Columna de Karni Haneman. 2019 – Febrero. Si tuviera un centavo por cada cosa que amo de vos, tendría muchos centavos

Columna.

“Si tuviera un centavo por cada cosa que amo de vos, tendría muchos centavos”

23-Enero-2019. Por Karni Haneman  – karnihaneman@caligari.com.ar

Adrienne Shelly.

Noviembre del 2006. Acababa de empezar la universidad y estaba cursando el primer mes de Estudios Cinematográficos, mientras atravesaba mi primera crisis existencial sobre lo que implicaba mi decisión de dedicarme a hacer cine. Una amiga me llamó para decirme que Adrienne Shelly había muerto. Inicialmente, las noticias decían que se trataba de un suicidio, pero luego se supo que eso no era así: la habían asesinado. La noticia me había tomado tan por sorpresa que, por unos minutos, me costaba entender siquiera de qué me estaba hablando. Más tarde, también me enteré de que Shelly estaba dirigiendo una película cuando sucedió. En ese entonces yo había visto muchísimas de las películas en las que había actuado, pero nunca había visto ninguna dirigida por ella.

A partir de su muerte, empecé a preguntarme a qué se debía esto último. ¿Cómo podía ser que aquella actriz estupenda y que yo admiraba tanto hubiera muerto de un día para el otro, mientras estaba realizando su propio largometraje, y que yo no tuviera la más mínima idea de que también era una guionista y directora que iba ya por su tercer película? ¿Cómo era posible que me sintiera tan conectada a su trabajo como actriz, y aún así nunca había conocido esta otra cara de su talento, la de la excelente directora que fue? La respuesta, por supuesto, es que a través de mis varios años estudiando cine, y por fuera de mi carrera, rara vez se nos mostraba la obra de cineastas mujeres, pero ese es un tema para otra ocasión.

Al principio estaba aturdida, pero mi aturdimiento se transformó en tristeza, y la tristeza se transformó en ira. Creí que tal vez fuera un señal. Una señal de que no debería estar estudiando cine, de que no existen maneras para que algún día tu trabajo pueda ser apreciado de la forma en que se lo merece. Pero luego decidí hacer algo al respecto, para cambiarlo: decidí que tenía que ver todas sus películas, y saldar esta injusticia.

Un año después se estrenó Recetas de amor, y fui a verla a un complejo de cine gigantesco de Israel, en una ciudad cerca de donde vivía yo. Antes de que saliera, había habido una publicidad que la describía como “una nueva comedia romántica con Keri Russell”. Me acuerdo que me enojé muchísimo. A ver, quiero dejar esto en claro, adoro a Keri Russell. Y ya que estamos, también me encantan Cheryl Hines, Nathan Fillion, Jeremy Sisto y Andy Griffith: de hecho, la composición del elenco de Recetas de amor probablemente sea una de mis preferidas, con tantos actores y actrices que me fascinan.

Sin embargo, para mí se trataba de otra cosa. Yo iba a ir a ese cine sabiendo que iba a ser mi última oportunidad de ver una película de Adrienne Shelly. Y eso me enojaba. Me enojaba saber que esa iba a ser la última vez que pudiera ver algo que hizo, que era su última película, que había tenido una muerte horrible e injusta, y que, en aquel complejo de cine gigantesco en el medio de Israel, era muy probable que la amiga que me acompañaba —la misma que un año atrás me había llamado para contarme esa horrible noticia— y yo fuésemos las únicas que sabíamos todo esto. Y más que nada, lo que me entristecía muchísimo era saber que ella no había podido terminar de hacer su última película o verla llegar a los cines como la “nueva comedia romántica con Keri Russell.”

Recetas de amor es de por sí una gran película, pero a menos que conozcas a Adrienne Shelly y sus trabajos anteriores no vas a poder entender y apreciar por completo lo inteligente, ingeniosa y sensible que es. Como muchos, conocí a Adrienne, antes que nada, por su trabajo actoral. Soy una gran admiradora de Hal Hartley (ya intentaré escribir algo sobre él en un futuro), y después de ver la actuación de Shelly en Trust (1990) —otro film que cuenta con un elenco destacable, con Martin Donovan y Edie Falco, entre varios—, simplemente tuve que seguir viendo todo lo que había dirigido él, y todo lo que había protagonizado ella, y fue así que The Unbelievable Truth (1989) y el bellísimo cortometraje Opera No. 1 (1994) terminaron en la lista de mis películas favoritas.

