social share buttons Caligari, Revista cultural

“Hogar, dulce hogar”

Por María Florencia Sosa


No puedo creer cómo siendo a veces tan impaciente, todas mis actividades se basan primordialmente en la paciencia. Mi clásica espera es sacar fotos con película. A veces el rollo puede estar dos meses cargado en la cámara, no me apuro en terminarlo porque no saco fotos por sacar, pero cuando se termina, si no tengo suficiente plata para revelarlo (se vuelve una práctica más cara cada vez) puede estar un tiempo guardado hasta que lo llevo a la casa de fotos. Y los días de esperar el revelado son una pequeña tortura. Hace un tiempo le estoy prestando más atención a las plantas, tengo varias, muchos arbolitos. Y cuidarlas también requiere tiempo y paciencia, aprender a mirar para poder entenderlas. Como cuando se aprende a dibujar. Estuve leyendo un libro como parte de la investigación para el guión del largometraje que estoy tramando, que tiene una frase que me quedó grabada, cuyo autor no recuerdo: “he descubierto que lo que no he dibujado no lo he visto nunca”. Esa es la parte que grabé, pero consulto mi cuaderno de notas y sigue: “y que cuando comienzo a dibujar una cosa corriente comprendo lo extraordinaria que es, un milagro puro”. Pienso que algo de esa frase justifica lo cotidiano en las fotos que saco, o en los temas de lo que está empezando a ser “mi cine”, los dibujos que alguna vez hice, el mirar las plantas para sorprenderme con sus comportamientos. Mirar para conocer.

Luego de un año en el que por diferentes motivos debí mudarme cinco veces, al fin estoy instalada en un lugar en el que tengo un espacio que puedo considerar propio. Todos estos meses tenía el proyecto del largometraje en la cabeza, y si bien con algunas cosas pude avanzar, no lograba nunca suficiente concentración. Y ahora sucede algo tan simple como esto: tengo un lugar para escribir. En mi habitación, un escritorio. De un lado lápices, los cuadernos, del otro algunas plantitas cerca de la ventana, donde les da el sol. Eso destrabó todo, parece que tener el espacio me hizo ganar tiempo también. Escribo de noche y disfruto hacerlo y pude reconocer los horarios en los que no soy productiva para eso y lo acepto y me concentro en otras cosas que terminan enriqueciendo también. Y todo eso fue como un primer motor que se pone en marcha y moviliza más cosas. Activar mi trabajo requiere que deba complementarlo con los de otros, armar equipo para producir, que salga de mi la película que tengo en mente para que deje de una vez el plano ideal y empiece a chocarse con la realidad, a ser lo que deba ser. Acá me pongo impaciente de nuevo, la vida empieza a regirse por deadlines de convocatorias (a concursos, laboratorios, etc.). Llegar o no llegar. Quedar o no. Estoy poniendo todo mi entusiasmo en esta película y sé que no le queda otra que existir tarde o temprano. Así es como voy moldeando mi paciencia, con entusiasmo, trabajo y amor. La protagonista de mi película dibuja. Ella también está aprendiendo a mirar.  

María Florencia Sosa

flososa@caligari.com

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