“Como subir una escalera”

Siento que ya pasó una vida entera —pero para ser precisa, fue hace casi una década— desde que realicé aquel cortometraje para mis estudios universitarios de cine. No, no, paren: no los voy a aburrir con una lista de los varios desafíos y frustraciones que cualquiera que alguna vez haya intentado hacer una película conoce a la perfección, se los prometo. 

Por el contrario, hoy quiero escribir sobre algo de lo que no solemos hablar demasiado: el “intervalo”, ese período que va desde el momento en que el film está terminado hasta que algo “pasa”… o hasta que no pasa nada en absoluto. Es un tiempo en el que no hacés más que sentarte y esperar, sola. Y como te empiezan a llegar los rechazos, vas perdiendo la confianza en vos misma. 

Cuando terminé ese corto, al que titulé Stairway (2009), me vine abajo. Apenas llegué a terminar el rodaje, el montaje y la edición de sonido, y seguro que nunca hubiera podido llegar al final de no haber sido por mis talentosos compañeros de clase —le estoy agradecida a cada uno de ellos— que trabajaron en el proyecto y que siguieron para adelante cuando yo ya no daba abasto. 

Lo que había empezado a mitad de la producción como una leve depresión devino más tarde, apenas terminamos una primera etapa de edición, en una condición severa que me impedía dejar la cama. Pero lo que aún no habíamos podido hacer —y en el estado en el que me encontraba, no íbamos a poder hacerlo en un futuro inmediato— era la corrección de color.  

En ese entonces, consciente de que no estaba logrando funcionar ni física ni psicológicamente, lo único que quería era llegar a recibirme y esperar que todo se resolviera. Y fue así que cometí el primer error fatal, tanto para el cortometraje como para mi propio bienestar: decidí que ya estaba terminado y, dejándome llevar por el pánico, empecé a mandarlo a festivales de cine sin haber completado todo el proceso de postproducción. Puse todas mis expectativas en esa película, esperando que marcara el comienzo de mi carrera cinematográfica sea como fuere. 

No tardé en darme cuenta de lo ingenua que había sido, y en aprender que el mundo de los festivales de cine era mucho más complejo de lo que había imaginado. No hice más que mandar mi corto incompleto a dos o tres festivales “grandes” y luego sentarme a esperar una respuesta. Ese fue mi segundo error: más allá de que, obviamente, lo ideal es no mandar tu película hasta que no esté del todo terminada, hay otra cosa que se debe evitar hacer, y es apostar a unos pocos festivales y quedarte quieta a esperar sus veredictos. Primero que nada, vas a tener que esperar bastante. Además, vas a perder a cabeza en la espera. Y por último, vas a terminar perdiendo tiempo valioso que podrías haber aprovechado buscando otras ventanas de exhibición.  

Después de esto, cometí el tercer y último error: me rendí. 

La cosa es que, cuando estaba deprimida —como de seguro, lamentablemente, lo hayan estado muchísimos otros artistas en algún momento de sus vidas—, mi mente de por sí ya se encargaba de decirme que no tenía talento, y que nunca lo iba a tener; y por eso, bastó con que mi corto fuera rechazado dos o tres veces para que mi cerebro lo interpretara como una “confirmación” de mi fracaso.

Me agarro muchísimo miedo y sentí que no podía soportar más rechazos, así que empecé a mentirme a mí misma. Me decía “¿Ves? Diste lo mejor de vos, escribiste y dirigiste un corto, y fracasaste”. Al día de hoy, esa fue una de las mentiras más duraderas y firmes que me dije en la vida. Sí, había hecho un cortometraje. Pero no, eso estaba lejos de ser lo mejor que tenía para dar. No había terminado todo el proceso de postproducción, y ni siquiera lo había mandado a muchos festivales por temor a que me digan no o, Dios no quiera, que me digan

Aun así, en plena depresión, esas pocas instancias de rechazo fueron más que suficientes. Por más que realmente deseara que alguien me dijera cosas positivas y me instara a  creer lo contrario, en el fondo no le di a nadie una oportunidad para que lo hiciera, y simplemente me dediqué a aferrarme a toda evidencia a mi alrededor que me confirmara que era un fracaso y tenía que rendirme. 

