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CINE

Por Andrea Testa

Hace unos meses, un grupo de colegas, representantes de asociaciones de cine, se reunieron con el ministro de Cultura, Tristán Bauer. Debió haber sido la última reunión que tuvimos como espacio de cine organizado ya que fue una reunión hostil, en donde no hubo escucha y donde el ministro de Cultura contó (eso cuentan) que su hija quería estudiar cine y él le recomendó que se dedique a otra cosa.

 

Sentí estupor. El ministro de Cultura, que además es cineasta, le decía a su hija mujer que mejor no siga su sueño de estudiar cine, porque seguramente se iba a morir de hambre. Ella, que no la conozco, es ahora abogada, eso cuentan.

 

Pensé en mi mamá, en mi adolescencia, en que me escondía de mis compañeros de la secundaria para ir a cobrar la beca que me daba mi colegio (público) para ayudar a la economía de mi casa. Mi mamá es una mujer trabajadora que en los ‘90 se separó de mi padre, en situaciones de mucha violencia, que perdió su vivienda y que tuvo que salir a trabajar por primera vez, con tres hijas, haciendo encuestas, llenando formularios en la calle, para las AFJP (algo así es mi recuerdo).

 

Mi mamá nunca me dijo que no estudiara cine sino que ella confío en mí y me acompañó a cada escuela que aparecía para averiguar dónde era mejor hacerlo. Fuimos a escuelas privadas que con becas o sin becas, eran impagables para nosotras. Yo ya trabajaba para ayudar en casa y necesitaba poder continuar con ese tiempo laboral, congeniando con el estudio. Fui moza, recepcionista, secretaria, cadete, data entry, ayudante de animadora en fiestas infantiles. Me daba miedo atender teléfonos porque nunca me gustó mi voz. Me daba vergüenza hablar en público y preguntar las cosas que necesitaba saber.

 

Y me anoté en la ENERC. Otra vez pasar por un examen de ingreso, en el que se eligen a “los mejores”. Me pasé noches, días, horas de sueño, imaginando el momento del coloquio final. Si iba a lograr o no cumplir mi sueño. Mis amigas se ríen de mí, que siempre quiero cumplir mis sueños. Crecí en los ’90 y esa imaginación fue el alimento para pensar mi futuro. El 2001 lo vi por la tele, pegada al lado de la pantalla, no podía soportar cómo los caballos de la policía se abalanzaban sobre las abuelitas de pañuelo blanco. No podía creerlo, así no era el mundo, así no podía ser el mundo.

 

En el primer intento, no entré. Si hay algo de mí que no logro cambiar es la persistencia, soy testa, testaruda. Así volví a presentarme al año siguiente y cuando estaba saliendo del aula donde me tomaron el coloquio, esos profesores me preguntaron si no entraba en esta escuela, en dónde iba a estudiar. Y les respondí que iban a verme de nuevo, el año que viene, acá.

 

Me quedó siempre en la imaginación que esa escena final fue clave para que decidieran que yo iba a tener un lugar ahí.

 

Uno de esos profesores, reconocido cineasta argentino, fue quien me dijo en el último año de cursada que me tenía que dedicar a otra cosa. Y tomamos la escuela porque queríamos que deje de ser elitista, pedíamos doble turno o más cupos para ingresantes, que la E de experimentación tenía que ser la línea pedagógica de la escuela, que queríamos un Consejo Académico y que sea con participación estudiantil, también queríamos que el cargo a Rector/a sea por concurso como así también toda la planta docente. Las autoridades de ese momento presentaron la renuncia y empezó un proceso de asambleas Inter-claustros para pensar la escuela que queríamos. Mientras, nos reuníamos en un Consejo Académico provisorio, coordinado por Liliana Mazure (que era la Presidenta del INCAA) para dar el marco al estatuto y elaborar el reglamento del próximo llamado a Concurso a Rector/a.

 

En ese entonces, no sabía cómo nombrar las violencias de género, pero pasaban. A una compañera, hoy colega, no la dejaban ir a cursar con su bebé. Y a mí, un profesor que sigue hoy en esa escuela, me citó en un aula vacía para amenazarme con que si no filmaba otro guion (sobre la mesa puso dos guiones de otros equipos) iba a dejar afuera de la escuela a mis compañeros y a mí. Qué mal, no?

 

Yo lloraba mucho y pensaba que eso era debilidad. Me decían naif, que mis ideas no funcionaban. Y yo no podía, realmente, en lo más profundo, no podía comprender cómo hablaban del arte y del cine como si fuese un aparato que funcionaba o no funcionaba. Esa poca imaginación y emocionalidad conducía el deseo de muchos y muchas estudiantes de cine, que teníamos que hacernos nuestro lugar para poder decir y para poder hacer.

 

Que bueno que no los escuché y que mi rebeldía desproporcionada todavía confiaba en que el cine podía cambiar la crueldad del mundo.

