Crítica: Proyecto Florida (The Florida Project) (2017), de Sean Baker

Proyecto Florida (The Florida Project) (2017), de Sean Baker

Sobrevivir al mañana.

Una manera de clasificar a los hombres es si tienen o no trabajo. Ni raza ni religión: si están o no dentro del sistema productivo. Protegidos por las leyes –aunque en muchos casos no se cumplen- los niños no tienen trabajo. Tampoco los ancianos, protegidos por el sistema provisional –aunque en verdad no les alcance. Y al interior de la franja etaria que se considera apta para hacer mover al mundo, hay quienes tienen y quienes no. Los últimos puede que no tengan trabajo debido a distintas razones: por más que nadie desee trabajar, todos saben que el trabajo dignifica. Es así: no tener es no estar, y a medida que pasa el tiempo vas retrocediendo casilleros y cuando te querés acordar no sólo perdiste la tarjeta de crédito y la cuenta bancaria, sino que pasaste de un departamento a una pensión, de comprar en el supermercado a solicitar un subsidio, de comer las cuatro comidas a una sola, de la pensión a la calle y a pedir para comer. La vida fuera del sistema o casi fuera, en las inmediaciones, o no es vida o es una pausa. Y la pausa constituye una ofensa para el capitalismo. Todo aquel que para, no produce, y el que no produce es un estorbo para la gran maquinaria.

Ahora bien, ¿hay cine en esta frontera? El neorrealismo italiano le do una vuelta de tuerca a la representación de este problema.

El cine de Hollywood, la fábrica de sueños, había ya domesticado el paladar: a una mirada, su descargo; a un plano, su contraplano; a una acción, su continuidad.

El tema estaba en que el modelo servía para una de piratas pero no para dar cuenta del parate económico que supuso la Segunda Guerra Mundial. El poder de las películas italianas del momento, como Germania, anno zero estaba no tanto en el contenido, sino en el maridaje del contenido con su forma. De pronto apareció la pausa, se evaporó el vértigo del calendario y los horarios del trabajo que determinaban cómo deben ser los días: qué corresponde de lunes a viernes, qué corresponde el sábado y el domingo. Hubo que contar cómo pasaba el tiempo dentro de esa burbuja donde el tiempo no pasaba. No se trató de abandonar la narrativa: el mundo había abandonado a los narradores.

Los hilos que ataban la trama se volvieron débiles, los motivos que movían a los personajes no sacudían lo necesario y el conflicto era tan grande –sobrevivir al mañana- que agotaba las fuerzas antes de que comenzara la proyección. En Italia sólo quedaban ruinas. Proyecto Florida podría ser una variación de Ladri di biciclette si no fuera porque no hay conflicto bélico al cual culpar. La razón de la crisis está en el sistema mismo, y la crisis, si no te adaptás, te devora.

El desafío del cine en este caso es encontrar la forma –porque el problema es siempre la forma- que pinte la relación diálectica entre los distintos agentes,  los que tienen y los que no.

Halley, una joven madre soltera –interpretada por Bria Vinaite-, vive en un hotel turístico pero poco lujoso en Florida junto con su pequeña hija, Moonee –en la piel de Brooklynn Price, quien a su corta edad parece haber nacido para la actuación-. El encargado del hotel, Bobby –un Willem Dafoe siempre magistral-, a la vez que cuida de ellas les recuerda su obligación: pagar el alquiler. Sobre esta triangulación se construye la pirámide. Bobby funciona a la manera de un faro que ilumina y, en especial, vigila.

Es el individuo alienado capaz de empatizar pero no de solidarizarse, consciente de que su posición, por más que no sea privilegiada, está dentro del sistema. El acceso a los mitos y el tono de las actuaciones también corresponde a este esquema: un juego de contrastes. Si al personaje de Dafoe le corresponden los matices y la mesura, el tono de las otras dos actrices las obliga a los extremos: una paleta de gritos para comunicarse y momentos de felicidad plena alcanzados por una espontaneidad al parecer no planificada. No es que su lenguaje sea más tosco; todo lo contrario: quizá hasta es más complejo. Y los mitos, para ellas dos, conservan el significado intencional con el que fueron creados, como sucede con el castillo de Disney. Mientras que para muchos representa un bien cultural al que se puede acceder, para Halley y Moonie es el mísmiso paraíso en la Tierra.

En Proyecto Florida la continuidad es una ilusión, tan sólo un paréntesis. No hay acción –entendida al menos hacia delante- ni recorrido. Por más que se insista siempre estás en el mismo lugar. El tiempo es una potencialidad: el cambio que viene, la mirada puesta en el futuro. Y se mide distinto –es imposible cortarlo al interior-, por lo cual se explica que el final parece venírsete encima. Casi no te das cuenta, porque siempre sucede así para los del margen –y aquí la clave de dónde está puesta la focalización-: un día de pronto tenés menos de lo que tenías. De un estado se pasa a otro sin esa seguridad amasada, sin una evolución cocinada a fuego lento. La película de Sean Baker tiene valor en la medida en que advierte que para hablar del sistema debés utilizar su sintaxis. Es atractiva, fresca y musical. Y aunque tiene bases sólidas, las disimula bien porque no está hecha para unos pocos: es necesario que la vean todos lo que puedan. El arte que necesitamos –como una vez necesitamos el neorrealismo italiano- quizá no deba negar el lenguaje, sino reconocerlo, dialogar con él y al final invertirlo. No es el momento de la vanguardia suicida, sí el de una sutil caridad. Puede que esta forma atesore un acontecimiento por venir y, en este sentido, también una esperanza⚫

Título: The Florida Project

Año: 2017

País: Estados Unidos

Directora: Sean Baker