Por ese entonces, Shelly ya se había convertido en una de mis actrices predilectas, pero no fue hasta ver su trabajo como directora que me di cuenta de lo talentosa y original que era. Sudden Manhattan (1996) es, al día de hoy, uno de los films que más me influenciaron como guionista y directora, y si hay un consejo que me gustaría dejarle a todas las personas que estén leyendo esta columna es el siguiente: véanla. Es una de las películas más astutas, divertidas y angustiantes que vi en mi vida, y el trabajo que hace Shelly para darle sustancia a su brillante guión, a través del personaje encantador que ella misma interpreta, es realmente estupendo.

Recetas de amor (Waitress, 2007)

En su segundo largometraje, I’ll Take You There (1999), sus diálogos únicos e ingeniosos cobran vida en boca de la gran Ally Sheedy, que hace lo que mejor sabe hacer y te enamora con un personaje extravagante y fabuloso. Tanto este film como el anterior son imperdibles para todo amante del cine independiente, y para cualquiera que sepa apreciar lo detallistas y profundas que son.

Y luego llegó Recetas de amor (2007), la tercera y última película de Shelly como guionista y directora, en la cual también interpreta a Dawn, uno de los personajes secundarios, pero que sin duda es uno de los personajes más adorables que la gran pantalla haya visto jamás. Es el personaje que más se gana tu corazón, pero que al mismo tiempo lo destruye. Y mientras yo estaba ahí, viéndola en el cine, con todo el público riéndose sin parar —y con mucha razón— durante toda la película, cada vez que me reía también lloraba un poco, sabiendo que, con cada minuto que pasaba, iba a estar más y más cerca de nunca volver a ver algo suyo.

Unos años más tarde, poco antes de que Netflix y las plataformas de video on demand se apoderaran de la industria, estaba sentada frente a la televisión, cambiando de canal y buscando algo para mirar. En uno había una película que estaba por empezar, se llamaba Atrapado por amor (Serious Moonlight, 2009). Nunca la había sentido nombrar, pero tenía algo que me cautivó al instante. A medida que la película iba avanzado, me di cuenta de que se trataba del guión. Recuerdo que lo primero que hice cuando terminó fue llamar a una amiga para decirle que acababa de ver una película, y que aún no terminaba de digerirla del todo, pero que el guión me había parecido uno de los mejores que hubiera visto jamás. Lo segundo que hice, claro está, fue entrar a IMDB* para averiguar más (mirando atrás, tal vez esto era lo primero que debería haber hecho), y así descubrí que el guión había sido escrito nada más y nada menos que por Adrienne Shelley. Por más grande que fuese mi sorpresa, a la vez, no estaba para nada sorprendida. Shelly no llegó a dirigirla ella misma, pero la fenomenal Cheryl Hines tomó ese rol.

Adrienne Shelly fue y sigue siendo una de las mejores cosas que le pasó al cine independiente. No tenemos forma de saber qué hubiera pasado si la vida de Adrienne no hubiera terminado tan pronto, pero puedo suponer con toda certeza que hubiera seguido realizando algunas de las películas más originales y hermosas que hayamos visto, y me siento personalmente devastada porque nunca voy a poder verlas. Cuando hice mi opera prima —en la cual también interpreto a uno de los personajes— sentí que debía homenajearla de alguna forma, así que decidí usar una campera similar a la que Shelly usó en Trust. Tal vez no fue gran cosa, pero me pareció que era lo mínimo que podía hacer para rendirle un pequeño homenaje personal a Adrienne Shelly y a Hal Hartley, quien la trajo a mi vida por primera vez. Y puede que escribir esa columna sea otra manera en la que puedo rendirle tributo a una de mis cineastas preferidas, que se merecía mucho, mucho más⚫

 

*IMDB (Internet Movie Database).