 

Así vino Pibe Chorro y La larga noche de Francisco Sanctis. Mis dos primeras películas que pude realizar con el apoyo del INCAA. Un documental digital y una ficción ganadora del Concurso Opera Prima (creo que hace muuuuucho que no hay convocatoria abierta de este concurso). Ambas películas se estrenaron en 2016, en medio del macrismo y del avance de discursos negacionistas. Viajamos a Cannes, impensado, increíble, algo imposible para una piba, hija de madre trabajadora y cabeza de hogar. Me costaba darme cuenta, decirme, que ya era directora de cine.

 

En el 2016 también nació Sofía, mi hija. Y el Colectivo de Cineastas. En la primera reunión, éramos solo tres mujeres, y dos de ellas estábamos amamantando. En muchas oportunidades, en asambleas debatidas, lloraba e intentaba expresar mis ideas, y les decía a mis compañeros que ellos me conocían mis tetas, que así de expuesta estaba y me sentía, porque no quería dejar de participar y a Sofi la cargaba para un lado y para el otro, todo el tiempo. Lo lindo es que Sofi se hizo una lista enorme de tíos y tías del corazón, que aún hoy, son sostén del cuidado y del amor en su crianza.

 

Y después vino Niña Mamá. Una vez, un estudiante de una universidad pública del conurbano, con especialidad en audiovisual, me preguntó cómo había hecho para estar “fría” y poder filmar la película. Sí, sentía frío, escalofríos. Pude responderle que para filmar estas películas hace falta todo lo contrario. La distancia es un dilema ético. Cómo mirar, qué mirar, desde dónde y para qué mirar. En Niña Mamá la entrega fue toda. Tampoco podía entender, en lo más profundo, cómo los cuerpos de esas chicas estaban resistiendo. Sobrevivían.

 

Niña Mamá quería filmarla en los hospitales públicos, en ese espacio de resistencia entre la vida y la muerte. Me preguntaba sobre las distancias en el acceso a los derechos y me encontré con todo. Con dolor, con inoperancia, con equipos de salud amorosos, con los límites de la profesión cuando no hay recursos. Con la posibilidad de la palabra y de extender una mano. Una caricia a tiempo.

 

Ayer, Marce, una de las protagonistas, me escribió un mensaje para preguntarme cómo estaba y para que le pasara uno de los videítos que se hicieron viral en esta campaña electoral. El relato de la hija de una sobreviviente de un campo de concentración y nieta de una Madre de Plaza de Mayo que fue arrojada al mar con vida.

 

Le pasé el video completo (se cortaba en el estado de whatsapp) y le pregunté cómo estaba, cómo venía todo, si ya había rendido o cuándo le tocaba rendir. Me contó que había rendido el sábado para entrar en la ENERC, y que estaba esperando los resultados a ver si pasaba al coloquio, que había decidido finalmente anotarse en sonido (a ella le encanta crear música en la computadora). Hablamos que era un gran logro haber llegado hasta acá, terminar el secundario, anotarse, rendir, y que si no era este año, que podía volver a intentar (yo por dentro cruzando los dedos fuerte, fuerte).

 

Me dijo que sí. Que se estaba preparando para eso, que si no era este año, iba a intentar de nuevo. Mientras, se iba a anotar en la escuela pública de cine de Avellaneda, que ya lo había estado pensando. Me dijo gracias porque conocernos le había hecho conocer este mundo del cine, que también quiere que sea su mundo.

 

Marce, por mucho tiempo, fue la niña que le tenía miedo a los cuchillos porque había sufrido muchos cortes. Esa frase en el montaje de la película resonaba en mi cabeza una y otra vez. Como otras: sos una sobreviviente, nooo yo estoy en contra del aborto, me contaron que muchas por haber practicado el aborto también murieron.

 

A Marce la salvó el Estado. Una amiga logró llamar a la línea 144, llegó una ambulancia a tiempo, en la guardia le salvaron la vida a ella y a su bebé.

 

¿Cómo no vamos a seguir dando la pelea? Yo sé que hay veces que sentimos que la cultura no es algo tan urgente como el hambre. Qué difícil pensar el mundo así, en esa cruel dicotomía. Los pensamientos dejan de funcionar y no hay lógica que alcance para construir nuestros argumentos. Esa forma de la política no me gusta, la que esconde las contradicciones, la que mira el ombligo, la que desde lugares de poder erigen políticas sin perspectiva de género que ponga un freno, un límite necesario, a este mundo cruel.

 

Prefiero la política del cine, la que nos une, la que se interpone cuando encendemos una cámara y la realidad aparece mágica. Prefiero no pensar cómo funciona sino dejarme llevar por la experiencia. Y persistir e imaginar que el cine también puede poner un límite a la crueldad de este mundo.

 

Gracias Mami, por confiar que también era mi derecho estudiar cine.