Columna de Paulo Pécora. 2019 – Enero

Columna.

El territorio de lo imperfecto (A propósito de las nuevas Historias Breves)

16-Enero-2019. Por Paulo Pécora  – paulopecora@caligari.com.ar

Más de un lector estará de acuerdo en que cualquier cinematografía que busque crecer respetando sus particularidades necesita, al menos, un público curioso y ávido de películas con temáticas y estilos locales. Para eso, una de las primeras tareas sería disuadir a los potenciales espectadores para que fijen su atención en otro tipo de propuestas y salgan de la comodidad que les asegura un cine extranjero adocenado y basado generalmente en fórmulas comerciales repetidas hasta el hartazgo. Lo más importante sería dejar de lado recetas pragmáticas importadas y fomentar el desarrollo de un lenguaje audiovisual propio, ecléctico y rico en voces, miradas, temáticas, estéticas y formatos. Un lenguaje tan diferente como atractivo, que logre paulatinamente cada vez más aceptación entre una mayoría de espectadores atrapados desde niños por lógicas de mercado y formas de consumo ajenas a ellos.

Para generar las condiciones que permitan la evolución de un nuevo lenguaje, el Estado argentino posee al menos dos herramientas fundamentales. La primera es una enseñanza integral a través de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc) y sus sedes federales, que incluye historia y teoría del cine, una aproximación a diversas formas narrativas, investigación, experimentación técnica, y prácticas de realización de tesis y ensayos. La segunda es el histórico concurso nacional Historias Breves, que el año pasado llegó a su decimosexta edición y cuyo objetivo es financiar la producción y la realización de los guiones ganadores. Su meta fundamental debería ser fomentar la idea del cortometraje como un formato autónomo y completo en sí mismo, tan importante como cualquier otra película, más allá de su corta duración. Es decir, pensar al cortometraje como un espacio valioso de aprendizaje, de ensayo y error, de búsqueda de un lenguaje personal autónomo, con sus particularidades, y no como un mero paso previo y burocrático hacia el largometraje. En ese sentido, y en contextos de profundas crisis socio-económicas como la que atraviesa nuestro país, siempre es motivo de celebración que un organismo estatal como el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) siga financiando la escritura, la producción y la realización de nuevos cortos. A pesar de que las actuales autoridades no abrieron en 2018 una nueva convocatoria (algo que no había ocurrido nunca en la última década, en la que el concurso se realizó todos los años sin interrupciones), es importante valorar en toda su dimensión el reciente estreno en salas de una nueva edición de estas Historias Breves, con sus aciertos, sus claroscuros y sus asignaturas pendientes.

El cortometraje debería ser un espacio de práctica y reflexión profunda sobre el lenguaje y las técnicas audiovisuales y no únicamente un trámite para aprender a copiar y repetir técnicas y narrativas ya probadas de antemano. “Si no vas a experimentar y probar cosas nuevas, ¿para qué harías un cortometraje?”, me interpeló una vez uno de mis profesores. Desde entonces, además de agradecerle, considero al corto como un territorio de lo imperfecto, un lugar propicio para el aprendizaje a través del riesgo, el error, el azar y la intuición. No es una regla, es simplemente una actitud. Un salto al vacío y sin red, en el cual lo importante no son siempre y únicamente los resultados, sino el proceso mismo, esa “caída libre” hacia el autoconocimiento.  

Quizás ese sea, con matices, el problema de estas nuevas Historias Breves: la búsqueda casi obsesiva de la prolijidad y la perfección técnica y fotográfica, el acento puesto en las historias, la dirección de arte y las actuaciones, mientras se siguen repitiendo una y otra vez las mismas fórmulas literarias de principio, desarrollo y final, sin darle nunca lugar –o dándole uno muy escaso- a la incertidumbre narrativa, al misterio de lo poético, a la exploración sensorial y perceptiva.

Todos los cortos que componen este film son casi perfectos en su forma, bien actuados e iluminados, bien encuadrados, muy bien producidos. Superficialmente no poseen casi ninguna falla visible. Incluso, algunos de ellos (como Una cabrita sin cuernos, de Sebastián Dietsch, y Nada de todo esto, de Hernán Alvarado) son interesantísimos dentro de los márgenes que eligieron explorar. El problema quizás sea la actitud conservadora de varios de los realizadores y, quizás también, sus expectativas. Participar en festivales, por ejemplo, es un deseo legítimo y válido para cualquier estudiante o cineasta, pero si se convierte en el objetivo principal, si ese deseo empieza a limitar la libertad y encorsetar la creatividad de los realizadores, deja de ser una meta y puede transformarse en un obstáculo. Por otra parte, la prolijidad extrema, el acento en el guión, las actuaciones, la fotografía y el arte (partes esenciales de la hechura cinematográfica, indudablemente, pero no las únicas ni las más importantes) son elementos que pueden desviar al cortometrajista de lo que debería ser su principal preocupación: una indagación continua en las formas y el lenguaje, un modo de desarrollarse como cineasta basado en lo auténtico y en lo personal, en la consciencia plena de sus intereses y posibilidades, y en lo que surge espontáneamente desde su interior, aunque sea caótico e imperfecto.

Una cabrita sin cuernos, de Sebastián Dietsch

La realización de un cortometraje, incluso (o especialmente) de uno financiado por el Estado, debería tener entonces otras reglas o no tener ninguna. Sobre todo cuando esas reglas se vuelven previsibles, repetitivas y comienzan a ir en contra de la expresión libre y genuina (porque la siente necesaria e inevitable) de un realizador. El cortometraje debería ser un espacio de autoconocimiento y descubrimiento de cada director como un posible autor, el inicio de un camino largo e incierto hacia el saber, pero nunca un atajo para llegar rápidamente al largometraje, para aprender a lidiar con las burocracias institucionales o para saber cómo manejarse en contextos aparatosos, donde el esfuerzo está puesto en emular la estructura de producción de un largo, en condiciones de trabajo rígidas y jerarquizadas. Seguir ignorando la fuerza de ese otro tipo de cortometrajes, no darle espacio a lo imperfecto y lo azaroso, al juego y el error, es también una manera de dilapidar tiempo, esfuerzos y dinero, desaprovechando la oportunidad de desarrollar desde la base una cinematografía propia y distinta a las demás, a través de películas cortas con estéticas eclécticas y narrativas impredecibles.