social share buttons Caligari, Revista cultural

Diario del festival. Día 1. Hierba


Hierba, De Raúl Perrone

Primer día de BAFICI, pude ir a ver dos películas: un clásico hollywoodense y otro experimento de Ituzaingó. “Luna de papel” de Peter Bogdanovich y “Hierba” de Raúl Perrone. Lo bueno de ir a ver dos películas tan distintas es que uno como espectador debe cumplir adoptar dos posiciones mentales diferentes para cada una. De “Luna de papel” no quiero decir nada, ya que se dijo demasiado. Es una película increíble y siempre es una sensación increíble poder ver un clásico así en pantalla grande.

 

 

Después de todas las historias, una fábula me resulta excepcional cuando quien narra rompe la norma: Fávula. Era necesario destruir el lenguaje para equiparar el ojo condicionado, al desorden, y no entendido el desorden como una marca negativa, sino placentera; un desorden hermoso que perdemos  de vista cuando miramos. El problema de la mirada: una mirada atada, una mirada diagnosticada con sólo una receta al ver: Comprender.  Vi Fávula sólo una vez y miento si escribo que comprendí la linealidad de la historia. No me importa ya que no creo que eso importe. Mis ojos se perdieron en esa selva artificial y deambulando en el aire los insectos sirven como un obstáculo perfecto para no saber a dónde hay que mirar. Cuando tenga otra oportunidad de ver la película, quizás, me concentre en otra cosa, ya que Fávula es una película particular: Una experiencia sensorial.

 


Hoy vi Hierba. Fue un día con muchos horarios y llegué justo a tiempo para la función que abría la competencia argentina. Mierda, llegué justo a tiempo sabiendo que la sala iba a estar llena. Me senté con un amigo casi delante de todo. Bajó el perro y como siempre ladró. Empezó la película y enseguida me incorporé y pensé: Voy a ver una película de Perrone. Entonces me senté a ver una película de Perrone y mis ojos disfrutaron del ambiente que sus últimas películas proponen. Hierba es el desayuno de Manet contado por Raúl Perrone y todas sus estrategias discursivas que rompen y a la vez construyen, porque en una ruptura los escombros quedan. La historia que narra, más bien se encuentra escondida. Pero no fue “el qué” lo que me impactó de Hierba, sino el “cómo”. Perrone, como si fuera un niño, juega a esconder a los personajes, privándolos del habla y enfatizando en la poética que hoy nos devuelve el cine a través de las imágenes y sólo las imágenes, y si hablo de una devolución, es porque Hierba (al igual que Fávula, P3ND3JO5 y Ragazzi) se encarga de redimir al espectador del fantasma del sentido. Ya que es una película de suspenso y a la vez no, es una historia en la que sus nudos ya vienen atados (y con cadenas) dado que es difícil seguir la linealidad de la historia y poder seguir disfrutando del poema: uno logra comprender su belleza cuando se libra de la búsqueda de sentidos y sólo se sienta a ver por la pantalla, como si fuera una ventana; estando en el cine, como si fuera un avión, o un tren subterráneo, ya que la película transita por debajo, o por arriba, del nivel narrativo que el cine argentino venía acostumbrado a brindar. Lo que importa de esta construcción es la mezcla de los escombros, porque una película que dialoga con el salón de los rechazados del impresionismo y termina con una versión remixada de “My Way” cantada por Sid Vicious, poco le importa ciertas convenciones cinematográficas. Había visto antes Luna de papel, pero si miraba con los mismos ojos películas tan diferentes era un idiota. Dos extremos completamente diferentes que no se pueden medir con las mismas reglas. Me dolía mucho el cuello porque estaba muy adelante y las imágenes eran gigantes, pero lo bueno de ver una película como Hierba tan adelante es que podés disfutar del ver, como mirás una pintura. Y entonces la pantalla era tan gigante y por momentos veía una esquina y descubrí que  algunas hojas se movían porque muy de a poco iba a convertir esa pintura en realidad.  Entre actos la ópera del perro se fundía en una corriente de emociones, que pasaba de la armonía al caos y del caos al dolor, para luego volverse a calmar, como el agua calma de las pinturas de Manet.

Por el riesgo de lo particular brota en mis dedos las palabras, ya que una historia sin palabras deja tanto por decir. Hierba esquiva el habla, pero es una película que trata del lenguaje: todo lo que se puede decir con la boca sin emitir un sonido. Una mirada, más fuerte que un grito. La espera, más dura que un encuentro. El silencio, una resistencia de la lengua.

Juan Pablo Barbero

juampabarbero@caligari.com.ar

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