Crítica: Roma (2018), de Alfonso Cuarón

Roma (2018), de Alfonso Cuarón

Heroínas inéditas.

En estos tiempos de globalización que se expande e intensifica de forma progresiva e imparable, ya poco nos sorprende que los directores de cine independiente vayan apostando por películas con un presupuesto cada vez mayor, con una ambición cada vez más industrial, y con un elenco cada vez más estelar. Los amantes del cine de autor terminamos por encontrarnos en un estado de ansiedad constante ante la posibilidad de que aquellxs directorxs que admiramos empiecen a hacer películas “más comerciales”, algo cada vez más frecuente, al menos con quienes apuntan fuertemente hacia el público occidental.

Pero lo que ciertamente es una excepción, es que suceda todo lo contrario. Roma llega, de esta forma, para sorprendernos con una propuesta que va en contra del mainstream de la industria cinematográfica: volver a la película más simple, a narrar magistralmente usando una menor cantidad de recursos, a elegir actores y actrices con rostros hasta ahora desconocidos, a ritmos y estilos más propios del arte que del entretenimiento, a abordar temáticas sociales sin mensajes forzados ni obvios, a no valerse del poder de la música por no poder ser capaces de transmitirle emociones al espectador por otros medios.

El cine de Cuarón siempre fue ambicioso. Al igual que sus amigos y colegas Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu, sus películas cuentan con una fuerte carga emocional a nivel narrativo, historias para nada minimalistas, y un trabajo de cámara consciente y complejo. Su cine, por lo tanto, siempre ha estado en esa zona más gris entre un cine meramente artístico, y un cine realizado teniendo en cuenta al público y al mensaje que se le quiere enviar.

Su anterior largometraje, Gravedad (2013), más allá de la aprobación que pueda haber obtenido, o no, por parte del público y de la crítica, era un ejemplo perfecto de esto: por un lado, es una película que acontece en el espacio, que se construyó sustancialmente con la ayuda de efectos especiales, que cuenta con las interpretaciones de dos gigantes consolidados de la actuación como Sandra Bullock y George Clooney, y que, por todas estas razones, se realizó con un presupuesto colosal; y sin embargo, al mismo tiempo se trata de una película con una historia relativamente simple, que se sostiene casi exclusivamente con uno o dos personajes, y que se articula en ritmos y tiempos más pacientes, con momentos de espera y contemplación, más propios del cine arte que del cine comercial.

Pero en Roma, todo parece haberse enfocado en la autoría, en narrar aquella historia de origen autobiográfico, en reconstruir un pasado y una infancia peculiar, pero más que nada, en serle fiel al recuerdo de una mujer que crió a él y a sus hermanxs, como tantas otras mujeres lo han hecho con lxs hijxs de familias burguesas. De hecho, Cuarón mismo dijo que se trata del primer guión que escribe y convierte en película sin haber consultado o pedido comentarios de sus dos colegas mencionados anteriormente: ya no se trataba de modificar un guión para hacer una historia que “atrape”, sino que se trataba de algo propio, recuerdos y reconstrucciones personales que no quería intervenir, solo reproducir.

Tampoco debemos pensar que Cuarón cae en la ingenuidad de pensar que su memoria es suficiente para hacer toda una película sobre momentos de la vida de alguien que no es él mismo: por un lado, él era un niño, por otro lado, nunca presenció la gran parte de las vivencias más importantes y trágicas en la vida de Cleo. Uno de los fuertes de esta película se encuentra precisamente en que Cuarón no intenta descifrar los pensamientos o motivos de una persona cuyas experiencias son radicalmente diferentes de las propias. Por más que hayan compartido una residencia y varios años de sus vidas, Alfonso era un niño blanco de clase media alta que en su adultez tuvo la posibilidad de optar por trabajar de aquello que ama y lo apasiona, mientras Cleo era una mujer joven de ascendencia mixteca que trabajaba como empleada doméstica para su familia, y que pocas opciones tuvo, por su situación económica o por la “suerte”, respecto a la dirección en la que iba su vida.

De esta forma, Alfonso Cuarón se limita a escribir y mostrar a Cleo y a su propia madre desde un punto de vista alejado, de espectador e intruso, pero sin presumir saber qué sienten, en particular en el caso de Cleo, quien se muestra enigmática y reservada ante todo lo que le toca vivir, una manifestación, o falta de, más que común en aquellas personas a quienes se les ha dejado en claro que al mundo no le importa qué les sucede. Los eventos que rellenan los vacíos  de aquellos momentos que Cuarón no recuerda, o nunca vivió, se vinculan a las manifestaciones y los movimientos sociales que brotaban en México en los años 70, gracias al espíritu que el Mayo Francés fue inspirando en diferentes países del mundo.

Con sus tiempos inicialmente tranquilos, apaciguados, con el blanco y negro tan anclado en el imaginario del pasado y del recuerdo, con la fotografía y los minuciosos e inteligentes planos secuencia tan propios del cine de Cuarón, Roma refleja la dualidad que conlleva el empleo doméstico, en particular el trabajar con cama adentro: las relaciones para con el lugar que nos rodea y los vínculos humanos que se establecen tienen matices especiales cuando unx vive donde trabaja, cuando tu hogar no es tu hogar del todo, cuando tus compañerxs de vivienda son también tus jefes, cuando lxs niñxs que criás y cuidás como si fueras su madre son parte de tu trabajo y no son, al fin y al cabo, tus hijxs.

Por más solidaridad y comprensión que pueda llegar a haber entre empleador/a y empleadx, la realidad siempre pesa más: unxs dan las órdenes y lxs otrxs obedecen. La crítica que se construye hacia las clases altas es indirecta, el director no las hace explícitas, como nada en esta película, sino que aparecen en la imagen y en el sonido, en las situaciones impredecibles que dejan en evidencia una división del trabajo automática y que ya se ha naturalizado, una división por la cual quienes tienen una necesidad o urgencia no son lxs mismxs que ponen el cuerpo para saldarla.

También intervienen los conflictos de género, y qué le pasa a un núcleo familiar y a la idea misma de una familia cuando los hombres abandonan sus responsabilidades, cuando el hogar se convierte en un matriarcado no buscado y que, al fin y al cabo, es impuesto por el mismo patriarcado. Cuarón creció en este hogar y lo retrata, una madre en crisis porque su marido ha elegido el camino prototípico de dejarla por una mujer más joven y olvidarse de sus hijxs; una empleada doméstica sobre quien termina recayendo mucho del resentimiento de su empleadora, así como la realidad económica cada vez más desalentadora, porque ahora la familia deberá sostenerse sin el principal proveedor; unxs hermanxs de diferentes edades que pelean de forma continua y hasta peligrosa, que se meten en situaciones que ponen en riesgo al resto, y cuya inestabilidad es un eco del terremoto que sacude esa familia.

Los pesos que recaen en el cuerpo y la vida de Cleo son múltiples y de distinta índole, ya sea por su clase, por su etnia, o por su género, y van profundizándose a la vez que se complejiza y acelera la construcción audiovisual del relato. Con menos apoyo y visibilidad, ella también es abandonada por un hombre en una circunstancia que no buscó y que terminó aceptando, pero hay una sociedad violenta y un grupo de reaccionarios que tienen sus propios planes. Cuarón recuerda y homenajea de esta forma a Cleo, retratando a la mujer que conoció para convertirla en una leyenda, una heroína de la que no se escriben epopeyas ni mitos, pero que cumplió con mucho más que doce trabajos, y se enfrentó a su propio monstruo de múltiples cabezas⚫

Título: Roma

Año: 2018

País: México

Directora: Alfonso Cuarón