Refutación de Troya (2020), de Carolina Rímini y Gustavo Galuppo

“¿Para qué hacer más imágenes?”

Por Paulo Pécora.

En el primero de los dos movimientos que componen Refutación de Troya, el mediometraje de Carolina Rímini y Gustavo Galuppo que integra la edición 2020 del Doc Buenos Aires, una de las voces en off que guían a este documental experimental se pregunta: “¿Para qué hacer más imágenes? ¿Para quién? ¿Contra quién?”.

Esas preguntas pueden seguir resonando en la conciencia, incluso varias horas después de haber asistido a este ensayo audiovisual sobre la violencia de las imágenes. La pareja de realizadores pone el foco en la historia oculta del cine, en su perfil oscuro e inhumano, en el hecho de haber sido usado muchas veces hasta el presente como instrumento de propaganda y legitimación de un discurso dominante, de una mirada del mundo colonialista y xenófoba.

Desde sus orígenes, el cine fue pensado por una clase social encumbrada como “una táctica militar” para estigmatizar y deshumanizar al diferente. Para convertirlo simbólicamente en un monstruo al que se puede avasallar, robar sus tierras, esclavizar o asesinar sin ningún remordimiento. “Para matar se necesita a un monstruo. Para tener un monstruo se precisa reducir a alguien a una propiedad repugnante o amenazadora que justifique la condena. Sólo después de fabricar un monstruo es posible matar”, afirma una segunda voz en off.

Es la lógica del capitalismo salvaje extendiéndose como un virus por el mundo gracias al poder de seducción del más popular de los entretenimientos del siglo XX. Es un arte que todavía hoy, en muchos casos, sigue usando “el vocabulario de la conquista” para embrutecer y manipular la conciencia de los espectadores.

Rímini y Galuppo recurren a la apropiación, el collage y el fotomontaje de imágenes de archivo y fragmentos de films paradigmáticos de la historia del cine, que además transforman y manipulan digitalmente; a la combinación de voces en off, sonidos y músicas ajenas; al uso de fotocopias animadas e intervenidas manualmente; y a registros documentales de su vida íntima en pareja en algún lugar de la ciudad de Rosario, donde residen junto a su hija.

Acuden a esos recursos formales para dejar en evidencia a un cine dominante y oponerse a su modelo de representación institucionalizado y burocrático. Revelan la matriz ideológica de un entretenimiento supuestamente inocuo y tranquilizador, que sin embargo puede multiplicar y expandir una mirada etnocentrista del mundo. Señalan al cine como un pasatiempo que justifica una cultura del egoísmo, la violencia y el machismo. Que niega su condición humana al diferente (al indio, al amarillo, al negro, a la mujer) y lo pone en el lugar de lo feo, lo malo y lo peligroso, como a un animal salvaje y díscolo al que se puede someter y controlar, y del cual se dispone libremente para cualquier cosa.

“Antes que el cine existe la vocación de dominio y apropiación. Sin esa vocación, el cine hubiese sido impensado”, reflexiona tristemente una de las voces en off (son los mismos autores quienes nos interpelan, en un diálogo interior en base a obras e ideas de Maurice-Merlau Ponty, María Negroni, Enrique Dussel, Jean-Luc Godard, Jacques Derrida y Giorgio Agamben, entre otros).

La pareja de realizadores expone la situación paradójica del espectador frente a este doble movimiento de entretenimiento y control: al celebrar las conquistas y las muertes, al identificarse ingenuamente con el John Wayne de turno, valida y legitima una forma de representación que conlleva, en su violencia simbólica y explícita, la propia autodestrucción del ser humano. Son imágenes que implican una indiferencia cínica frente a la crueldad, el egoísmo y la ambición de poder de una casta cultural y económica. De ese modo, Refutación de Troya apuesta por la toma de conciencia de un espectador generalmente pasivo, para que deje de ser neutral o indiferente frente a las imágenes dominantes. Y para que empiece a ser parte de un cambio de actitud general, especialmente frente a un cine que por su sesgo inhumano lo conduce hacia su propia debacle. “El espectador –dice una de las voces- no se identifica con un personaje sino con una ideología dominante”.

Si en su primer movimiento propone una relectura de la historia del cine, para criticar su mirada cómplice frente al imaginario de usurpación y conquista de la cultura capitalista, en su breve interludio la película se ocupa de la insurgencia social frente al avance neoliberal y represivo en distintos países de América Latina. Son imágenes actuales que evidencian el desprecio de las fuerzas de seguridad por los derechos ciudadanos y la vida humana. Son la prueba manifiesta de la violencia intrínseca de una cultura cruel y excluyente que, al igual que el cine que existe para defenderla y propagarla, se encuentra hoy en día en plena decadencia.

A pesar de trazar un diagnóstico del cine tan desalentador, en el segundo y último movimiento del mediometraje los autores vislumbran una salida esperanzadora. “Inventemos la vida nuevamente” a través de otro tipo de imágenes, proponen. El registro subjetivo de breves momentos espontáneos en su intimidad, y en la realidad que los circunda, se diferencia de la compleja construcción formal de la primera parte. Pasan así de una sofisticación en la elección, el montaje y la transformación digital de imágenes y sonidos ajenos, al respeto por el ritmo calmo de la realidad y la sencillez visual –precaria y dubitativa- de sus imágenes hogareñas. Son imágenes que encierran un misterio, que respetan al espectador ya que no buscan imponerle un discurso ni una mirada unívoca del mundo. Y otra vez parecen resonar las mismas preguntas: “¿Para qué hacer más imágenes? ¿Para quién?”.

Frente a un cine que propaga y legitima la violencia, ellos proponen otro que esté en función del amor, la paz y la belleza, de la construcción de una sociedad más humana y armoniosa. Se pueden hacer imágenes con el cuerpo, como caricias, “como quien ama”, en lugar de otras que duelen como golpes. Hay que empezar de nuevo e inventar otros horizontes simbólicos. Hacer imágenes amorosas –dicen los autores- que refunden el cine y colaboren con la existencia de una sociedad sin violencia, más justa, solidaria e igualitaria.

Titulo: Refutación de Troya

Año: 2020

País: Argentina

Director: Carolina Rímini y Gustavo Galuppo

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