social share buttons Caligari, Revista cultural

Diario del festival. Día 5. El Perro de Ituzaingó


Ladrad cine. El Perro de Ituzaingó, de Patricio Carroggio

Las palabras siempre te van a llevar a algo, le dice el perro a Sofía, lo particular de esto es que quien lo dice es una persona que decide esquivar los diálogos en sus películas, pero no hacer callar a sus actores. El amor-odio entre el chileno y el perro. El amor-amor entre Sofía y el perro, más bien ella, como lo es su personaje, sólo ella, ya ni el nombre existe, pero la ausencia de lo particular es la potencia. Sofía habla de su amor platónico hacia el perro porque ve en él a un tipo capaz de llevar a cabo sus ideas. Hacer una selva en Ituzaingó. Convertir a Ituzaingó en Japón. El desayuno en la hierba en Ituzaingó. La muerte italiana de Pasolini en un Ituzaingó cordobés. Porque el elemento principal del cine del perro es su espacio. Un Ituzaingó propenso a convertirse en cualquier otro lugar sin dejar de serlo gracias al perro. Un perro fiel no abandona su hogar. Pero el perro ladra y muerde y eso a los chicos les encanta: “Entre la ternura y el delirio… no sé si me llegás a comprender… LSD… Rock and Roll, es eso…” ladra y luego reta a Sofía porque lo tutea y el perro se molesta porque quiere ser tratado como un señor, pero sólo por ella, por el chileno no, pero el perro la conoce tanto a ella que prefiere mantener distancia actoral ya que así va a brotar aquella mirada que desea su poética anti-autor. Porque el perro dejó de confiar en las palabras pero se afianzó a los ojos, y dejó de ver películas para sólo mirarlas, como hace con sus papeles que los mira pero no los lee y cree que el director también es actor frente a los actores que quieren saber lo que se va a filmar, pero nadie sabe qué se va a filmar, sólo se debe hacer y esta técnica de improvisar una vuelta al cine mudo tiene de difícil simplemente el 2016. Un reto este regreso a un pasado tan futuro, ya que en el mundo moderno, la gente habla más que nunca, pero a eso al perro le aburre y también ya lo experimentó todo antes, ahora sólo quiere callar, más bien decir las cosas como antes y como después, porque en el mundo moderno la gente habla tanto en vano hasta estallar y volver a recuperar el silencio. Es este silencio el que habla en las historias del perro. Los ojos. Las manos. Los labios de churrasco que se callaron para gritar en silencio. Hacelo como un pendejo o hacelo como un P3ND3JO.

Uno de los momentos más hermosos del documental, es cuando pasa de las indicaciones del perro a la actuación, en un lento acercamiento vemos reír a ella e irse metiendo en sus ojos, porque confía en los ojos que hay detrás de los anteojos del perro que quiere involucrar en sus ojos un pedazo de otro mundo en su Ituzaingó. Luego lo divertido es verlo ladrar, ladrar a sus actores, ladrar a los técnicos, ladrar su repulsión a la plata por su valoración hacia su tiempo, ladrar y confiar en todos estos: en los actores, en los técnicos y en el tiempo. Ladrar y crear dibujos en algo mucho más grande que un papel. ¿Para qué vamos a decir el nombre del perro si basta con decir el nombre de su amo? Ituzaingó. Ladrar como un perro. Ladrar cine.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

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