Artículo: “¿Cómo puede doler tanto caminar?”. Sobre Del caminar sobre hielo (1978) de Werner Herzog

Artículo: “¿Cómo puede doler tanto caminar?”. Sobre Del caminar sobre hielo (1978) de Werner Herzog

5-Marzo-2019. Por Rocío Molina Biasone  – rociomolinabiasone@caligari.com.ar

En noviembre de 1974, Herzog recibe noticias de que Lotte H. Eisner estaba enferma, y que pronto moriría. Pero, ¿quién era Lotte H. Eisner? Gran pregunta, yo misma tuve que ahondar al respecto. Su nombre nunca había sido mencionado en mi formación sobre cine, y su importancia para el mundo cinematográfico, en particular para el cine alemán, me era desconocida: Lotte Eisner comenzó a adentrarse en el séptimo arte a escribir, a aprender y colaborar desde el así llamado “expresionismo alemán” de los años 20. Antes de eso, ya había conocido personal y artísticamente a Bertolt Brecht. Judía y subversiva, logró reaccionar rápidamente al ascenso de Hitler al poder y huir de Alemania. Durante la guerra vivió en Francia, escondida y con un nombre falso, y pasó el resto de sus días en París: allí se encontraba en ese noviembre del 74.

El Nuevo Cine Alemán encabezado parcialmente por Herzog, junto con Rainer Werner Fassbinder y Wim Wenders le debe gran parte de su éxito y consagración. Aquel fue el primer intento de recuperar un cine nacional en Alemania, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (e inclusive, se podría decir, desde 1933).

A pesar de esta brevísima explicación, Del caminar sobre hielo no trata sobre Lotte. Al menos no en lo que respecta al contenido. Lotte, y su próxima muerte, son el disparador para el viaje que emprende Herzog: ir hacia ella, desde Múnich hasta París, a pie. Su motivación es de naturaleza religiosa y espiritual, y hasta supersticiosa. Cree que tal vez, al cumplir este peregrinaje, Lotte no moriría, no tan pronto. Aún la necesitaban, explica Herzog. Su libro es una crónica de este recorrido.

Como todo buen cineasta, Herzog tiene la capacidad de narrar con imágenes, incluso a través de las palabras. En su descripción del camino, a través de campos y bosques, en ese invierno continental tan húmedo, podemos ver la vegetación, sentir la nieve y el dolor de sus piernas, podemos percibir la amenaza de un cielo negro, las ansias por encontrar refugio. Hay diferentes aspectos de la mirada de Herzog y de su comportamiento como peregrino, su relación con el entorno y con la gente que cruza.

Primero que nada, para todo aquel que se encamina hacia la naturaleza con su cuerpo como única compañía, el clima se convierte en un personaje determinante en su trayecto. El clima es el protagonista de la crónica de Herzog, presentándose la mayoría del tiempo como enemigo, como una muerte en forma de hielo. 

Una mañana negra, de cielo cubierto, nublada y fría como sólo

puede serlo una mañana tras una gran desgracia, tras una gran epidemia sobre los campos.

pero ocasionalmente como cálido anfitrión, o como fuerza que le da vigor al alma,

Qué amanecer a mis espaldas. Una pequeña rendija se abrió en las nubes:

un sol así de sangriento es el que sale el día de la batalla.

La condición de Herzog-peregrino es la de un eremita, un vagabundo, alguien que se coloca al margen de la sociedad. Las leyes de siempre no cuentan, lo único que lo mueve es la necesidad de techo, comida y bebida. El aclamado director se infiltra en casas de veraneo, abandonadas durante ese invierno hostil. Rompe vidrios de ser necesario entra, y pasa la noche. Hasta come lo que sea que encuentre allí. El caminante es un anarquista.

Sobre una elevación, antes de llegar a Haselbach, aparecen

dos casitas de vacaciones. En el interior hay restos de un

banquete de hace no mucho tiempo. Un juego de naipes, un

vaso de cerveza vacío, el calendario puesto en noviembre.

Afuera hay tormenta y adentro hay ratones. ¡Qué frío hace!

