Crítica: La favorita (The Favourite, 2018) de Yorgos Lanthimos

La favorita (The Favourite, 2018) de Yorgos Lanthimos

“El poder real”

El preludio comienza, y estamos mirándolos desde abajo, como si fuéramos pequeñas criaturas. Conejos, por ejemplo. Pero lo cierto es que seguimos siendo humanos, solo que esos humanos que vemos están por arriba nuestro: son la realeza y la aristocracia británica. Estamos en la residencia monárquica de Inglaterra, a principios del siglo XVIII. Y lo que vemos es a la Reina, a las damas de la corte, a los integrantes del Parlamento, a los grandes lords, en un ambiente de despilfarro, apuestas y ridiculez. Esas imágenes en ángulo contrapicado nos están diciendo dos cosas a la vez: por un lado, que esta gente es patética, y por el otro, esta gente patética está por encima de todos nosotros.

Lanthimos se ha constituido como un autor de cine absurdo, optando por construir futuras distopias, o presentes en los que irrumpe lo inexplicable, o tramas en los que son los mismos personajes quienes elaboran un intrincado mundo que colisiona con el sentido común del público. Sin embargo, no hay nada en su último largometraje que sea absurdo per se. No solo eso, sino que en vez de estar en el presente o en un futuro, nos encontramos en el pasado, junto a las versiones ficticias de personajes históricos. Cabe aclarar eso último ya que, aunque todas las películas así llamadas “históricas” son en verdad ficciones basadas en hechos del pasado, en este caso, la reina Anne, la duquesa de Marlborough, Robert Harley y el resto, no son más que inspiraciones sobre las cuales Lanthimos construye su historia. No debería buscarse “fidelidad” para con los hechos, conociendo al director griego, los hechos y la realidad poco importan. Las verdades alcanzadas por el arte no son tales por ser copias más o menos fieles de hechos históricos.

De la trágica historia de Anne, Lanthimos toma lo necesario para construir este nuevo ethos: los diecisiete embarazos que resultaron mayoritariamente en criaturas muertas al nacer; la influencia que Sarah, y luego Abigail, tuvieron sobre ella; el mal estado de su salud, afectada por gota, en ese último período de su vida. Si la personalidad de la reina era la ilustrada en La favorita, poco importa, pues el conflicto que sostiene este film dialoga con temas universales y especialmente pertinentes en la actualidad.

Siguiendo la línea del estilo característico de este autor, la frialdad y el distanciamiento de la cámara actúan al servicio de la interacción de las corporalidades dentro de la cámara: estas interacciones con cómicas, torpes, patéticas —en el sentido original de la palabra— dentro de toda la inmensidad de ese palacio señorial. Al margen de todo el juego de poder que se irá desarrollando, la estética y el uso del espacio que ejerce Lanthimos operan para hacernos sentir impotentes.

Varios análisis se pueden hacer de esta obra, pero en lo personal me urge pensar en esta trama no en cuanto a un conflicto de relaciones personales, sino en cuanto a una alegoría: la de dónde reside el poder. Como adivinarán, al menos durante la mayor parte de la trama, la respuesta no es “en Anne”. Esta reina poco tiene de reinante, sino que parece más una súbdita de Lady Sarah y su propia coalición política. El vínculo entre Anne y Sarah se vuelve más indescifrable a medida que vamos aprendiendo más sobre él. No sería una película de Yorgos Lanthimos sin un poco de incertidumbre y sentimientos humanos en constante contradicción: ¿tiene Sarah genuino afecto hacia Anne, o se trata de un vínculo forjado en meros intereses políticos? ¿Podría haber un poco de ambas, amor por el poder y amor por su amiga de la infancia?

La relación entre las dos es la que se ve en amistades de décadas, o en parejas que celebran ya varios años juntos: esa honestidad brutal y ausencia de embellecimiento de las propias opiniones que solo puede existir bajo un vínculo de profunda intimidad. Sin embargo, esta honestidad no se ve reflejada en lo que a las decisiones políticas respecta. Sarah subestima la capacidad de Anne de entender temas de actualidad, y la mantiene en el mismo carácter temperamental y aniñado.

Abigail entra en el juego. Anteriormente una dama, caída en la pobreza por un padre irresponsable, termina sin encontrarse a gusto en ninguna de esas condiciones: fue criada con demasiados lujos para gozar de la servidumbre y de pasar noches arrinconada entre otras cuantas sirvientas, pero ha sufrido demasiadas violencias para mantener la compostura de una dama. Pero son estas mismas experiencias las que la convierten en una digna candidata por el aprecio de Anne, con quien no debe hacer más que sacar a relucir las habilidades que aprendió como mucama y como prostituta, seduciéndola con su belleza y dulces palabras.

¿Por qué hablé, anteriormente, de alegoría? Porque lejos del drama vincular, lo que está construyendo Lanthimos son encarnaciones de diferentes tipos de poder. Sarah y Abigail son dos pujantes por el poder político, es decir, dos candidatas, cada una con diferentes experiencias y maneras de ganar: Sarah representa aquel poder viejo, estable hasta ese momento, que basa su legitimidad en conocer íntimamente a Anne, en sincerarse con ella como hace toda amiga fiel, mientras la priva de todo acceso al poder real, a entender qué es lo que sucede en el más alto círculo político; Abigail, por otro lado, es quien ha visto lo que hay en lo más bajo de la pirámide del poder, por lo que se niega a volver y está dispuesta a hacer lo que sea, inicialmente, por garantizar su seguridad, y luego, para llegar a la cima. Abigail es aquella candidata que te enamora con palabras dulces y alegres, que se desvive en halagos, y que, más que nada, afirma su atractivo potencial en los defectos de la otra.

Claro está, estas candidatas se pelean para ganar control sobre Anne, y ganar control sobre Anne implica tener el control de Gran Bretaña. Anne, sin embargo, es mucho más que una reina. Diría inclusive, que a fines de la alegoría, su rol como reina no es funcional sino simbólico: Anne es quien tiene todo el poder en su mano, pero se ha olvidado; es quien tiene la verdadera autoridad, pero los años de trauma y de tragedia la han hecho olvidarlo y cederle el cetro a otras personas con intereses propios y avaros. Por eso, si Abigail y Sarah son dos frentes políticos en lucha por el poder, Anne no es otra que el pueblo mismo, a quien intentan conquistar y convencer a toda costa, porque bien saben, es ella quien, si así se lo propone, tiene la capacidad de hacer lo que quiera con ambas. Al final, el descarado Robert Harley tiene razón: el favor es una brisa  que cambia de dirección todo el tiempo. Y el voto también.

A veces, sin embargo, basta con un simple descuido de quien está en la cima, un solo gesto que deje entrever su crueldad interior, para hacernos despertar. Pero Yorgos Lanthimos no parece tener una visión optimista respecto a este despertar: someter al poderoso podría no ser suficiente, el trauma vivido, el desgaste en cuerpo y espíritu es tal, que el goce se torna inalcanzable. Diecisiete es un número muy alto⚫

Título: The Favourite

Año: 2018

País: Reino Unido

Directora: Yorgos Lanthimos