tipo de médico mata más pacientes, o el valor académico de tus dos hijos.
Y si algo no puede ser igual, ¿para qué intentar que lo sea? La existencia misma de alguien como Martin es un disparador de suspenso. Es un personaje absurdo porque su pensamiento es absurdo, descontextualizante, y deconstruye hasta la misma idea de justicia y de venganza: la mejor forma de hacerle pagar a quien me sacó un ojo no es sacarle uno yo, sino forzarlo a elegir cuál de los dos prefiere. Más aún, es una venganza diseñada para desafiar hasta qué punto estás dispuesto de hacerte responsable, y para dejar en evidencia que si elegís la vía del azar en vez de la utilitaria, se trata de una forma más de mantener tus manos limpias y bellas.
Es una pena que el juego de palabras del título original se pierda en la traducción al castellano, que ese deer (‘ciervo’, pero también, fonéticamente, ‘ser querido’) pierda su doble sentido, y que con este se pierdan también los paralelismos que ese título, junto con el prólogo musical de la obra de Schubert — Stabat Mater, D 383: I. “Jesus Christus schwebt am Kreuzel” (algo así como “Jesucristo flota sobre la cruz”) —, trata de establecer entre la trama de esta película y los episodios bíblicos, el sacrificio de Jesús, pero también el cuasi-sacrifico de Abraham. Y aquí yo misma hago una comparación: ¿cuál es la diferencia entre lo que un Dios cruel demanda de Abraham, y lo que un sociópata le pide a un cirujano?⚫

Título: The Killing of a Sacred Deer

Año: 2017

País: Estados Unidos

Directora: Yorgos Lanthimos