La botera (2019), de Sabrina Blanco

“Remar contra la corriente ”

Por Javier Grinstein.

Por suerte, nuevas voces como la de Sabrina Blanco y su equipo están ganando cada día más espacios. Voces distintas y talentosas, que no tienen por qué justificarse a sí mismas más de lo que ya hacen la mayoría de las producciones culturales. Esas que están ahí por inercia.

La botera es una película que está situada en una zona marginada, al lado de la ciudad más desarrollada del país y que cuenta en su elenco varios integrantes oriundos de ese mismo lugar. Es una película que no se pierde en las luces y los efectos. Todo esto significa, hoy en día, tener que remar contra la corriente. Hacerse un lugar sin contención. De eso se trata La botera.

Tati es una adolescente que vive con su padre en la Isla Maciel. Al principio de la cinta, su padre tiene un bote y le prohíbe a su hija usarlo. Ante la insistencia de ella, decide venderlo. Tati, a escondidas, entabla una relación con el nuevo dueño del bote. Un pibe joven que le enseña a remar. De eso va la película. Un coming of age sin idealizaciones.

La fotografía “nublada” mantiene los grises de ese florecimiento sexual sin brillo. El ritmo llano disipa la tensión de ciertas secuencias que no son “emocionantes” ni “inauditas”: son estructurales, son testimonio. Y a la vez son símbolo.

El vínculo más logrado que crea La botera es el de Tati con la ausencia materna. La falta de esa contención puede ser tanto psicológica como política. Es una ausencia que se percibe en cada plano.

En una secuencia se condensa todo esto. Tati tiene un amigo que es más chiquito que ella. Salen juntos con su bicicleta nueva. Dos chicos más grandes vienen a molestarlos, a sacarles la bicicleta, pero no para hurtarla. Porque la película, si bien está situada en los márgenes, no se trata de eso. Lo que hacen esos dos chicos es plasmar roles. El amigo, posible interés romántico, llora. Tati, la supuesta damisela en peligro, lo consuela. De esta forma, los otros chicos dejan en evidencia una forma de masculinidad.

Durante esta secuencia no hay nada alrededor de los personajes. Sucede en una especie de baldío. No hay suspense ni sorpresa, no tarda en suceder lo inevitable, ni hay giros bruscos. Da la sensación de cotidianidad, de sistema.

Tati, a la vez, es maltratada y resiste frente a otra compañera: una que se arregla más que ella, que empieza a habitar y transmitir una sexualidad. Es la otredad para nuestra protagonista adolescente, que está descubriendo ese mundo. Una proyección, quizás. Tati va, de a poco, pareciéndose más a ella. Pero el autodescubrimiento tendrá sus varias resistencias, y no la veremos llegar a buen puerto en ese barquito. Ahí se deja en evidencia que aprendió a remar.

Si pensamos en alguna película que sirva de complemento para la sensación que nos deja La botera, se me ocurre rápidamente Proyecto Florida. Una película con más colores, más intensidad, más deriva. Quizás hablando de momentos de la vida y lugares del mundo distintos. Pero con el mismo desasosiego y desamparo. 

Tan solo imaginemos, si una película como La botera se hizo a contracorriente, qué podría haberse construido si el viento hubiese estado a favor.

Titulo: La botera

Año: 2019

País: Argentina

Director: Sabrina Blanco

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