César debe morir (Cesare deve morire, 2012) de Vittorio Taviani y Paolo Taviani”

La película transcurre, íntegra, en una prisión de máxima seguridad. Allí, asesinos y contrabandistas, estafadores y ladrones, olvidando ese papel que en otra ocasión desempeñaron en la sociedad que terminó por exiliarlos tras los barrotes y los muros, las torres de control y los celadores, son llamados a disimular la condena que pesa en sus caras arrugadas, ojerosas, malévolas, las máscaras de unos personajes que, en el teatro que pronto se acondicionará para que sus familiares ingresen a verlos, interpretarán, cada uno con un talento meticuloso que ha ido aprendiendo con los años, la perenne obra de Shakespeare: Julio Cesar. Y, precisamente, durante los años que duró la carrera delictiva, allá, afuera, donde están los que sufren los delitos que ellos ahora tienen que pagar, los predispuso para desempeñar el papel que es esencial para la trama. Aquel que tiene que ver con el grupo de conjurados que, encabezado por Bruto, asesinó, en el senado, a aquel que llamaban tirano y que es el mismísimo Julio Cesar. La sangre será derramada por los puñales fríos sobre la carne del réprobo, al que también llaman codicioso. Los prisioneros, que antes solo miraban el techo o paseaban por un patio que miraba a los altos muros donde están los guardias, ahora representan una escena. Porque cada ocasión es adecuada para ensayar una escena. Durante las noches, los prisioneros, aquel que interpretará a Casio, aquel que será Marco Antonio, o quien se atreva a llevar adelante la figura de Bruto o hasta la del propio Cesar, experimentan, con la ayuda de los compañeros del calabozo, los argumentos que quieren persuadir al pueblo romano de que está viviendo bajo un gobierno que degeneró en tiranía. La palabra libertad es la encargada de representar, por antagonismo, la figura de Cesar, que los sediciosos aborrecen. Por su parte, las líneas y los diálogos que, por la tarde, junto al director que los seleccionó, tendrán que exponer y representar para lograr esa extraña situación de poner como escenario de la narración de una obra de Shakespeare una prisión que simula ser un teatro, los terminará por apasionar de forma tan intensa que por momentos olvidarán que son los despreciados de la civilización. En ese ambiente de frases y representaciones, en escenas que se actúan de forma instantánea, a veces sin distinguir la realidad de la mera ficción, los guardias, los celadores y los carabineros, se forjan interesados testigos de las pruebas y de los ensayos, de los intercambios y de la memorización de largos diálogos que utilizan palabras que, alguno de los prisioneros llegó a decir, representa lo mismo que había vivido pero sin la pompa y la grandilocuencia de la complicada y perfecta prosa del autor de Julio Cesar.

