El faro (The Lighthouse, 2019) de Robert Eggers”

La película transcurre, íntegra, en una isla de Nueva Inglaterra. Más precisamente en las instalaciones, las dependencias, el cuarto de máquinas, y las habitaciones de un faro de fines del siglo diecinueve. Los personajes son dos. Un Centinela y un Farero. El primero es el superior del segundo. El viejo Centinela es un hombre de mar, con supersticiones de mar y costumbres de mar, y hasta con una pierna postiza de madera y su correspondiente pipa. El Farero es un empleado que antes trabajaba en una maderera, pero que, al leer un anuncio que ofrecía una paga superior en tanto se trabaje más lejos del continente, eligió postularse. Ellos dos, el Centinela y el Farero, son el relevo de otros dos hombres que se embarcan. Pasará un mes antes de que el barco vuelva a recogerlos. Pero sabemos, más adelante en la película y por la confesión del Centinela al otro, que el barco que los suele recogerlos a veces se demora hasta un año del tiempo prometido, y más aún cuando hay tormenta. Tormenta que no podrán evitar se produzca, y que durará todo el otoño y el invierno, y un poco más del invierno. Es muy común suponer que, dos hombres en una isla desierta y con un empleo que ocupa los días y las noches, son propensos a irritarse el uno con el otro, a fraternizar hasta el amor, o a volverse progresivamente locos. El escenario es fortuito para esas posibilidades. El Centinela y el Farero, en algún momento padecerán todas las formas del aislamiento. 

En la primera noche, y después de una jornada de trabajo duro en la que el Farero tuvo que acatar todas las ordenes viles de su superior, y luego de obtener una negativa cuando pidió ver la gran luz, allá arriba, terminan cenando iluminados por un candil, la comida de mar que en cestos y trampas pescaron, y que el Centinela se ocupó de cocinar. El Centinela está orgulloso de su talento para la cocina, pero más adelante sabremos que en plena guerra psicológica o sobrenatural, el Farero injuriará su pasión. Pero allí sentados, uno enfrente del otro, comen y casi no conversar. Hasta que el Farero tiene sed. El Centinela le ofrece ron, pero el Farero dice que no bebe. El hombre que no bebe es mejor que tenga sus razones, le dice el viejo Centinela.  Aun así, el joven Farero se niega y lleva su lata para cargarla directamente de la que sale de la bomba de agua manual. Cuando lo consigue, se sienta y bebe. No tarda en escupir el agua estancada. El Centinela le dice que arreglar el depósito de agua es una de sus tareas, porque enturbió.

Al otro día observa el depósito putrefacto de agua e intenta purificarlo, carga carbón en una carretilla y bajo la lluvia hacia el faro, sube combustible hasta los últimos escalones previos a la gran luz, y limpia los urinales con mierda de ambos. Las tareas viles se van sucediendo y progresivamente al Farero empieza a parecerle que el viejo Centinela es una persona extraña, misteriosa o cruel. Y eso se debe a que lo insulta cuando está borracho, lo llama su perro y cambia constantemente la versión de las historias que cuenta. Todas esas conspiraciones individuales son elementos potenciales para que una persona se vuelva loca. ¿Está ya loco el viejo Centinela? ¿O simplemente es un supersticioso viejo, de leyendas de mar y de costumbres extrañas? ¿Es extraño que disfrute pasearse desnudo en el faro y masturbarse ante la gran luz? No lo sabemos, pero sin duda es un alcohólico. Y al pasar de los días, en esas noches en las que no se puede beber del agua estancada que arroja la bomba manual, el joven Farero va entrando en la bebida. Primero unos pocos vasos que le resultan muy fuertes, pero con el correr de los días, y luego de aquellos momentos de violencia ebria en las que el Centinela lo llama perro, terminan bailando, ambos, alrededor de la mesa de madera, golpeándola y entonando canciones de mar. En algún momento bailan abrazados. En algún momento pelean con golpes de puño, pero de forma controlada, acaso de forma fraternal. Parecería que uno y el otro empiezan a comprenderse y a estimarse, pero los insultos y las bajezas, los actos viles y humillantes, o dignos de un rufián o villano, se siguen sucediendo en los intervalos de borrachera que tiene el Centinela. Sin embargo, con el correr de las noches, y luego del trabajo en la isla, el Farero comienza a despreocuparse de las maldiciones elocuentes que salen de la boca del viejo. Te vi pelear con un ave de mar, no vuelvas a hacerlo, es de mala suerte, le dice el Centinela al Farero mientras comen. Y el Farero, hastiado de los caprichos del viejo y de sus maldiciones, de sus bajezas y de sus pedos, lo increpa. Le dice que las aves de mar no sirven para nada y que son supersticiones. El viejo Centinela tiene un arranque furioso en el que lo cachetea, para luego pedirle disculpas y el joven aceptarlas. En esa relación de dos, hay uno que presenta las características de quien ejerce violencia psicológica y otro que acepta esa violencia, acaso porque ya está sometido o quiere que le paguen pasado el mes. Pero pasado el mes, el barco que tiene que traer al relevo no llega y el cielo se pone negro. Se aproxima una tormenta, puede durar meses, le dice el Centinela. Debido a eso, ambos colaboran uno con el otro para tapear las ventanas y acaparar provisiones. Finalmente, la tormenta se desata y es inclemente.

