El sacrificio del ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017) de Yorgos Lanthimos”

La película transcurre en Irlanda. Los lugares elegidos para el desarrollo de la trama son un hospital y una casa elegante. La nómina de personajes está compuesta, principalmente, por una familia: un cirujano, una oftalmóloga, una adolescente y un niño. Además de ellos, de la familia, hay un personaje más: un muchacho extraño. La convergencia entre los dos lugares, y la familia con el muchacho, tiene que ver con un hecho que sucedió en el pasado. El cirujano cardiovascular, el padre, hace un tiempo, con dos medidas de bebida blanca en su cuerpo, operó al padre del muchacho. La impericia de ese acto impidió que el padre del muchacho salga con vida de la cirugía. Ya limpio y abstemio, el cirujano dio con el muchacho, a quien comenzó a cuidar como si fuera su hijo, acaso porque la culpa lo guiaba. El muchacho, si bien disfrutaba de la compañía del cirujano, no tardó en comprender qué fue lo que pasó en esa sala de operaciones el día que murió su padre. Con menos rencor que odio, y con la ignorancia total de los espectadores a quienes no se nos dice cómo ocurrió, el muchacho realiza un hechizo eficaz. No sabemos si se realizó la invocación de un demonio o un conjuro, acaso durante una noche de tormenta, bajo un árbol y mientras los perros del vecindario aullaban. Solo sabemos, y con eso basta, que el muchacho, apenas con más fastidio que necesidad, realizó un hechizo eficaz. La confesión del muchacho se produce cuando comienzan los primeros efectos del hechizo. Sorpresivamente, el niño, el hijo del cirujano, no puede mover las piernas. El muchacho, entonces, habla. Con una ansiedad corrompida por el dolor, sentado frente al cirujano, le dice que ese es el primer efecto, y que lo sigue un estado de anemia y falta de apetito. Finalmente, los integrantes de la familia comenzarán a sangrar por los ojos, y solo tendrá algunas horas para decidir a quién asesinará, para que el resto sobreviva. La cuestión es, por supuesto, importante. Increíble al principio, pero comprobable con el correr del tiempo y de los padecimientos augurados por el muchacho, el padre se verá en la necesidad de tomar una decisión. Acorralado, llegará a ir a la escuela de sus hijos para entrevistarse con el director y así tratar de saber cuál de sus hijos es el mejor. ¿A quién elegiría de los dos?, le pregunta al director, quien se niega a darle esa respuesta. 

La película, como dije, transcurre en un hospital, que es donde trabaja el padre, y en una casa elegante, que es donde vive la familia. Es necesario advertir una controversia. Es preciso hacer un reconocimiento sobre esa situación. El lugar y la profesión del padre no son casuales. Ya que, con una jerarquía que le dio la buena fortuna y el trabajo serio, se hizo de una cantidad importante de especialistas y médicos, que trabajan en el mismo hospital y que, ante los primeros síntomas sobre el niño, pondrán a trabajar a toda la ciencia contra la hechicería. El niño, parapléjico y ya sin apetito, apático y pálido, será sometido a la inspección de un experto neurólogo, será sometido al examen de un tomógrafo, y finalmente una junta médica, única, especialmente convocada para estudiar el caso del niño, empujados por la respuesta que no pueden darle al padecimiento que se les presenta, terminan por caer en que todo se debe a una enfermedad psicosomática. Una especie de conjura del cerebro o ya del inconsciente sobre la actitud motora de su hijo. Claro que al niño seguirá su hija, la adolescente. Es la ciencia, la más reciente y novedosa medicina, la que está a prueba. Antiguos demonios intentan cumplir con el requerimiento del muchacho, y no ceden ante los fármacos y los estudios, las inspecciones y las desesperadas decisiones del padre, que en un momento llevará al muchacho misterioso, acaso más extraño que siniestro, más subnormal que anómalo, al sótano de su elegante casa para torturarlo. Su fin es, claro, una confesión, o la pronunciación de un conjuro, acaso de unas palabras mágicas que vuelvan todo a la normalidad. Pero el muchacho siniestro no habla. Y el cirujano, nuevamente acorralado, sabe que matarlo es matar al mismo tiempo a todos los integrantes de la familia.