Y eso mismo hice. 

Tardé cerca de un año en recuperarme de aquella depresión aguda y volver a un estado mental más “sano” en el que pudiera funcionar en sociedad. En los años que siguieron me desempeñé en distintos roles dentro de la industria cinematográfica y me convencí de que con eso estaba bien, porque de cualquier manera no me quedaba otra: tenía un bloqueo creativo eterno e irreversible. 

Sin embargo, poco a poco, esa mentira que me había contado empezó a desintegrarse. 

Hice un semestre de estudios teatrales en Londres y, cuando terminé, no podía parar de escribir. Me pasé meses sola en mi departamento escribiendo sin parar. No lo estaba forzando ni pensando mucho lo que estaba haciendo, sencillamente fui soltando años de silencio que habían estado creciendo dentro mío sin que me diera cuenta. 

Lo primero que escribí fue el guión de lo que más tarde sería mi ópera prima, Fuck You Jessica Blair. Junté coraje y se lo mandé a una persona cercana y muy talentosa. Le encantó y, después de un par de reescrituras, agarró y me dijo “Bien, ya está listo, ahora andá y hacé tu película”. 

Me tomó por sorpresa. No estaba siquiera pensando en hacer otra película, solo estaba escribiendo. Pero fue ahí que me di cuenta de que nunca había realmente dado todo lo que tenía para dar, y lo que había pasado con mi anterior cortometraje no era motivo suficiente para seguir diciéndome a mí misma que había fracasado. 

Así que decidí probar de nuevo. Me prometí que esta vez iba a hacer lo mejor que pudiera, que no me iba a rendir después de uno o dos rechazos —y de hecho tuve varios—, sino que iba a seguir intentándolo hasta obtener un . Y de esos también terminé teniendo algunos. Por  supuesto que tampoco fue un proceso fácil ni rápido, pero eso quedará para otra columna (quizás). 

No estaba segura de que fuera capaz de atravesar una situación de vulnerabilidad tal de nuevo, o si a algún festival iba a interesarse en una película que —en las palabras de la crítica oficial del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata— “relata una historia quieta a través de una narrativa pausada, entre situaciones extrañas, como una bicicleta que parece llover del cielo”. 

Suelo hablar con franqueza del hecho de que Hal Hartley es mi mayor inspiración —todavía no ha llegado el momento de hablar sobre él, pero pueden leer sobre cómo él fue quien introdujo a Adrienne Shelly a mi mundo en mi anterior columna—, así que cuando estaba en la duda de si debía hacer mi película fui directo a mi “Biblia cinematográfica”, Hal Hartley in Conversation with Kenneth Kaletta, una colección de entrevistas que le hicieron a dicho director. 

Leer algunas de las cosas que dijo fueron el empujón final que necesitaba para juntar coraje, sobre todo cuando contó lo siguiente: 

No me dirijo a nadie en particular. Es más bien como si estuviera mandando señales de humo. Las personas que ven estas señales de humo y sienten curiosidad, se acercan. Yo hago lo mismo… El cine puede llegar a ser arte, y hacer cine siempre valió la pena, sin importar a dónde me llevara. (Hartley, 2008: 32-33)

No tengo una declaración concreta o conclusiva para darle un cierre a este relato. Aún hoy sigo sin saber bien qué sentir sobre Stairway. Siempre voy a asociarlo con una sensación de mucho dolor y con uno de los peores períodos de mi vida. Sin embargo, actualmente, logro encontrarle algún que otro valor, y nunca sabré qué podía haber sido de ese corto si hubiera dado más de mí, si pudiera haber tenido en cuenta qué era lo que necesitaba y merecía que yo hiciera. Por lo menos puedo decir que ya no me avergüenza haber atravesado ese proceso, ni lo veo como un fracaso.

Es lo que me sucedió, y ya que, según me enteré, hubo mucha gente que se sintió identificada y aliviada al ver Fuck You Jessica Blair, decidí escribir esto con la esperanza de que, si alguien lee este relato y ve algo en común entre mi experiencia y la suya, también los alivie. Eso solo haría que valga la pena escribir sobre mi depresión. Tal vez les sirva a otros —y a mí misma— para acordarse de que nada es para siempre, ni siquiera la derrota.

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