Portrait de la jeune fille en feu (2019), de Céline Sciamma

“La imagen imposible

Por Rocío Molina Biasone.

≪Poder soportarlo quise, y no negaré que lo he intentado: me venció Amor≫. 

Publio Ovidio Nasón, Metamorfosis, “Libro X: Orfeo y Eurídice”.

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Cuando hablamos de las grandes historias de amor que nos ha dejado la literatura occidental, las más de las veces, estamos hablando de tragedias. Difícil es encontrar algo que haya movilizado tanto la emoción humana como lo han hecho los amores imposibles, el error humano, y los destinos ineludibles que atentan contra los deseos y la dicha de nuestrxs protagonistas: Romeo y Julieta, Paolo y Francesca, Anna Karenina y Vronski, Catherine y Heathcliff, Orfeo y Eurídice; todos amores tan intensos como trágicos, truncados en su potencial —si es que se puede siquiera pensar en un potencial cuando la Fortuna ya había fijado sus destinos— ya sea por normas sociales, por diferencias de clase, por rivalidades familiares, o por la mismísima muerte. Sin embargo, hay otro elemento que une a estas memorables parejas: su heterosexualidad. 

Es bien sabido a esta altura que el cristianismo se encargó de aplacar, cuando no borrar, la naturaleza pansexual y multiforme de la mitología y cultura griega que había servido para nutrir y crear su propia base cultural y artística, por no serle útil a la construcción de una moral que sirviera a la construcción de un orden social y a la promoción de una sexualidad destinada únicamente a la reproducción de la especie. Esto para decir que sí han existido grandes historias de amor entre hombres o, con menor frecuencia, entre mujeres, pero lamentablemente la cultura occidental las ha dejado de lado. Ni Shakespeare ni Dante han querido incluirlas en sus relatos (al menos no de forma explícita, ni con la altura dada a las parejas heterosexuales antes mencionadas), y para escritorxs como León Tolstói y Emily Brontë, un amor que no fuera entre un hombre y una mujer posiblemente ni se presentara como algo narrable, o siquiera existente. 

La última película de Céline Sciamma deja en evidencia esta falta, y pone en evidencia algo que no debería ser sorpresa: la heteronorma de seguro haya sido el factor y obstáculo que más historias de amor imposible y más romances trágicos produjo en nuestra historia. Más angustiantes aún, ya que casi nadie se dedicó a inmortalizar a estxs ignotxs enamoradxs, mucho menos a convertirlxs en personajes de los clásicos literarios. El cine todavía está a tiempo de hacer que gran parte de su historia no esté abocada a la invisibilización de las historias de amor que no encajan en los modelos hegemónicos. 

En Portrait de la jeune fille en feu, Sciamma nos lleva a una Francia de fines del siglo XVIII, a un hogar habitado solo por mujeres que acaba de sufrir un evento traumático: la muerte de una de ellas. Una madre que ha perdido una hija, y una promesa de matrimonio por fines económicos que debe cumplirse a toda costa, por lo que ahora recae en la otra hija, Héloïse, por imposición; una joven en duelo y en rebelión, que se niega a cumplir con esa herencia inesperada, con un matrimonio que bien podría haber sido el causante del suicidio de su hermana. 

Esta rebelión se manifiesta en una negación a ser retratada para su potencial esposo, es decir, a cumplir con esa formalidad de las uniones arregladas entre personas que aún ni se han visto. A esto debe hacerle frente Marianne, una pintora que llega a esa mansión despojada y en duelo con el solo objetivo de pintar el retrato de una joven que se niega a posar para el mismo. La premisa es simple, y de hecho a primera instancia, coincide con la de todo un subgénero de las comedias románticas heterosexuales: al protagonista hace una apuesta, o decide aceptar un trabajo, por el cual tiene que hacerse pasar por un confidente o alguien que se interesa por la chica, de quien se terminará enamorando sin quererlo. Por supuesto, en estos relatos típicos, el momento del clímax está en la gran revelación del engaño, el enojo y angustia de la mujer, que posteriormente es aplacado con un gran gesto romántico por parte del hombre. Pero la película de Sciamma está lejos no solo de este, sino de cualquier cliché presente en las historias románticas contemporáneas. 

La profunda belleza de este film está en que se trata de un relato audiovisual sobre cómo se genera el amor y, más que nada, sobre cómo se va generando un vínculo de intimidad con alguien: se observa, se escucha, se intenta entender o empatizar con lo que se nos confía, se vuelve a observar —más detenidamente— con la nueva conciencia adquirida sobre esa persona, en una nueva luz, y es ahí que podemos realmente acceder a lo íntimo. Lejos de los grandes amores a primera vista que tardan un par de días, sino horas, en gestarse, el amor de las protagonistas de Portrait de la jeune fille en feu es tan maduro como fogoso, y se nos permite, como espectadorxs, ser partícipes de esa tensión y esos sentimientos, nos vamos enamorando junto a ellas desde los mismos sentidos. 

Pero no son los vínculos eróticos que Sciamma se encarga de construir, pues hay mucho que decir de la amistad que se construye entre las dos protagonistas y Sophie, la empleada doméstica, ante la ausencia de la madre, la figura que se encarga de sostener el orden tradicional en ese hogar. Así es como una joven aristócrata, una pintora y una mujer de clase trabajadora conviven durante una semana en un estado de intimidad que es imposible de generar ante una presencia jerarquizadora, y esto se hace evidente en las puestas, los encuadres, las acciones, enmarcadas en composiciones cuasi, y no casualmente, pictóricas. La pintora se convierte en retratada, la aristócrata se convierte en servidora, la empleada en musa inspiradora. 

Pero la tragedia es inevitable. Esto es algo que no olvidamos a lo largo de la obra, y saber que no hay otro destino posible para esas mujeres le da esa fuerza adicional al film, porque como sucede con todo amor imposible, el inminente final nos hace querer saborear cada segundo de esa aventura. Las imágenes son todo lo que tenemos, al fin y al cabo, y Céline Sciama construye una película que es terriblemente consciente de ello: imágenes visuales, sonoras y táctiles, es todo lo que nos queda y quedará de las experiencias, simples recuerdos. Como espectadorxs y lectorxs, hecemos lo mismo con las obras que disfrutamos. Y como Orfeo, ha veces es necesario reconocer cuando el final es irreductible, y no tenemos otra opción que mirar atrás, y apoderarnos de una última imagen, antes del adiós⚫

Título: Portrait de la jeune fille en feu

Año: 2019

País: Francia

Director: Céline Sciamma

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