4tro v3int3 (2020), de Raúl Perrone

“Una excursión a los endocannabinoides”

Por Miguel Peirotti.

El estreno mundial de 4tro v3int3 en la apertura de la vigésima edición del DOC Buenos Aires, una de las muestras internacionales de documentales más prestigiosas del continente, es un acontecimiento artístico signado espiritualmente por la fatalidad y la claustrofobia de la pandemia 2020 y otro evento representativo de la imaginería sin fondo (ni forma: completamente autoabastecida y desobediente de la expectativa) pero frondosa del militante del claustro barrial conocido como Raúl Perrone, el primero y último de los cineastas experimentales en abrazar las incógnitas que signan los interrogantes más sinceros de la juventud desamparada en las urbes como vía láctea de su universo lírico al margen de todo y de todos y todas.

De entrada, cada una de las tomas de 4tro v3int3 que se ven en pantalla fueron capt(ur)adas por los actores, quienes, aunque portaron la cámara, fueron escrupulosamente guiados, a la distancia, por las órdenes de encuadre que daba el director (“Yo les indicaba dónde ponerla”, aclaró escuetamente Perrone, y, por cierto, no hacían falta mayores precisiones). Con este modus operandi, Perrone lleva al paroxismo su rol de prestidigitador de los marginales que rodea su vasto dominio, proveyéndose, como es su costumbre, de tecnología al alcance de cualquier aficionado. Perro rabioso contra-burgués, furibundo detractor de lugares comunes formales y discursivos sobre su profesión, el Covid 19 no fue capaz de contener el pulso maquinal de creatividad que ostenta Perrone (porque a esta altura es ostentosa su fecundidad) ni disolver su estado de ánimo alerta y voraz ni un poco. Acá está la primera película argentina de largometraje gestada y concluida durante la pandemia que ha sido dirigida no por un coro griego de zooms comentaristas de la realidad acuciante sino por una sola persona en control ensimismado de su autoría.

Pero, allende la pandemia, la canción del montaje es la misma; porque en la manipulación de las imágenes que nutre la construcción de sus últimas películas (por ser sus últimas no son pocas) hay aceleraciones a raudales y asintomáticas y homeopáticas dosis de exuberancia sonora de las que provee nuestro proveedor nacional de visiones barbilampiñas incontaminadas de prejuicios y rotuladores. El tempo es veloz pero el tiempo no tanto, dictan las imágenes enrarecidas que edita Perrone. Con paciencia artesanal de origamista, el autor de Ragazzi y P2nd2j05 radicalizó aún más su forma de ver el trabajo en el cine en esta oportunidad. Pero no hubo nada librado al azar, como sí lo hubo en aquel experimento de Lars von Trier de 2006, El jefe de todo esto, en el que participaba una cámara que recuperaba la potestad en las decisiones de encuadres mediante un software. Perrone no es nórdico sino bonaerense y no es un von Trier más sino un bon vivant menos preocupado por las modas del cine y más amante de la vida entregada al placer orgánico del cine. (Por eso es único entre sus contemporáneos, y su legendario temperamento no dejaría que una cámara decida por él; ni nadie, orgánico o mecánico). Por eso, obligado como todo el mundo a permanecer en su hogar físico, Perrone movió los hilos de titiritero desde su casa y los ragazzis que protagonizan esta historia se entregaron al comando distante con una complicidad franca y liberada de pretensiones, que fuerza a suponer que todo estaba predeterminado, hasta la pandemia. Pero no, porque esta fidelidad actoral ya ha ocurrido en numerosas ocasiones en su obra filmográfica.

Perrone es una rara avis hoy más rara que nunca y ni siquiera decirle “raro” haría honor a la verdad de su ser, porque su postura esquiva a la norma no es pose sino genuino deseo. Quizás la afinidad de Perrone con las generaciones posteriores de colegas, las filiaciones con sus primeros “descendientes”, las pocas que hubo [el primer Pablo Trapero, Israel Adrián Caetano], o la que pudo haber tenido con una contemporánea como Ana Poliak y sus crotos que viven, ya perecieron bajo una diversidad de objetivos que franqueó el camino hacia la heterogeneidad. Distinto es el canto con los continuadores de su cine de factura económica y aliento poético proactivo que también trabajan sobre una propuesta de visibilidad ideológicamente honesta de la pubescencia pre y post. La praxis sociológica que se visibiliza a través de las películas cortas y largas de César González sería un eslabón. El último autor de influencia autorista asumida que se propuso arrastrar la ontología del cine más radical hasta las calles de su barrio, ubicado en las márgenes más áridas del costado citadino, según la subjetiva piadosa de la clase media, es González. Y tanto en González como en esta película de Perrone hay un hilo tóxico conductor que consiste en abrir las puertas del registro del consumo de drogas y desnudarlo de preconceptos para volver a largarlo a la calle-cine. En bolas o como sea, en 4tro v3int3 hay un porro-secuencia fantástico cerca de la mitad cuyo disfrute visual remite a Olivier Assayas y su oda a los chicos y chicas en crisis existencial de L’eau froide (1994), ¿se acuerdan?, que incluía aquel plano-secuencia musicalizado por “Golpeando las puertas del cielo” de Bob Dylan que desembocaba en un apocalipsis de acné desaforado y catarsis de campamento. No sobra aclarar que ni Assayas ni Perrone buscan revolcarse en el barro del sensacionalismo vinculado a la falsa progresía de la clase media respecto a las drogas. El sistema endocannabinoide de uno y otro funcionan sin sobresaltos.

Titulo: 4tro v3int3

Año: 2020

País: Argentina

Director: Raúl Perrone

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