Los intercambios que surgen del encuentro con otras personas pueden ser amables, si ellas así lo tratan. O pueden ser de hostilidad, de agresión, de rechazo, en aquellas instancias en las que los habitantes de un pueblo le tienen miedo, lo perciben como un extraño, en todos los sentidos de la palabra. O también pueden ser intercambios de clases completamente diferentes, de paranoia respecto a la mirada del otro, o conciencia de ser visto como un otro:

Roßwangen, descanso en una parada de ómnibus. Pasa un

chico con un cántaro de leche y me examina con tal seguridad

que no me atrevo a sostenerle la mirada.

de un forastero que los observa a ellos, que no comprende del todo a esas personas, pero por ello mismo es capaz de encontrar detalles y ofrecernos una imagen pura:

En un parador panorámico para turistas hay tres personas

sentadas entre nubes y nubes, protegidas por vidrio por todos

los costados. Como no veo a nadie que atienda, me cruza por

la cabeza la idea de que son cadáveres sentados ahí inmóviles

desde hace semanas.

o que comprende demasiado, pero desde un punto de vista totalmente abstraído de esa cotidianidad de las sociedades alemana y francesa.

El ingenio que tiene la gente acá proviene de un milenio de

sedentarismo. Tengo la sensación de que es mejor que Alsacia

pertenezca a Francia.

Y luego existen unos pocos, aunque no menos relevantes, encuentros donde la solidaridad y la hospitalidad abundan, y donde el miedo, el prejuicio y la tacañería no encuentran lugar:

En Bösingen me aceptan en una casa privada; dos mujeres,

una abuela y su hija, enseguida me toman cariño, y eso me hace bien.

En la crónica hay también un recordatorio constante del lugar del cuerpo en el caminar, sobre todo en un caminar constante y diario, en condiciones climáticas desfavorables. El cuerpo cumple un esfuerzo, y se desgasta. Herzog se da cuenta a partir de esta experiencia de que su cuerpo tiene límites y no es infinitamente resistente. Callos en los pies, tensiones musculares en las piernas, dolores en la cadera y en la espalda. Dolor. El dolor es el fiel compañero del peregrino.

Alcohol en el muslo izquierdo, que me duele a cada paso

desde la ingle para abajo. ¿Porqué caminar es tan doloroso?

Son también compañeras las texturas, los olores, las sensaciones. Hay un enorme mundo sensorial que se descubre en el caminar sin un plan, sin lujos, sin estrategias.

Avanzaba hacia un fuego, el fuego estaba siempre ahí adelante,

como una pared en llamas. Era un fuego de frío,

uno que trae frío, no calor, uno que convierte el agua

inmediatamente en hielo. Pensar flamígeramente en hielo hace

que el hielo se forme con la rapidez del pensamiento.

Por último, hay a lo largo de la crónica un juego con lo onírico, con los recuerdos y con el pensamiento aleatorio, que se inmiscuye en medio del relato del trayecto. La temporalidad está, de por sí, quebrada. A pesar de que sea un diario, las entradas de cada día siguen un orden más literario que informativo, más mental que objetivo. Y de la mano de este mismo estilo, y de las virtudes del autor como cineasta e inventor de imágenes de todo tipo, vienen a cuenta los pasajes en los que Herzog pasa, sin aviso ni transición alguna, de narrar la realidad a describir una imagen mental.

El abuelo deja entrever que tiene la sensación de que todas

las vértebras de su espalda están quebradas y que sólo se

mantienen unidas porque está sentado contra el respaldo del

sillón. Si se levantara, se derrumbaría como un montículo de piedras.

No solo vienen sin anuncio, sino que en el leer mismo vamos descubriendo lo que tiene de poético, de ensueño, y lo que tiene de verdadero, de auténtico recuerdo. Por momentos es ambos. Por momentos la prosa se vuelve poesía. Por momentos es tal la belleza de sus descripciones, que la tentación de ponerse una misma las botas, para arrastrarlas por el barro y la nieve, se vuelve urgente⚫