Zumiriki (2019), de Oskar Alegría

“Orillas de la memoria”

Por Lucila Da Col.

El tiempo pasado, las huellas de la niñez y los lugares de la infancia se prestan siempre como terreno fértil desde el cual construir el presente y revitalizar la memoria. Ese es el caso de Zumiriki de Oskar Alegría quien se sumerge en una travesía para desplegar en cuerpo y alma las obsesiones personales. Primeros planos y material de archivo familiar son el umbral para el viaje que acontecerá entre una isla sumergida y un espeso valle. 

En una pequeña zona de los Pirineos vascos es donde naufraga Alegría. Su aventura tiene un objetivo claro y es el de hallar una vaca huidiza que hace años escapó de un destino de matadero para refugiarse en aquel lugar apartado. Esa vaca será sólo el punto de partida para una peripecia mayor que se despega del tiempo para fluir como correntada de un río que entre lago y océano no encuentra su cauce. En ese espacio detenido en el tiempo, una cabaña oficiará de cámara obscura para registrar los acontecimientos que allí ocurran. Asimismo, una serie de cámaras dispuestas por el terreno también desvelarán el ininterrumpido fuera de campo, todas ellas fieles vigías de los días y las noches, de la flora y la fauna y de un repertorio infinito que construyen la historia en imágenes de continuidad y calma. 

Documentar los rituales pastoriles donde el agua corriente y la luz eléctrica no son habituales y la soledad se experimenta como un acontecimiento diario, abre un cuestionamiento sobre el final de la vida y esas meditaciones de los octogenarios habitantes brotan como sueños en la oscuridad de la noche. Un verano eterno, destinado al encuentro con aquellas contemplaciones filosóficas que entre el castellano y el euskera hallarán el modo de ser transcriptas al audiovisual en fotogramas e intertítulos que echan mano de las formas poéticas para elaborar una sucesión de metáforas constantes. Los pocos objetos que rodean a Oskar en su travesía son a la vez claves de lectura que exponen el discurrir del relato. A la espera de la vaca misteriosa, los libros y cuadernos de árboles, el enorme reloj de su abuela detenido hace años a las once y treinta y seis minutos y demás elementos se presentan como tesoros de una ínsula personal y privada donde la melancolía de los recuerdos se transforma en vitalidad del presente. 

La obra de Alegría se zambulle en ese cosmos colosal que ofrece el lenguaje. Palabras e imágenes se entrelazan en un constante devenir de sucesos cotidianos de quien elige el aislamiento como punto de partida para la reflexión y observación. Ese fluir narrativo entre la historia y la cultura que acopia el pasado y el presente de un espacio, se presenta en Zumiriki como un descubrimiento de tierras lejanas donde los días transcurren serenos como los cormoranes en sus nidos y la isla sumergida en un misterio perpetuo.

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