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Después de Sarmiento

 

 


SINOPSIS
El Colegio Sarmiento está ubicado en Recoleta, un barrio de clase alta en Buenos Aires. En sus aulas cursan estudiantes de la Villa 31 y de sectores medios porteños. La organización del Centro de Estudiantes pondrá en evidencia las tensiones entre ellos. 
Buscando la integración, Roxana Levinsky, rectora y docente de literatura, propone un método pedagógico transformador, generando un intenso debate sobre la propia realidad de los jóvenes. Sin dar respuestas cerradas, Después de Sarmiento nos deja un inquietante interrogante ¿La escuela actual cumple el rol de integrar a los excluidos del sistema?

 

TRAILER:

 

Guión & Dirección: Francisco Márquez


Productora Ejecutiva: Nadia Martínez


Asistente de Dirección: Andrea Testa


Director de Fotografía: Guido Tomeo


Director de Sonido: Enrique Migliorelli - Pablo Orzeszko


Montajista: Iair Michel Attias (EDA)

 

DESPUÉS DE SARMIENTO:

Espacios INCAA. Cine Gaumont

Todos los dias: 11:50 y 20:10hs.

 

 

 

 

 

“La educación tiene que ser transformada”

Entrevista a Francisco Márquez.


Fundado a fines del siglo XIX y ubicado en el selecto barrio de Recoleta, el colegio Domingo Faustino Sarmiento encarna en sí la historia de la educación pública en Argentina. Receptor de estudiantes que viven cerca pero que provienen de condiciones sociales muy disímiles, el colegio actúa como caja de resonancia de las tensiones sociales que se dan en el resto del país. El clasismo de afuera que se reproduce adentro del colegio con la división entre los alumnos del turno mañana, donde la mayoría es de clase media, y los de la tarde, provenientes de la Villa 31.Con un registro observacional practicado casi en crudo, “Después de Sarmiento” arroja una luz crítica sobre el actual estado del sistema educativo.

 

El documental, que se estrenó el jueves pasado en el Cine Gaumont, es la primera obra del director Francisco Márquez. Egresado de la ENERC, colaborador de DOCA – la asociación de documentalistas argentinos que, desde una mirada crítica, buscan consolidar un nuevo cine latinoamericano -, Márquez integró un proyecto que impulsó la rectora del Sarmiento, Roxana Levinsky, que nucleaba jóvenes que no venían de la docencia tradicional para construir recorridos pedagógicos novedosos. “En el año y medio que trabajé allí percibí que se confrontaban dos modelos de escuelas distintos”, cuenta Márquez. “Uno, en el que la principal impulsora era la rectora, que apostaba a transformar la forma de educar. Y otro que, ante todo intento de cambio, se abroquelaba en sus viejas ideas respecto a lo que es la educación, y que percibía que todos los problemas en las aulas tenían que ver con una falta de disciplina”.

 

- ¿Cuál fue el enfoque, la hipótesis original, que capitaneó el documental?


Hacer un registro observacional puede llegar al engaño, a que se piense como una mirada objetiva, la cual claramente no existe. En el sentido más formal, lo que buscábamos era centrarnos en los chicos. Esto se debe a una cuestión muy elemental, y que a veces se olvida, que es que si la escuela no es significativa para ellos esta no tiene razón de ser. Otra premisa fue la defensa a la educación pública, que no buscamos, pero que se manifestó en un espíritu crítico. Porque a nadie le sirve hacer una película que hable maravillas de la educación pública, hay que problematizar al respecto. Lo que la película quiere manifestar es que la educación tiene que ser transformada.
Nuestro posicionamiento es en defensa de la educación pública, la cual tiene que transformarse, como se dice, “con todos los chicos adentro”, es decir, con un sistema inclusivo y obligatorio. Por eso no me interesó problematizar sobre la educación privada. Cuando nosotros pensamos la película, nuestra anti referencia fue (el documental) “Educación prohibida”, el cual propone un método muy progresista, pero sumamente elitista, privatista, liberal. Y nuestra apuesta es por la educación pública, sino no tiene sentido.

