Los reyes (2020), de Bettina Perut e Iván Osnovikoff

“Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”

Por Paulo Pécora

“Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. En esa frase atribuida al griego Diógenes de Sinope (filósofo cínico que eligió vivir en la calle, con lo mínimo indispensable, como un vagabundo) podría sintetizarse una de las ideas de base de Los Reyes, un documental de los chilenos Bettina Perut e Iván Osnovikoff que elude la presencia humana, sin negarla, juzgarla ni omitirla, pero dejándola casi siempre en off, fuera de cuadro. Durante varios meses, los directores centraron exclusivamente su atención en las vivencias de una pareja de perros que habitaba el predio Los Reyes, el skatepark más antiguo de Santiago de Chile, donde eran ellos -y no los jóvenes deportistas- los que verdaderamente reinaban. 

La historia del rodaje de esta coproducción chileno-alemana es curiosa y sirve como ejemplo de ese tipo de películas a las que únicamente se las puede encontrar mientras se las filma. Si bien comenzó siendo un documental sobre jóvenes que practican skate en ese parque ubicado en las afueras de Santiago, Los Reyes tomó un rumbo imprevisto con la aparición fortuita de estos perros y se fue transformando hasta convertirse en este otro film -tan infrecuente, tan original- que es ahora. 

La mirada curiosa, paciente y por momentos abstracta de Perut y Osnovikoff  se volcó por completo al estudio del comportamiento y costumbres de la perra Chola (negra, maciza, de pelo corto y orejas caídas sobre el rostro) y su compañero Fútbol (anciano, de pelo largo y canoso, al que dedicaron el film después de muerto), en el marco de la relación que establecían con los espacios, los objetos, otros perros y algunas personas que se iban cruzando a su paso. La mayor parte del tiempo, la cámara permanece al ras del suelo, desapercibida, tan cerca de ellos que parece convertirse en un perro más, que está allí con ellos, contemplándolos, compartiendo experiencias y viviendo a su ritmo. La compenetración entre la cámara y los perros es tan grande que a veces llega al extremo de la abstracción táctil, casi como si estuviéramos recostados con ella sobre Chola o sobre Fútbol, observando muy de cerca la textura y los colores de partes casi inaccesibles de sus cuerpos, a las que sin embargo podemos apreciar en toda su belleza o extrañeza gracias al uso de una lente macro. 

Los directores desarrollan al mismo tiempo dos historias paralelas y complementarias, que producen ecos una sobre la otra, porque si bien deciden dejar fuera de cuadro a la figura humana durante casi todo el film, concentrándose únicamente en la figura y las aventuras de esos dos animales, la banda sonora está construida casi en su totalidad en base a las conversaciones de un grupo de adolescentes que visitan a diario la pista de skate. En su mayoría son alumnos secundarios de clase media baja, algunos de ellos dedicados a la venta de pastillas y marihuana, que llegan de las barriadas populares que rodean al skatepark buscando allí el afecto y la comprensión que no encuentran en sus hogares. 

En sus charlas informales –llenas de frescura y diversión, pero también de preocupaciones sobre padres distantes, estudios abandonados, drogas y violencia callejera- nos enteramos como al pasar de toda una serie de problemáticas propias de la adolescencia, tan próximas y reales que parecen hacernos sentir en carne propia esa gran sensación de orfandad. Podemos percibir la realidad brumosa que los nubla, la falta de perspectivas de futuro y, sobre todo, la rebeldía frente a la aparente obligación social de replicar la forma de vida gris y alienante que padecen sus mayores (y de la cual ellos también fueron víctimas). Lo que no queda demasiado claro es si esas conversaciones tan vivas y ricas en experiencias fueron grabadas durante la génesis del proyecto, cuando la idea era hacer un documental sobre skaters, si fueron grabadas luego, al mismo tiempo que los directores filmaban a los perros, o si la decisión de incluirlas en off fue tomada al final del proceso, durante el montaje. 

Paralelamente, y al mismo tiempo que describen la realidad agobiante de ese grupo de jóvenes chilenos, Perut y Osnovikoff ofrecen un testimonio notable sobre el carácter digno de dos perros vagabundos que eligieron el viejo parque de skate como su nuevo hogar. Sin buscar humanizarlos, los retratan minuciosamente en tantas vivencias, en tantos comportamientos, en tantos momentos de ocio, en tantas pequeñas aventuras, que a veces ellos también parecen personas. Cada uno con sus propios gustos, caprichos y obsesiones. Chola y su inseparable pelota de tenis verde fluo. Y Fútbol con su pulsión de ladrar como un loco a los cuatro vientos o buscar obstinadamente cualquier cosa –una pelota de fútbol pinchada, una lata de gaseosa, una piedra o una botella de plástico vacía- que pueda mantenerle la boca ocupada. Cada uno de ellos parece demostrarnos que no se necesita demasiado para vivir dignamente y que se puede ser feliz con muy poco, con casi nada, siempre y cuando uno tenga amigos leales, se mantenga libre y sea dueño de su destino.

En esa austeridad perruna resuena la idea cínica de la autosuficiencia que Diógenes de Sinode pregonaba tantos siglos atrás. Convertía la pobreza en virtud. Se alimentaba con las sobras que le daban, rodeado de perros, en la calle, usando una vieja tinaja de vino como casa. Desde allí daba lecciones –dueñas de una franqueza dolorosa, como una mordedura- a quienes se animaban a escucharlo. Pensaba que, al igual que los perros, un sabio es aquel que tiende a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades, llevando una vida natural y ajena a los lujos de la sociedad. Esa filosofía de menos es más se sintetiza en una leyenda que bien podría caberle a Chola, a Fútbol o a cualquier otro perro. 

Un día el mismísimo Alejandro Magno quiso conocer a Diógenes y se presentó frente a él diciendo: «Soy Alejandro». El vagabundo le contestó: «Y yo Diógenes el perro». «¿Por qué te llaman Diógenes el perro?», preguntó Alejandro. «Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo». Frente a semejante respuesta, el hombre más poderoso del mundo pensó un momento y le ofreció: «Pídeme lo que quieras». Y Diógenes simplemente respondió: «Quítate de donde estás que me tapas el sol»⚫

Titulo: Los reyes

Año: 2018

País: Chile

Directores: Bettina Perut e Iván Osnovikoff

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