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Entrevista a Rodrigo Moreno, director de Los delincuentes

Por Andrés Brandariz

Creo haber leído que Los Delincuentes había empezado a gestarse como una remake de Apenas un delincuente (la película de Hugo Fregonese de 1949), aunque claramente resultó en una especie muy diferente…

 

El proyecto nunca fue hacer una remake. Lo que pasó fue que, una vez, me invitaron a hacer una película y me dijeron “podría ser Apenas un delincuente, si conseguimos los derechos”. La vi, y dije que no. Dije que no, porque la premisa de la película de Fregonese es que un tipo que toma dinero de su trabajo -que no es un banco, como en el caso de mi película- para tener una vida lujosa, ser millonario, etc. La verdad, eso no me interesaba en lo más mínimo. Entonces rechacé ese proyecto, como tantos que uno tiene y no hace. En el medio, hice otras películas.

Lo que pasó fue que algo de la premisa me quedó carburando: el desafío de poder hacer algo, ya no en clave de remake, sino para tomar un elemento de una película preexistente y actualizarlo, deformarlo, desviarlo. Llevarlo a otra zona, más personal. La idea de un tipo que quiere llevar una vida libre, eso es lo que me motivó a seguir para adelante con este proyecto, que era otra cosa muy distinta.

 

Hablas del desvío, y en Los Delincuentes hay algo muy literal en cuanto a esa idea: no sólo desde la concepción (tomar un elemento de una película preexistente y llevarlo para tu terreno) sino en la misma estructura. La película arranca en el microcentro porteño, con una premisa propia del cine de estafas; una hora después, estaba viendo una escena campestre en las sierras de Córdoba. Migra hacia una zona espiritual, casi filosófica con respecto a qué hacemos con nuestra vida, a cuánto disponemos de ella.

 

Desde el primer momento tuve la idea de hacer una película que fuera, por lo menos, dos películas. A medida que la hacía, descubrí que eran más, incluso. Pero de movida quería hacer una suerte de díptico: por un lado, un relato más relacionado al género, con una investigación -que en el montaje se hizo más firme-; por el otro, una película totalmente libre sobre gente que está en la naturaleza, en una suerte de libre albedrío. Lo que quería era contar, justamente, lo que no cuentan las películas de robo al banco, que es lo que ocurre luego de cometer ese delito: un proceso vital, más allá de la función que cumpliría una trama. Es algo que los personajes mismos (Morán y Román, que interpretan respectivamente Daniel Elías y Esteban Bigliardi) no se esperan. El desvío que tienen -que en ese sentido es similar- es que ellos no esperaban conocer a alguien, gozar de una vida campestre. Ellos experimentan eso y eso modifica algo esencial.

Esa idea estaba desde un comienzo pero representaba para mí una dificultad, ojo, le tenía un poco de respeto: “¿cómo voy a hacer para poder filmar eso?” Una película con una premisa propia del cine de robos en cuya segunda parte no pasan tantas cosas, en términos de trama.

A lo largo de Los Delincuentes, noto mucho énfasis en insertar elementos de nuestra cultura, a los cual le asignas una cantidad considerable de tiempo, no son meras menciones. Toda la película está llena de marcas locales, de “argentinidad”: suena Pappo, hay una secuencia con una danza tradicional, se cita a Juan L. Ortiz, a Ricardo Zelarayán…

 

Piazzolla. también…

 

Piazzolla es parte de la banda sonora, claro. ¿Esas inclusiones, obedecen a un deseo de mostrar nuestra cultura (en un panorama de festivales internacionales, como está siendo el caso) o las consideras parte natural, orgánica de tu proceso creativo?

 

Es un deseo y un modo, también, de pensar una película. Siempre incluyo a la música en mis películas: en El Custodio hay un tema de Cacho Castaña, en Un mundo misterioso suenan Atahualpa Yupanqui y Gardel, en Réimon bailan una chacarera, en Una ciudad de provincia se canta chamamé… Responde a una cuestión de gusto personal, pero también creo que tenemos una riqueza medio descomunal en términos de música.

Esa presencia es constante, no una novedad. Yo creo un territorio en el que diferentes caprichos pueden suceder al mismo tiempo, sin ninguna certidumbre de que eso efectivamente funcione: las lecturas de poemas, el baile, las canciones… No estoy muy seguro de que eso funcione, de que puedan convivir. Me parece que ahí está la fuerza, ahí hay algo: en el no tener, precisamente, una certidumbre al respecto.

 

Quería llegar, justamente, a la cuestión del riesgo. Algo que disfruté mucho de Los Delincuentes es que -en un escenario cada vez más complicado para el cine argentino en términos económicos- la película toma muchos riesgos. El primero es la extensión: en tiempos en los que una duración moderada, asible, se convierte en un factor determinante para que las cadenas se dignen a proyectar películas independientes (ni hablar de las nacionales), Los Delincuentes cruza las tres horas y está realizando un enorme camino por festivales del mundo. Parecería contradecir esta lógica de agachar la cabeza y hacer algo manejable para alcanzar un público.