- En otras ocasiones, te referiste también a que ustedes pensaron la película como la “anti referencia del Canal Encuentro”.


- Hay ciertos documentales que, desde la corrección política, piensan las problemáticas como una cuestión que se soluciona desde la simple voluntad. Los chicos excluidos que viven en condiciones de marginalidad, pobreza y carencias aparecen pudiendo transitar una escolaridad sin conflictos gracias a una escuela que les cambia la vida. Y, para mí, es más complejo que eso. El Canal Encuentro realizó un documental sobre el colegio Sarmiento, al mismo tiempo que nosotros, en el cual no se muestra conflictividad. Muestra sí a un chico de la villa que supera un montón de dificultades gracias a la escuela y que, al final, termina dándose la mano con una chica de clase media que baila en el Teatro Colón.


El conflicto es lo más importante, no hay que negarlo, hay que problematizarlo. Y ese tipo de documentales no problematizan sobre los conflictos, los resuelven de una manera sencilla. Lo peligroso de eso, por bien intencionados que estos sean, es que son tranquilizadores: nosotros los miramos en la televisión y nos quedamos tranquilos. No hay que negar las cosas buenas que se hicieron, pero hay que pensar también cómo seguir transformando la escuela, no depositar esa transformación en el otro. Todos nos tenemos que hacer cargo.

 

- El año que viene van a estrenar otro documental  llamado “Pibe chorro” que trata de la estigmatización de los jóvenes de sectores populares y la arbitrariedad del sistema penal y represivo que se ensaña con ellos. ¿Vivís el cine como una militancia?

 

- Yo veo al cine como una herramienta de pensamiento, por eso nuestros trabajos se nuclean en “Pensar con las manos”. Yo tuve militancia partidaria en el PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas), escribo para DOCA y colaboro con La izquierda Diario. Respeto mucho el trabajo que se hace desde el cine militante y entiendo su importancia, sin embargo siento que este tiene un limitante: construyen discursos cerrados, discursos donde se transmite una sola verdad. Creo que el cine debería formular las preguntas más interesantes, las que no se hayan hecho, las que permitan al público reflexionar y construir pensamiento. Yo hago cine político y creo que hacer cine político es hacer militancia; no sé si hago cine militante. Si yo veo “Los traidores”, de Raymundo Gleyzer, no hay una verdad constituida; lo que él hace es trabajar el proceso, el desarrollo de un pensamiento. Y si Gleyzer no es cine militante no sé qué lo es.


En "Historia(s) del cine" hay algo que Godard repite mucho: “Nunca muestres todo el aspecto de las cosas, deja para ti un margen de indeterminación”. Ese margen de indeterminación es lo que a vos te permite pensar, es la fisura por la cual se puede filtrar el pensamiento. Y lo mejor que uno puede hacer con una película es generar pensamiento, porque eso es movimiento, es cambio. Si uno construye un pensamiento cerrado difícilmente pueda establecer una comunicación con el público.


Creo que el cine, de alguna manera, tiene que hablar sobre las cosas que nos pasan, tienen que permitir pensarnos. Puede ser una película sobre el amor o la vejez, no necesariamente tiene que ser “Pibe chorro”. Siempre hay un punto de vista y una visión del mundo que, si uno es honesto con su trabajo, lo lleva consigo. No pienso que necesariamente haya que hacer siempre películas sobre temáticas sociales y “comprometidas”, pienso que lo comprometido es el punto de vista y la relación con el mundo.

- Sin facilitar una receta redentora, el documental gira siempre en torno a una pregunta: “¿Cumple la escuela el rol de integrar a los excluidos del sistema?”. ¿Dónde empieza y dónde termina la inclusión escolar?