Como dije, la película transcurre, íntegra, en una prisión de máxima seguridad. Allí, los perversos y los delincuentes, ocultos bajo la máscara de los personajes que interpretan, logran olvidar la propia personalidad que los llevó a estar allí. Claro que lo hacen bajo las siluetas o caricaturas de los personajes que poco a poco fueron incorporando tras los tantos diálogos que practicaron con los otros prisioneros. Es una forma, por supuesto, de escapar de la realidad terrible que los rodea. Pero la cuestión no es simplemente simpática. Porque la actuación final de la película, que efectivamente llevarán a cabo ante la admiración de los espectadores, trasciende la propia actuación. Los prisioneros ceden sus personalidades ante aquellos que ahora son y que no logran olvidar, aun cuando sueñan. Por supuesto que, acabado el proyecto y desarmado el teatro de la prisión, todos volverán a ser quienes eran. Serán la suma de sus errores. Los asesinatos que cometieron. Los robos que llevaron a cabo, y el tráfico de drogas que nunca creyeron inmoral. Acabado el espejismo de la trama, que impone a un pueblo que clama libertad ante un supuesto tirano que su más cercano amigo Marco Antonio exalta en la elegía que realiza en el funeral, terminará por depositar una cuestión que los conjurados no habían considerado. Esto es, la posibilidad de que Julio Cesar haya sido un justo. Porque, en la película, sin escenario y sin espectadores, y ya solo practicando ilusoriamente, Casio y Bruto, quiero decir dos prisioneros que los representan, y que son los principales conspiradores, intentan objetan o acaso intentan convencerse de que Julio Cesar, al rechazar tres veces la corona de dictador que le ofrece Marco Antonio, en verdad sigue siendo un tirano sin corona laudatoria. Ellos, los prisioneros, vestidos de manera informal, con barba, el pelo grasiento y ligeramente desalineados o superados por la falta de estética de la prisión, son antagonistas de la imagen que la película reflecta ilusoriamente en la mirada del cinéfilo, del crítico, del esteticista o del que cree que, en verdad, esa suma de malvivientes, esa suma de basura de la sociedad, se encuentra en la época de la gloriosa república romana. El especialista puede ver los barrotes y las cerraduras, los candados y las torres de vigilancia, pero, acaso olvidada la sucesión de grises, de tonos neutros, brillosos u oscuros, logre ver que la cal y el cemente no lo invade todo, y logre ver, con el mínimo esfuerzo, otra realidad. Pero justamente, esa conjunción del que ve la película con aquellos que son los prisioneros, siguiendo la pantomima de la actuación dentro de la actuación, es, también, el mal que los aqueja a todos. Porque será cuando termine la película y vuelvan a surgir los muebles, los sillones y todo lo habitual de una habitación, el momento en que el espectador recaiga en la triste o feliz realidad que pudo eludir por un poco más de una hora. Pero la evasión, paralelamente, de los prisioneros representando escenas de una obra de Shakespeare dentro de una prisión de alta seguridad, abajo el telón y oída la pesada puerta de hierro del calabozo al cerrarse, vuelvan, esta vez sin duda tristemente, a recaer en la realidad que pudieron, como dije, evadir, durante lo que duraron los ensayos y las mímicas, los argumentos y la representación final. Ahora vuelven a ser ellos. Vuelven a ser los conjurados. Porque, si bien actúan en un mundo en el que delinquen de forma independiente, sorprendentemente el deterioro de la sociedad la ejercen en conjunto, acaso no como una corporación, pero sin duda como una muchedumbre de individualidades disimuladas en las sombras, aguardando con facas o con pistolas para perpetrar el delito ominoso.

Si los mediocres y los vulgares son ya prisioneros, en las calles, en sus casas y en la reunión de muchos como ellos, al ser espectadores en el cinematógrafo de la película Cesar debe morir, terminan por ser meros cautivos de una realidad que se fuga. Eso ocurre porque, la película, que en algún momento terminará, no es la solución a aquello que está allá afuera, o acaso dentro de ellos mismos. La película no es un opio. La obra que representan los prisioneros tampoco es un opio. Ambas evasiones solo tornan más cruda y visible la pesadumbre que los atormenta. A los espectadores que buscan escapar de la realidad, y a los prisioneros, que ya son parte de esa realidad, cuando vuelvan a esa capa superpuesta de realidad peor, la condena que deben llevar a cabo le será evidente.