 

Ahí hay dos cosas. Primero, siempre me imaginé una película larga. Tenía un guion largo, que yo había escrito con mucho placer durante mucho tiempo. Por otro, algo de ese desacato a las normas, a las convenciones, me interesa en particular a mí como artista, como cineasta, te diría que como ciudadano. Tiendo a rebelarme un poco, o más que un poco, contra ciertas formas que se imponen, con respecto al cómo tienen que contarse las cosas.

En ese sentido, son decisiones muy conscientes. La película podría haber durado mucho más: en un momento yo decidí junto con Nicolás Goldbart, el último montajista que tuve, bajarla a tres horas; teníamos armados de cinco. Eso está relacionado con la idea que sostiene la película: la libertad que invoca Morán tiene su correlato en la forma de la película, de lo contrario sería una farsa. Si yo hiciera una película invocando la libertad, el tiempo libre y bla bla, y la película estuviera ceñida a una trama marcial, sería un problema.

 

Los Delincuentes trabaja alrededor de la idea de que el trabajo se roba una parte importante de la vida, que a su vez se recupera robándola (así la definió un titular de Variety que leí, “A deliciously Existencial Heist Movie That Wants You to Steal Back Your Life”). Vos puntúas esta cuestión con “A dónde está la libertad” de Pappo’s Blues Volumen 1. ¿Cuál es tu relación con esta pregunta filosófica sobre la libertad en el contexto actual, real?

 

Hay un contexto local en el cual la palabra “libertad” está totalmente apropiada, por gente que defiende la dictadura militar. Hay algo muy contradictorio en eso, que hay que poner en cuestionamiento. Me impresionó que el otro día, en el debate de los candidatos a presidente, ninguno hiciera referencia a la idea de la libertad: no la libertad de las empresas que propone Javier Milei, sino la que dan los derechos civiles que tenemos como individuos.

 

Nadie parecería estar reclamando la palabra “libertad”.

 

Nadie está reclamando la palabra, y eso es un problema. Los Delincuentes la invoca deliberadamente. Es bueno que se estrene cuando se estrena (26 de Octubre, entre las elecciones generales y el potencial ballotage), como un aporte para mostrar que la libertad es otra cosa. Un tipo que está a los gritos diciendo “viva la libertad, carajo” con la motosierra pareciera desconocer -incluso adrede- lo que implica la libertad, la libertad de ser libre de una opresión capitalista. No hay libertad más que esa: el capitalismo, tal como lo promueve la derecha argentina, es totalmente opresivo. Los trabajadores despedidos no se podrían manifestar en la calle, los más débiles no tendrían un Estado para que proteja sus derechos, ¿de qué libertad estamos hablando?

En cuanto a lo que yo pienso sobre la libertad, creo que está en la película. La idea de vivir para trabajar implica una forma moderna de esclavitud. Es lo que dice Morán: cuando dos personas se encuentran en la ciudad lo primero que se preguntan es “¿y vos de qué trabajas?”. El trabajo está puesto casi por encima de cualquier vínculo. Entonces me parece que lo que ahí se pierde es el ejercicio individual de la libertad, de tener tiempo de esparcimiento, a que tu tiempo no sea digitado en una fábrica como en Tiempos modernos, haciendo tuercas.

 

Encuentro, en el final de Los Delincuentes, cierto optimismo. Si bien uno siente tensión ante la perspectiva de que Román pueda traicionar a Morán, esta surge por las expectativas que uno alberga con respecto al género del cual se parte. La lealtad y el compañerismo nunca están puestos en duda, eso es lo que les permite escapar de la prisión cotidiana.

 

Es algo que vengo pensando en todas mis películas: en ese sentido, creo que Los Delincuentes viene a unificarlas a todas. El custodioUn mundo misteriosoRéimon: todas trabajan muy fuerte alrededor de esta idea, en algunos casos de manera explícita. Acá encontré una manera, tal vez más graciosa, para hablar de lo mismo. Creo que ahí está un poco el hallazgo, en términos de descubrimiento para mi proceso de trabajo, para seguir indagando en los temas que vengo abordando.

También, más allá del tema, está en la forma cinematográfica que la película trabaja, muy lúdica, que pone a la historia en términos de fábula. Ese es mi terreno de experimentación en Los Delincuentes con respecto a mis películas pasadas y eso sí, es novedoso en mi cine: a la vez que concluye una instancia, abre otra en los aspectos que más me importan a mí, los que tienen que ver con la forma. Es un punto de inflexión en mi carrera en muchos sentidos: cada vez me doy más cuenta.

Titulo: Los delincuentes

Año: 2023

País: Argentina

Director: Rodrigo Moreno