Crítica: Takara, la nuit où j’ai nagé (2017) de Damien Manivel y Kohei Igarashi

Takara, la nuit où j’ai nagé (2017) de Damien Manivel y Kohei Igarashi

No hay palabras abajo del agua.

Cuando una empieza a ver cine, mucho cine, muy seguido, ya sea en casa, en festivales, o en salas comerciales, las películas que se destacan y nos sorprenden terminan por ser algo raro. ¿Qué es lo que necesito, como cinéfila, para sorprenderme? Algo diferente: no necesariamente espectacular, ni del todo original, pues la originalidad pura no existe, pero que se presente como algo único, impredecible, obra de arte audiovisual. Takara, la nuit où j’ai nagé podría considerarse cine mudo, porque ni una sola palabra es dicha por personaje alguno en toda la película. Y, a los diálogos, no los extrañamos en lo absoluto. A veces, si no hay nada que decir en palabras, que no pueda mostrarse en imagen o sonidos, es mejor callar.
Damien Manivel se arriesga al depositar el peso entero de su película sobre el tierno protagonista de seis años y su insomnio, su merodeo y, por último, su búsqueda. El conflicto, o más bien, el contexto, ya que no condiciona la película y su transcurrir, mas sienta la base para las motivaciones de ese pequeño niño japonés que es puro movimiento, acción-reacción, y nada de palabras, es tremendamente sencillo y cotidiano: un padre trabaja en una pescadería industrial y debe levantarse cuando aún hay oscuridad para ir a trabajar, obligándolo a pasar un tiempo insuficiente y mínimo en casa, por lo que Takara, su hijo más pequeño, lo extraña. Como un pez que se aleja del cardumen, el niño deambula por la pequeña ciudad, no hecha a su medida, lo que provoca que su nado de humano se torne gracioso, inocente, enternecedor a nuestros ojos, un nado dirigido a encontrar a esos otros peces, los que están donde trabaja su papá.

Con algo de Buster Keaton y Chaplin, y bastante de Jacques Tati, la película de Damien Manivel adopta un ritmo más propio, más actual y observacional. La comedia no está forzada ni parece ser el primer objetivo de la narración, sino que cae como gotas de agua en cada escena, de una forma tan espontánea o natural que no nos hace sentir manipulados, que nos deja la sensación de que nuestras emociones vienen solas, sin que nadie nos esté guiando. Así como Takara mismo, que se mueve y actúa como lo dicta su ser infantil, sin planes complejos, solo a partir de sensaciones: de esta misma forma nos sentimos desplazados nosotros por esa ciudad, por esas escenas, y como a los peces, el director nos deja completamente enganchados con el merodeo de Takara, hipnotizados con su arbitrariedad.
Es raro en estos días ver una película que sabe que no necesita de grandes recursos para causar grandes emociones, que el diálogo no es la única forma de comunicar, que el público es suficientemente maduro para sentir por sí mismo, y que no hace falta meterle piruetas narrativas y dramáticas a un guión para hacer que el público se ‘enganche’ con la historia que cuenta: a menudo alcanza con crear un personaje interesante, armar situaciones y escenas que se adapten al carisma de este, y dibujar con fotografía en pos de crear belleza, casi de la misma forma en que un niño que agarra un conjunto de crayones para trazar y darle color a su propia historia⚫

Título: Takara, la nuit où j’ai nagé

Año: 2017

País: Francia

Directora: Damien Manivel y Kohei Igarashi