“Morir a tu lado. Sobre First Cow de Kelly Reichardt ”

Por María Aparicio.

Un vasto territorio al noroeste de los Estados Unidos donde el país se encuentra fundando su historia es el espacio en donde se sitúan los hechos. Es 1820 y la región de Oregón es presentada como una zona en disputa donde hombres de distintas procedencias habitan un presente tumultuoso. Entre esos hombres está Cookie, un joven que presta sus servicios culinarios a un grupo de rudos cazadores que viajan por la zona. Bajo la luz casi ausente del final del día, Cookie recolecta hongos mientras sus compañeros de viaje duermen. En medio de su búsqueda divisa entre las hojas a King-Lu, un joven chino que se esconde en el bosque huyendo de unos villanos rusos que lo persiguen. En este encuentro temprano florecerá el primero de muchos gestos de nobleza que envuelven a los protagonistas: Cookie decide guarecer a su nuevo amigo en la intimidad de su tienda, a la que acceden en puntas de pie y donde el joven chino cae derrotado tras su prófuga vigilia, como sintiéndose por fin a salvo. El viaje de los cazadores continúa y Cookie encuentra una manera de ocultar a su infiltrado entre las cargas del campamento, quien finalmente logra escabullirse y escapar atravesando el río.

A ese mismo río nos lleva una elipsis casi imperceptible: una vaca escoltada por dos hombres llega al lugar en una pequeña embarcación que avanza armoniosamente por el cause de agua. Cookie mientras tanto toma un vaso de whisky en una modesta taberna donde los hombres se reúnen al amparo de la bebida y el ocio. – Te digo que es la primera vaca en el territorio. La enviaron desde San Francisco. Hablé con el barquero, es él quien la traía… las conversaciones de los lugareños envuelven el momento en el que, desde un rincón penumbroso, la voz de King-Lu sale al encuentro de su viejo amigo. A esta altura, Cookie ya no trabaja para los cazadores y el joven chino ha dejado de ser un hombre perseguido. De aquí en más, se desarrollará entre ellos una alianza implícita que será el eje de un relato trazado por el encanto de la amistad y el cariño entre los hombres.

Ambos están intentando abrirse paso entre los hostiles avatares de la vida, y el porvenir es un territorio inexplorado y misterioso donde todo está por hacerse: Es muy difícil para un hombre pobre poder empezar. Se necesita capital o algún tipo de milagro, dice King-Lu mientras Cookie lava algunos objetos a la orilla del río. Él sueña con abrir un hotel o una panadería y el joven chino escucha con la atención propia de aquellos que poseen una astucia especial para los negocios. En los recorridos cotidianos de Cookie por el bosque en busca de alimentos divisa entre el verde al famoso animal: la vaca pasta entre los árboles y él la observa con una sonrisa de asombro en el rostro. Esa misma noche habla con King-Lu acerca de aquel encuentro e imagina las grandiosas preparaciones que podría cocinar si tan sólo contara con un poco de esa leche. ¿Cuanto tiempo se tarda en ordeñar una vaca? ¿Hace mucho ruido? ¿Pueden las vacas dar leche por las noches? pregunta su perspicaz compañero. Los amigos deciden aventurarse y salir bajo el resguardo de la oscuridad en busca del ingrediente preciado.

Las filas de hombres hambrientos deseosos de un sabroso pastelito dulce son cada vez más largas en el pequeño mercado donde Cookie y King-Lu se instalan a vender sus bizcochos. Los amigos esconden sus ganancias en un árbol mientras esperan reunir una cantidad suficiente para emprender el viaje que les permitirá llevar a cabo sus proyectos. Pero no todo es tan sencillo. Cada pastelito, cada venta, cada degustación carga con la amenaza permanente de que algún paladar refinado sea capaz de identificar el ingrediente robado. Sin embargo, no es esta la causa del desastre. Una de las noches en medio del silencioso ritual de ordeñe, los amigos son descubiertos por el dueño del animal, el acaudalado capitán ingles, y sus hombres. Cookie y King-Lu son perseguidos y en el desesperado intento de huida, sus caminos se separan.