¿Puede la ciencia más reciente aplacar el mal de ojo? ¿Puede la ciencia moderna desactivar una macumba? ¿Pueden los tomógrafos exponer la posesión diabólica? ¿Pueden los que han probado del fruto de la sabiduría detener a la Pomba Gira, a San La Muerte o al mismísimo Lucifer? O más importante aún, ¿los científicos son supersticiosos? ¿Temen un hechizo? Por su parte, el cirujano, al ver el estado de su hijo y el de su hija, que se encuentran inmovilizados en las camas de una habitación del hospital, aquel lugar que representa el avance de los métodos y de las hipótesis contra la charlatanería de aquellos que recomendaban sacrificar un animal para curar un enfermo, intenta, el cirujano, como venía diciendo, abstenerse de toda disertación y plática con espectros y demonios, y lleva toda su voluntad hacia los libros que otros eruditos han ido trabajando con los años, y también lleva, su voluntad más que su creencia, hacia los otros tantos profesionales que, como ya dije más arriba, desertan de toda conjetura, acaso por verse sobrepasados por lo desconocido y caen en un diagnóstico que tiene que ver con la impotencia ante la enfermedad, y que diagnostican como la somatización de un estado mental. La psicología y la psiquiatría, le dicen al padre, será la encargada de resolver ese estado que ataca más al alma de los pacientes. A su hija y a su hijo postrados y sin apetito, no los ataca una enfermedad del sistema nervioso, de la musculatura, el esqueleto o hasta de las neuronas y del sistema inmunológico. Claro, los otros médicos, los que conversan en coloquio ante el padre y la madre, no saben, porque sería ridículo decírselos, que la batalla es contra los demonios o contra un hechizo, y no contra una enfermedad que el índice de alguna bibliografía de males se encargue de ordenan taxativamente. Y nadie, ningún médico de los convocados, siquiera sospecha de una nueva enfermedad. ¿Serán todas las enfermedades complejos hechizos solicitados a los demonios para atacar a una víctima? ¿Serán los descubrimientos de la ciencia y la medicina que venden las farmacias la respuesta, quiero decir, otra forma de hechizo, pero disimulado por experimentos y autorizaciones gubernamentales? ¿Son los empresarios farmacéuticos los más expertos hechiceros, intentando lucrar con la conjura que producen, acaso durante noches de luna llena y sin viento en las afueras o ya dentro mismo de algún cementerio celta? 

Por supuesto, el cirujano y la oftalmóloga, quiero decir el padre y la madre de la adolescente y del niño parapléjicos, comienzan por descreer de esa suma de posibilidades que solo los libros maléficos contienen. La tercera etapa, aquella que sigue el hechizo que intenta vengar la muerte por impericia del padre del muchacho extraño, es el sangrado de los ojos. Y efectivamente, esto ocurre. Para entonces, y ya en plena mística, ni el padre ni la madre creerán que lo que les ocurre a sus hijos tiene que ver con un padecimiento del cuerpo. El hechizo se les tornará evidente y el mundo de los espectros será algo con lo que no tendrán más defensa que la de seguir las reglas del juego siniestro que el muchacho le ordenó al padre, si es que quería salvar al resto de su familia. Como ya lo dije más arriba, el muchacho, a cambio de la vida que el cirujano se llevó operando en estado de ebriedad, exige el tributo de una muerte. Le concede al padre, con cortesía y buena voluntad, el tener la posibilidad de elegir quién será el que muera para salvar a los otros. El muchacho es en verdad misterioso. Aparece en lugares inesperados, deambula y corteja a la adolescente, quien se deja seducir, o hasta desaparece de la vista cuando se lo busca. Pero no es un fantasma. Debe dejarse de lado, por inapropiada y simplista, la teoría de que en verdad el padre era un psicótico que alucinó todo. No hay un símbolo o una metáfora. Simplemente, las cosas suceden como suceden y todos los integrantes de la familia, cuando van observando los acontecimientos que predijo el muchacho extraño, intentan persuadir al padre de que ellos son los que mejor se portan, cada uno por su parte, o que mejor se deja someter a la actividad sexual, en el caso de la madre. Pero la limosna no logrará persuadir al padre, quien desprecia las dádivas y que intentará que todos sobrevivan. 

