Enclosed (2019), de Sol Prado

“Acércate y miráme”

Por Macarena Gagliardi Cordiviola.

 

Según la tribu Kogi, al principio solo estaba el mar en completa oscuridad. 

El mar es la madre del mundo; la madre no era gente, era alúna:

espíritu de lo que iba a venir, era pensamiento y memoria

 

Así es Enclosed, el film de Sol Prado: pensamiento y memoria. No solo de un territorio sino de l_s persona_s que allí habitaron y todavía lo hacen: es_s pari_s que creemos no existen o, si existen, es solo en el smartTv o el smartphone. Siempre lejos y detrás de un vidrio, aunque habiten a la vuelta.

Sol Prado elige filmar el vacío y el abandono edilicio para hacernos mirar a los ojos el abandono de personas, la demencia, lo marginal, el borde bizarro en el que nuestro sistema patriarcal y capitalista puede veranear dando la espalda a campos de refugiados o ex campos de concentración. 

Enclosed abre varios flancos que denuncian el costo de nuestro comnfort, la toma de vista frente a ciertas temáticas casi trending topic como la migración y lxs refugiadxs, y otros temas menos expuestos como la locura y las problemáticas psico-sociales sobre las que gira su trabajo artístico. 

¿Qué decimos cuando decimos locura? ¿Qué es estar loc_? 

Acaso esa ausencia de letra, forma no casual elegida por la directora y Bifo Berardi para el presspack del documental. 

La pregunta ya no es solo qué decimos ni sobre eso impronunciable, sino qué y cómo miramos cuando nos muestran la miseria, lo deforme de la sociedad: eso que tanto queremos esconder, dar por erradicado mientras sigue creciendo ahí nomás. 

El film comienza con un plano cenital del mar y, luego, una playa que nos promete el paraíso. Suavemente la gráfica de una app de relajación sobreimprime la imagen y una dulce voz en off nos invita a respirar conscientemente. 

¿Acaso para bajarnos de la locura del día? 

Los movimientos de cámara tienen el ritmo de esa respiración sugerida en inglés: breath in / breath out. Así, calmxs, entraremos y saldremos del viaje que propone este film. 

Todo nos lleva a unas vacaciones soñadas en alguna isla de Grecia: yachts, sol, arena, cuerpos, piletas y resorts. El movimiento de cámara funde con una postal que reproduce ese paisaje selvático pegada sobre la pared blanca. 

Unas letras gigantes en amarillo sobre la pantalla sugieren irónicamente LUXURY ASYLUM (asilo de lujo). Como si nos gritaran sordamente: despierta, esto es solo una ilusión, la proyección de tus ganas de no sentir. 

Sol Prado nos saca para meternos. El vuelo de un dron deviene cámara subjetiva y explorar un edificio en ruinas. Del otro lado del paraíso publicitario sin huellas, un mundo con restos que son rastros, pistas que contraponen la falta de ética- estética en los medios masivos de comunicación. 

Los movimientos de cámara recorren tanto lugares paradisíacos como espacios derruidos con una sutileza casi táctil, rozan paisajes. 

Prado nos cuenta sobre la isla de Leros con suma delicadeza, a través de indicios: el archivo fotográfico y sonoro, las inscripciones borradas sobre la fachada de la institución, los objetos inútiles (los Kipple como cita Bifo en su texto sobre el film) en los que se detiene la mirada e incluso la mano de aquellx que está observando. Nada obvio ni superficial habita las imágenes. 

Hasta aquí sabemos que Leros es un destino turístico, que fue un campo de presxs políticxs durante la dictadura griega (1967-1974) y que, luego, ese edificio se usó para arrojar (literalmente hablando) pacientes psiquiátricxs, tuberculosxs, epilépticxs, personas con discapacidad o en situación de calle custodiadxs por agentes de seguridad y casi sin presencia médica. 

La tortura y las condiciones infrahumanas son también la marca de Leros desde antaño. 

Hasta aquí el punto de vista subjetivo podría ser de unx exploradx urbanx, alguien a quien le importa la historia, pero ajenx a esos escombros. 

La mano de aquellx que mira -siempre veladx a la audiencia- recoge del piso el dibujo infantil de un barco para anticipar lo que vendrá. Camina hacia la ventana, revela entre rejas un complejo de containers a la orilla del mar. 

El dron con su vuelo nos saca del encierro, nos sitúa: justo ahí, detrás del nosocomio destruido hay un campo de refugiad_s. 

Comienza así el segundo movimiento de la película: MAGIC WILL (voluntarismo mágico). Tal vez eso sea lo que impulsa a muchxs, en busca de una posibilidad, a atravesar el océano de noche en botes atestados de personas traficadas, engañadas, maltratadas y llegar con vida a algún lugar. 

El punto de vista no es ya de quien recorre un espacio en desuso, sino de un_ inmigrant_ contenid_ en ese rectángulo-cuarto. 

Nuevamente, la identidad velada se manifiesta en indicios. Primero, la caja vacía; sobre la madera y los aislantes, mapas, altura de niñ_s, frases que hablan de fronteras cerradas. Después, nos hace testigo de su habitar: zapatillas, una mochila sobre la cama, ropa en estantes, ropa colgada, tules sobre las ventanas; de fondo, las voces de niñ_s que corren entre pasillos artificiales al aire libre, cercad_s. 

Otra voz femenina susurra en off. Es obsceno su tono soft-porn: nos agradece por estar ahí, anticipa que mostrará maneras de besar, escuchamos los chasquidos de sus labios, intuimos la succión. Quizás la única buena estrategia en este mundo de hombres, como sentencia la canción con la que cierra el documetnal. 

La directora vuelve a sacarnos del encierro ajeno (siempre ajeno, por favor, incluso en épocas de pandemia) con otro vuelo de dron sobre el mar. Como si nos dijera que, en el origen, fue abandono y destierro, esa máquina marginante instaurada por los siglos de los siglos de la que somos engranajes todavía hoy, porque tenemos los medios para entretenernos y olvidar, porque mejor lejos y contenid_s, porque el voluntarismo mágico nos desvincula unx a unx de cualquier responsabilidad social.

Sin embargo, este documental nos toca, nos mueve, nos mira, nos desnuda. 

Sol Prado nos saca de la zona de comfort con amorosidad y cuidado para dejarnos nuevamente allí, transfromadxs, con una nueva posible manera de mirar.

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