Kelly Reichardt filma un western donde los protagonistas no son fuertes hombres armados que atraviesan el desierto sobre sus amenazantes caballos, sino un panadero de principios del siglo XIX que habla dulcemente con el animal del cual se abastece, que siente con dolor que su ternero haya muerto en el camino, que asiste a una pequeña lagartija que ha quedado patas arriba en su camino por el bosque, que intenta calmar a un bebe cuyo papá se ausenta para protagonizar una riña de bar, que adorna con flores la casa de su amigo, que endulza cuidadosamente sus tortitas con hilos de miel, que ensucia sus botas nuevas para pasar desapercibido. Un personaje que se construye a partir de la delicadeza de los detalles sobre los que acciona, de los silencios que cubren su presencia, de los gestos empáticos que colorean su experiencia.

A su vez, como en todo western, no son sólo hombres los que habitan entre el verde de esta temporada fría. Esta vez los personajes femeninos no son bellas mujeres blancas envueltas en romances intrincados con sus protagonistas. Las mujeres aquí son silenciosas, pero no están ausentes. Su presencia se reserva a algunos momentos precisos que revelan más de lo que aparentan. Son femeninas aquellas miradas que observan a la vera del río como sabias testigos el momento en el que el apacible animal llega al lugar. Es una pequeña niña de vestido rojo quien marca sin saberlo el camino que conduce al bar donde Cookie se reencontrará con King-Lu. Es la esposa del capitán inglés quien traduce las conversaciones y las tratativas entre su marido y uno de los líderes originarios de la zona. Es entre ella y la hija de este hombre que se establece una complicidad muy sutil cuando los hombres abandonan la habitación. Es también femenino aquel majestuoso animal cuya presencia es sinónimo de progreso y poder, animal de un semblante sumiso que no presenta resistencia y que se muestra ante los hombres con una generosa disposición a proveer.

Lo mismo podría pensarse sobre el modo en que los hombres y mujeres originarios son representados. Casi como las mujeres, la presencia de estos personajes esta revestida de una silenciosa forma de estar, un silencio que no anula sino que enaltece, que habilita el misterio, que reconoce la diferencia y que honra la historia. La predominancia del retrato de comunidades originarias en el género y en el cine en su totalidad como simples salvajes o como seres ajenos al mundo de los civilizados es por demás conocida. Por el contrario, el gesto de Reichardt, por más insignificante que parezca, es -de nuevo- diferente.

El mundo de Kelly Reichardt es de una singularidad conmovedora. Sus encuadres, sus espacios, sus movimientos, sus conflictos, su cadencia, todo está envuelto de un delicado misterio que se manifiesta en un modo particular de narrar y en la pericia que delimita cada plano. La grandeza de sus decisiones no es estereotípica ni grandilocuente, sino que se evidencia en la fragilidad de los personajes que filma y en la sensible complejidad que subyace sus historias (enmascarada en relatos de presunta sencillez).

First Cow es entonces una película sobre la amistad y sobre el amor. Reichardt pareciera estar diciendo: es esto lo que importa. Que las crueldades de la vida se allanan en la compañía, que aquello que vive alrededor nuestro merece cuidado, que el paisaje es generoso si se mira con atención, que prefiero morir a tu lado antes que ganar solo. Cookie y King-Lu dejan este mundo recostados sobre el mismo suelo. Mueren juntos luego de reencontrarse por segunda vez, con el cuerpo herido y sin fuerzas para seguir escapando. Sus restos descansan sabiendo que ante la injusticia no hubo victoria, pero con la serenidad de saber que lo intentaron juntos. Sus huesos serán encontrados cientos de años más tarde por una mujer que pasea con su perro por ese mismo territorio, ahora más erosionado. Los dos esqueletos perduran en el tiempo y permanecen en la misma posición: aquel gesto de unión entre los amigos se resiste a ser olvidado.

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