- Tanto la legislación (de la obligatoriedad de la enseñanza secundaria) del 2006 como al aumento al porcentaje del PBI que se invierte en educación a nivel nacional son elementos positivos, son la condición para que haya inclusión escolar, pero esta no termina ahí. Para que haya una verdadera inclusión se tiene que empezar a pensar la educación como una herramienta transformadora, que los chicos empiecen a verla como una herramienta que pueda transformar sus realidades. Uno de los profesores se preguntaba de qué servía que les enseñase a los chicos sobre San Martín o Sarmiento, y se respondía: “Les sirve en tanto yo enseñe la Historia en tanto proceso de transformación, no como una caja donde pongo conocimientos”. Hoy eso no es así.


Por otra parte, no se puede pensar la educación de manera autónoma a lo que ocurre en el conjunto de la sociedad. Un chico no se educa sólo en el aula, también lo está haciendo en su barrio cuando no tiene agua, cuando la única presencia del Estado es de carácter represivo. ¿Cómo contrarresta la escuela el atropello de la policía contra los chicos en los barrios? Sobre eso yo tenía una visión más idílica del rol docente antes de entrar al Sarmiento: los docentes que luchan, Carpa Blanca. Pero es más complejo. Dalma, una de las chicas del turno mañana, lo dijo en la radio la semana pasada: “Hay docentes que están en la escuela para transformar la realidad y otros que están para llegar a fin de mes”.

"Es inconcebible que un profesor no conozca los grandes debates del mundo, los grandes problemas contemporáneos, los grandes acontecimientos de la historia y que sobre eso no tenga ninguna posición"

 

“Es inconcebible que un profesor no conozca los grandes debates del mundo, los grandes problemas contemporáneos, los grandes acontecimientos de la historia y que sobre eso no tenga ninguna posición”, pincha Roxana Levinsky en una de las reuniones docentes de “Después de Sarmiento”. La mujer que en el momento del rodaje era directora del Sarmiento y profesora de Lengua y Literatura, propone en el documental un método educativo innovador, un sistema transformador en el cual los alumnos ganen protagonismo. Roxana problematiza, a lo largo de todo el film, sobre los prejuicios, las tensiones sociales y las dificultades que conlleva un añejo sistema educativo que no sabe adaptarse a los nuevos tiempos. Roxana ya no trabaja más en el colegio.

 

- ¿Hay un mensaje esperanzador en el documental en relación a la educación pública?

- Mucha gente me dijo que era esperanzadora y a mí me sorprendió, no porque no lo sea, pero no nos lo propusimos así. Yo pienso que la realidad se puede transformar,  sino no haría cine; pienso que hay que transformarla. Probablemente por eso nos hayamos volcado inconscientemente tanto en la figura de Roxana, porque es ahí, en su presencia, su empuje, su relación con los chicos, lo que nos da esperanza que las cosas se transformen. Pero si tengo que hacer un análisis general siento que la educación está en crisis y que Roxana es una excepción, no la regla.

 

- ¿Cómo recibieron los chicos el hecho de ser registrados diariamente en la intimidad de su dinámica escolar?

- Yo pensé que lo iban a recibir con más entusiasmo, la verdad. No les importaba mucho que hiciésemos una película. Excepto el primer día, en el que las chicas de primer año fueron maquilladas, nos ignoraban. Un chico que participaba mucho en el centro de estudiantes comentó, cuando surgió un debate en torno a eso mismo, que ellos estaban ocupados en otras cosas. La película estuvo en el festival de Toulouse: cuando les mandé a los chicos una nota que habían hecho del documental en un diario francés en la que habían salido fotografiados no les importó un carajo. Su vida pasa por otro lado.


Hubo un par de estudiantes que, después de ver la película, me dijeron algo muy interesante: que viéndose aprendieron algo de ellos mismos. Y entiendo que eso tiene que ver con algo que tiene el cine, con esa posibilidad de distanciarse y ver la realidad a través de otros ojos. Y eso, si hubiésemos hecho una película de entrevistas con voces en off, no lo hubiésemos logrado.

Maria Cafferata

macafferata@gmail.com

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