Vuelan maderos y provisiones, se rompen las ventanas y la casa se inunda. A lo lejos las bandadas abandonan la isla y no se divisa ningún barco de rescate. Pero el faro debe seguir en funcionamiento. Y lo hace, pero la relación entre el viejo Centinela y el joven Farero ha traspasado un límite. Uno ya no tolera al otro y, por más que se sigan embriagando, golpeando la mesa entonando canciones de mar, y bebiendo hasta realizar confesiones tan extrañas como que el Farero no es quien dice ser, la lucha psicológica, psicótica por momentos, es inevitable. Y es psicótica, o en todo caso parte del mundo de los sueños, porque el joven desea o imagina, ve realmente o sus sentidos lo engañan, a una sirena que tanto lo ama como desea llevarlo a las profundidades, ahogarlo y comerlo. Eso se debe a que, al principio, cuando recién llegó, en la cucheta que le correspondía encontró un ídolo tallado en marfil con la figura de una sirena. El elemento mágico es justificable o indispensable para la trama. Porque de esa forma se desatan los elementos sobrenaturales. Aquellos que tendrán que ver con sirenas y aves de mar observadoras, con la propia voz cadente y prepotente del viejo Centinela invocando a Neptuno, o con la isla, que ya es un elemento terrorífico. Porque una tempestad la azota, y las provisiones escasean, y porque las inundaciones de los lugares comunes son inminentes. Pero principalmente porque las palabras que salen de la boca del viejo Centinela, ya en un estado de ebriedad constante que, incluso, lo hizo desenterrar una caja con ron guardada para esos momentos y debajo de la lluvia, son terribles, son violentas y atentan contra la integridad mental del joven Farero. En plena tempestad, comienzan a discutir. La lluvia anega los caminos, y el viento sopla fuerte, lateral. Entre el cielo negro y la ventisca que pincha y hiela la piel, el Farero corre espantado por el viejo Centinela lo sigue con un hacha. Llega al muelle y encuentra un bote, pero el Centinela lo parte en dos con el hacha. El joven Farero no tardará en arrebatarle el hacha, enterrarlo vivo, y finalmente partirle el cráneo de un hachazo. El terror o la conjetura sobrenatural, llevada a cabo por la invocación de dioses del mar y del mal augurio de haber matado a un ave de mar, desatan los hechos indispensables para que, con magia o con palabras, uno enloquezca sobre el otro, que acaso ya estaba loco.

¿Son los personajes, quiero decir el viejo Centinela y su inmediato el joven Farero, los que crean la trama? ¿Son las palabras fuertes y las maldiciones, los arrebatos ebrios de violencia psicológica del Centinela los elementos que predisponen el argumento que conduce irrefutablemente a la locura, la persecución armada bajo la tempestad y su eventual asesinato? ¿O es, acaso, la isla, el archipiélago, las rocas desgarradas que componen los pocos kilómetros cuadrados donde se encuentra el faro, la trama, el argumento y su clima, la que perpetra la película? Es evidente que los dos fareros, aquellos que se retiraron cuando llegaron a la isla, no enloquecieron. Condujeron las tareas y mantuvieron el faro en funcionamiento, y esperaron que el barco fuera por ellos, como finalmente pasó. Y ninguno vejó al otro o, si es que también acontecieron elementos mágicos o de la imaginación, como los que desatan la invocación de un ídolo que es una sirena tallada en marfil, pudieron controlarse cuando llegó el relevo a la isla, y embarcaron y abandonar ese lugar que es infernal u oscuro.

Yo creo que el lugar es el argumento y la trama, y la totalidad de la película. ¿Podrían haberse vuelto locos o haber sido rodeados por el miedo y las hechiceras del mar, y la propia tempestad, en otro lugar que no fuera una isla desierta con un faro, unas pocas dependencias y mucho ron? Por eso, justifico mi postura en la desolación, en la tempestad, en la luz demandante del faro y su sonido que aturde, junto con las rocas, los precipicios y los abismos. El elemento esencial de la película no es, por más interesante o desarrollado que sean, las palabras que salen de la boca del viejo Centinela o la progresiva locura del joven Farero. La base determinante de la película está compuesta por el ambiente. La escenografía natural de una isla en la que ocurren catástrofes naturales y oleajes que se rompen entre las rocas es la trama, el argumento, el diálogo y hasta la personalidad de los dos personajes. Nada estaría justificado si no ocurriera en un faro de una isla desierta y lejana del continente.

Una película puede tener personajes fuertes, con características bien determinantes, contradictorias o fraternales, pero sin el primer personaje, que es la propia isla, no se podría conseguir el elemento necesario para que suceda una experiencia cinematográfica. Uno bien podría secuenciar imágenes en blanco y negro. Mostrar aquí y allá fragmentos del faro, de las dependencias, documentar la tormenta, seguir el giro de la gran luz o registrar el sonido que produce la maquinaria del faro, y así tendría la película y no harían falta el viejo Centinela y el joven Farero. Porque la película ocurriría de todas formas. Es elemental que así suceda. Porque no apremia un terror psicológico. Apremia la isla, la tempestad y la gran luz del faro. Todo determina una película que se justifica solo con su ambientación. ¿Ocurriría lo mismo si se trasladasen las cámaras y el directo a un prado desierto? Yo creo que no. La isla predispone al terror natural, no al terror psicológico. Es el miedo a la naturaleza y la superstición que conlleva ese miedo, lo que justifica la trama. Las aves de mar, las sirenas y los dioses olvidados son invocados, no por los actos que llevan a cabo los personas, sino por el terror natural que genera la isla, el faro, el acantilado, el muelle, las dependencias oscuras y la gran luz. Creo que no peco de ingenuo o de vanidoso si declaro que la película ejerce un nuevo tipo de terror. No adhiero a los que llaman al género terror psicológico, por más que uno enloquezca y mate al otro. Yo considero que el ambiente es lo esencial, y no los matices de dos personas discutiendo y argumentando, porque son secundarias. Importantes, únicas, pero secundarias. Yo postulo un género, que ahora me gustaría llamar terror natural⚫

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