Crítica: Descubriendo a mi hijo (Ga’agua) (2018), de Savi Gabizon

Descubriendo a mi hijo (Ga’agua) (2017), de Savi Gabizon

Claroscuros.

La película se presenta como un viaje para reconstruir un pasado desconocido a partir de las ausencias, las pérdidas y las piezas aún presentes. Un juego constante entre lo ilusorio, lo ideal y lo real.

Ariel, un hombre de mediana edad, se reencuentra con Ronit, su ex pareja, después de haber estado separadxs durante 20 años. En ese encuentro, ella le confiesa que, luego de la separación, supo que estaba embarazada y decidió tener el hijo sin contarle a él, ya que siempre supo que no la acompañaría en esa decisión.

Este nuevo padre viajará entonces al pueblo donde Ronit crió a su hijo, Adam, para conocerlo a partir de las piezas que puede reconstruir desde su entorno. La película se desarrolla por completo en Acre, una cuidad pequeña en Israel, la cual servirá de escenario para la búsqueda que emprenderá Ariel.

La reconstrucción de la imagen de Adam se hará a medida que Ariel vaya quitando distintos velos, pasando por instancias de asombro, idealización y la inevitable defensa ante aquellos aspectos menos atractivos de su hijo.

La primera pieza es la hermosa, Yael, profesora de francés de Adam quien además fue su objeto (con toda la connotación que esto trae) de deseo y obsesión. La primer reacción de Ariel al conocer esta historia es de admiración hacia un hijo con dotes de poeta y músico que se ha inspirado en su profesora como musa. Sin embargo, tendrá que enfrentarse a la mirada ajena sobre la situación de hostigamiento y acoso a la que llegó. 

El padre defenderá al muchacho ante las acusaciones y tendrá un punto de encuentro con él en el deseo hacia su amada, confundiendo por momentos los límites entre uno y otro.

En paralelo a la historia de obsesión, acompañará aquella que Adam tuvo con Lilian, una adolescente un poco más jóven que él, con quien compartió años en el colegio y un noviazgo un poco controversial, teniendo en cuenta que él nunca estuvo enamorado de ella y, sin embargo lo apoyó y recibió en su casa junto a toda su familia.

Ariel no puede despojarse de la mirada romántica hacia su hijo, lo que le impide ver que la historia con su profesora había pasado de enamoramiento inocente a una sitaución de acoso y que la actitud hacia Lilian y su familia fue egoísta e irrespetuosa. Durante todo el viaje, la luz sobre sus oscuridades siempre vendrá desde la mirada ajena y nunca desde el ojo de su progenitor…

El encuentro con otro padre que sufre servirá para que tanto Ariel como Ronit puedan empezar a reconciliarse entre ellxs, a pesar de las constantes discusiones, así como con su maternidad y paternidad, recién descubierta para Ariel y en vías de resignificación para Ronit.

El dolor hace que los padres de Adam y de Abigail, la otra joven que aparece en escena de una forma algo encriptada, se unan en una propuesta poco ortodoxa pero que guarda la esperanza de poder brindarles a sus hijos una suerte de futuro tranquilo, aunque ellxs no puedan opinar al respecto. Al parecer, solo una situación de desesperación podría hacer que dos familias judías tomen una costumbre oriental, al mejor estilo de El pabellón de las peonías.

Tanto Lilian como Abigail comparten una tristeza en su mirada y en la postura que han adoptado frente a la vida o a la que se han visto obligadas a colocarse.

Las mujeres tienen su lugar especial en la historia pero, lamentablemente, el punto inicial y focal es siempre Adam. Desde las madres que desean que sus hijxs sean felices a pesar del dolor que pueden pasar, hasta las mujeres amadas o deseadas por Adam. Lilian, será quien padezca no solo la indiferencia de Adam en una relación más bien utilitaria, sino también la opresión de su familia al no poder decidir sobre su cuerpo. Yael ha sido violentada debido al acoso del muchacho, que luego reproducirá, en parte, su papá, al presionarla en distintas ocasiones. Quizás Ronit sea el personaje femenino más esperanzador, en tanto no es definida solo en función de su relación con su hijo, sino que se la muestra en plena transformación, a pesar de presentarse inicialmente como “la madre de…”. Ella  lleva su dolor a cuestas sin que eso le impida confrontar a Ariel y lxs padres de Abigail desde un lugar mucho más realista que el que él ha adpotado, generando un efecto de compasión, ternura y algo de comicidad que traspasan la pantalla y resumen la fuerza femenina de varias mujeres en una sola.

Los varones tienen también un lugar especial en el cuadro, pero parados desde un lugar menos poderoso. El actual marido de Ronit es algo ingenuo y aparece ridiculizado al sentarse frente a un equipo gigante de música para escuchar el sonido del mar; no obstante, puede sobreponerse y hacer valer su lugar como padre de crianza de Adam. Este último es presentado con una sensibilidad espacial por el arte pero con varios otros aspectos menos loables. Por otra parte, Ariel flota en una nube de ilusión a partir de los “recuerdos” construidos, velado por un enamoramiento hacia su hijo que, a diferencia de lo que indica el título de la película, no permite descubrirlo, sino crearse una imagen idílica más bien cubierta. Así todo, no termina de caernos mal, sino que comprendemos esta visión de defensa y protección al no poder enfrentar del todo la tragedia en la que está envuelto.

El valor de Descubriendo a mi hijo está en las múltiples capas que se van develando en cada personaje, a medida que la búsqueda de Adam, por parte de Ariel, avanza. La pesquisa de esta relación será el catalizador del resto de las historias, vínculos y personajes que conforman un cuadro con interesantes claroscuros, lo cual nos ofrece una mezcla de comedia y drama en equilibrio⚫

Título: Ga’agua

Año: 2017

País: Israel

Directora: Savi Gabizon