En la película no hay monstruos. No hay demonios, ni ningún tipo de suceso sobrenatural. Todo puede ser explicado con medicina o con ciencia. Sin embargo, toda la familia, antes de que cualquiera de ellos sucumba a un posible envenenamiento, acaso con la limonada que le ofrece el muchacho, ceden a la conjetura paranormal. Es en ese momento, y más allá de todos los estudios que se llevaron a cabo en los cuerpos de sus hijos, que la madre y el padre aceptan que hay un hechizo. Pero, por qué no pensar que solo fueron embaucados por un muchacho, extraño y anómalo, que los fue persuadiendo, con estrategias psicológicas oscuras, como quien le habla al oído, susurrando sugerencias esquizofrénicas dañinas, al padre, quien termina por convencer a todos. Al final de la película, el padre, que no logra decidir a qué hijo matará para que el resto sobreviva, les cubre las cabezas a sus hijos y a su mujer, en el medio de la sala de estar. Ya para entonces están amordazados y atados, y ubicados en círculo sobre los sillones. Luego, el padre, como decía, se cubre la cabeza con un pasamontaña y, portando una escopeta, gira y gira hasta perder la perspectiva y dispara varias veces hasta acertar al niño. Pero la Santa Biblia nos enseña que aquel es una especie de juego de azar, un acto que decide la ruleta y no el libre albedrío que es el regalo del Todopoderoso, y que por eso es un arte de los demonios, que está penado, más allá del asesinato que conlleva a ser dirigido al infierno sin arrepentimiento, y que podría ser considerado como un hechizo. Pero acaso la película nos permita ver un poco más allá. Acaso, la psicología incrédula del padre sobre hechizos y encantamientos, lo torna en una mente poderosa, que puede contra el artificio del muchacho extraño o enfermo psiquiátrico, y finge la muerte, el asesinato de su hijo para que el resto sobreviva, con el solo fin de ejercer, en el momento oportuno, y luego de que el muchacho los vea, el acto que el juego psicológico del padre quiere llevar a cabo. La forma es la siguiente: dejar que el muchacho o falso hechicero viva, para que nunca jamás vuelva a sentirse seguro en ningún lugar al que se dirija. Perseguido, desconfiado, ya incrédulo del poder de su magia psicótica, el muchacho se aterra, como si todo hubiera sido un sueño. 

Cuando terminé de ver la película, y más allá de todas las formas evidentes que se presentaban ante mis ojos como prueba de conjuros y hechizos, me vi llevado a dictaminar, sin miedo a equivocarme, que la magia no existe. Que solo existen los juegos psicológicos. Que el muchacho, por ser extraño no tenía por qué ser un hechicero, y menos aún un hechicero eficaz. Y así como los místicos y supersticiosos se tornan ineficaces de creer en la verdad científica, del mismo modo, un erudito del método científico jamás cederá, por más extraña que resulte la escena final, ante la charlatanería y el encadenamiento de hechos en apariencia supernaturales. 

La película es, realmente, eficaz. Porque hecha mi hipótesis, no logro descubrir quién es el soñador y quién es el soñado. No logro saber quién es el psicótico y quién es el sano. Acaso el enredo de la trama sea lo más efectivo de esta película, que es sin dudas psicológica, y ajena al positivismo. Por eso, es que considero que el que mira la película no debe dejarse llevar por aquello que se enuncia y no se ve, por aquello que se supone y que no se comprueba. La metástasis es perfecta. Y la inventiva bifurcada es total. Y el dilema o el vacío de la propuesta de jugar a elegir una verdad, será, seguramente, emocionante⚫

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