social share buttons Caligari, Revista cultural

“Cinema paradiso”

Por María Florencia Sosa


Luca, mi ahijado, tiene tres años y fue al cine por primera vez hace unos meses. Yo no estaba ahí, pero cuando sus padres me contaron la experiencia no pude evitar remitirme a la primera vez que yo había estado en un cine. Es extraño porque en realidad no me acuerdo absolutamente nada de la sala y de la película en sí, entonces pensé que quizá la experiencia de Luca de alguna forma completa ese recuerdo que me falta.

 

 

Voy en el asiento trasero del auto de mi papá, un Peugeot (¿404 era? para mi en ese entonces era un super batimóvil). Papá maneja, mamá de copiloto, yo, con más de veinte años menos, me asomo hacia adelante, entremedio de ambos, y entrego un llanto profundo y angustioso. Acabamos de subir al auto después de salir del cine y volvemos  a casa. Papá se fastidia un poco, no entiende de dónde viene mi llanto, si estamos paseando. Mamá hace algún comentario sobre la película. Quizá no eran unos dibujitos tan infantiles. Antes y después sobre esa primera vez en un cine, no quedó otra cosa en mi mente. De la película ya no sé nada, un título: “Todos los perros van al cielo”. Es curioso que jamás volví a toparme con ella en la tele o en algún video-club.

Luca estaba entusiasmado con el gigantismo de la pantalla y lo que se veía en ella, la sala en penumbras, tantas butacas. Me lo imagino abriendo grandes sus ojazos en la oscuridad. Pero en un momento de la película, una infantil que no lo era tanto (como aquella primera mía hace más de veinte años), la acción no le gustó mucho, sollozó un poquito, se abrazó a su mamá y se quedó mirando para atrás, la ventanita iluminada desde donde se proyectan las imágenes. Probablemente yo actué parecido a él, o no, por ahí me aguanté la tristeza y recién me largué a llorar en el auto. Por algo, sin guardar ninguna imagen, sigo sin querer ver nada de esa película. Cuando pasó todo, Luca siguió mirando y estuvo contento del paseo con su papá y su mamá. Después me contó que la película era fea. Así de sencillo.

Pienso que me gusta ese recuerdo un poco traumático y breve.Es la confirmación de que hay algo que se transforma en uno cada vez que sale del cine si la película que vemos nos genera algo. Ya más grande, no muy seguido lloro, pero también he quedado sin aliento abstraída en lo que me devuelve la pantalla, me ha latido fuerte el corazón de nervios o de emoción, me he tapado los ojos porque sentía que no podía mirar, me he atajado fuerte de la butaca por miedo a salir volando (bueno, sí, soy exagerada a veces). Y cuando de verdad me adentro en las profundidades de la historia, tardo en volver a la realidad. Me cuesta bastante ponerlo en palabras, pero sé que quiero hacer cine para generar en alguien al menos, alguna de esas cosas que se me generan a mi cuando estoy frente a una película.

María Florencia Sosa

flososa@caligari.com

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