¿Qué pensaba Julio Cesar cuando vio a su protegido, a Bruto, que apuntaba el metal brilloso de su espada para ultimarlo sobre el mármol frío del senado romano? ¿Qué pensaron los conjurados cuando Marco Antonio pidió realizar una elegía sobre el muerto? ¿Qué pensaron los ciudadanos de Roma al escuchar que Cesar los hacía herederos de toda su fortuna? A Bruto, claro, lo persigue el hecho, o acaso la imposible e ínfima posibilidad de haber matado a un justo. Cuando estalle la guerra civil y el senado, o parte del senado, escape para juntar un ejército que luche contra Marco Antonio y el pueblo de Roma que quiere vengar la muerte de Cesar, Bruto elegirá morir por su mano. Bruto había llegado a decir que, si él mismo se volvía codicioso o tirano, si por alguna causa se tornaba contra el pueblo de Roma, él sería el primero en darse muerte, como le había dado muerte a Julio Cesar. Acaso no es un justo. Pero acaso sí es honorable. Porque la espada que le atraviesa las entrañas y que expone el líquido negro de su sangre, es un reconocimiento, o un acto último de cordura. Ya que, si el pueblo de Roma es perjudicado, la ecuación es la que resolvió con sus entrañas. Debía y fue por eso que murió. El ejemplo es notable. Llevado al interior de los muros de la prisión, ¿los prisioneros, los delincuentes y los demás asesinos que solo deben un tiempo de condena, no deben morir por su propia mano por haberse alzado en armas contra la propia sociedad? En las cuchetas de sus calabozos, sin duda pensarán. Si acaso la película se extendiera por días o semanas, en algún momento, los prisioneros, investidos aún de las figuras que representaron, deben tener que preguntarse y debatir pesadamente y en largas noches de insomnio sudoroso, cuál es el deber que los llama. ¿Deben morir con su mano por haberse alzado en armas contra la sociedad que los recibió? Ahora mismo, allí, en la prisión de máxima seguridad, están exiliados. Alejados de la sociedad, cumplen aquel que los romanos llamaban el peor de los castigos, el de ser un forastero errabundo, sin patria y sin lealtad. ¿Cumplida la condena se cumple con el deber? ¿Se recupera la ciudadanía? Sin duda, los réprobos, justamente castigados por la ley, no pueden volver a ser quienes eran antes de haber cometido el delito del que se los acusó y por el que fueron condenados. Del mismo modo, en la película los prisioneros no pueden volver a ser los que fueron antes de representar la obra de Shakespeare. Y si ya nada volverá a ser igual, porque el arte ha terminado por irrumpir en el gris, en la cal y en el cemento de los calabozos, ¿cómo puede evadirse el recluso? ¿Qué nuevas formas tendrá que inventar para salir de su condena? Acaso, pensativos, pero no por eso tranquilos, echados en sus cuchetas o mirando a través de las rejas los muros del patio, a los centinelas y los alambres de púas, soñarán con volver a representar.

La película plantea un doble, acaso triple, dilema. ¿Debe, aquel que dañó a la sociedad, asesinando, asesinarse así mismo? ¿Debe, aquel que ingresó en esa otra realidad de la representación y del teatro, dejarse llevar por una vida imaginaria y eludir su condena? ¿Deben los espectadores de la película sobre los prisioneros que llevan adelante una obra de Shakespeare reconocer que son un grupo de presidiarios más? Las preguntas no se agotan. En principio, baste decir que la película cumple su función. Logra que unos ociosos, ante la pantalla, se evadan de la realidad que los rodea, que puede ser cabal o atroz. Y logra, además, que unos prisioneros, que también son actores en dos niveles, se evadan de la realidad que representa la condena o la que representa el hecho de ser actores desconocidos trabajando para los directores. ¿Matarán, como lo hizo Bruto, como lo hicieron los senadores que conspiraron, cuando la realidad no sea aquella que prefieren vivir? Y llevado a cabo el asesinato, el robo o el crimen organizado, ¿deberán afrontar la condena solo contra ellos mismo, o deberán buscar evadirse en los escenarios del teatro de la prisión? Solo me basta decir, luego de haber sido espectador ocioso de la película, que Julio Cesar no fue juzgado. No se llevó a cabo un juicio político o una votación parlamentario. Sin embargo, los prisioneros que representan a los conjurados, en la realidad que ofrece la pantomima de la pantalla, fueron procesados, y finalmente juzgados bajo el amparo de la ley. No hubo, en este aspecto, una traición⚫

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