“Viviendo el sueño americano”
Estados unidos de amor (Zjednoczone stany milosci, 2016) de Tomasz Wasilewski

Rocio Molina Biasone 22 - Septiembre - 2016 Textos

 

M990: el Muro se ha caído. En Europa oriental se respira otro aire, se huelen otras oportunidades, se siente esperanza, anhelo de esa porción de “mundo libre” que merecen, de esos lujos, privilegios, decisiones individuales que se les han negado por sus enteras vidas. ¿Y ahora qué? ¿Qué implica que un Muro caiga, que las barreras de antaño dejen de existir, que ese símbolo de represión se derrumbe? O más bien, que sea, voluntariamente, derrumbado.
Tomasz Wasilewski se plantea esta pregunta en su último film. Hace de la caída del Muro el evento causante, el gatillo que lleva a cuatro mujeres de un poblado de Polonia a decidirse por un cambio en sus vidas. Sus historias y sus voluntades son consecuencias, a la vez que analogías de dicho suceso. Son relatos-espejo de un evento, pero narrados desde la perspectiva de un cineasta polaco casi treinta años más tarde. Es una mirada pesimista, desilusionada, consciente de que esa “liberación” no fue necesariamente auténtica, que la promesa de oportunidades que venía de Occidente era una simple estrategia de marketing, y que acceso al mercado capitalista no era sinónimo de felicidad y libre albedrío.

Si analizamos algunas de las elecciones narrativas que hay en este film, podemos dar cuenta de esta mirada del autor, de cómo el guión se construyó como representación simbólica de la caída del Muro de Berlín.
Podemos empezar por el título mismo: Estados unidos de amor. El amor es para las protagonistas de esta historia, lo que los Estados Unidos eran para muchas personas viviendo en Europa Oriental durante la segunda mitad del siglo XX. Una esperanza, una promesa de cambio, eso que representa la libertad, la felicidad. Aquello a donde hay que dirigirse para sentirse íntegro. Y así como Estados Unidos no era ni es, precisamente, “el país de la libertad”, ese amor a que las mujeres del film aspiran, estará lejos de ser su salvación.
La estética, a su vez, es de por sí un indicio de aquello: la falta casi total de colores, la atmósfera más bien gris, apagada, la puesta en escena que nos marca distancia en el punto de vista; estos elementos acompañan las acciones incompletas, las intenciones nunca esclarecidas, los anhelos silenciosos e implícitos de las protagonistas. Pero este universo, con su tono angustiosamente frío, no podría coincidir jamás con un momento tan prometedor y feliz como aquel que se inauguró en noviembre del 1989, ¿o sí?

Digna a destacar es también la estructura del guión, pues las cuatro protagonistas no se mantienen como tales a lo largo de toda la película: la trama podría subdividirse en tres tercios, cada uno centrándose en la historia de una de esas mujeres, mientras que las otras dos aparecen como extras o simples bolos. La cuarta mujer, que se podría decir no llega nunca a la posición de protagonista, es Marzena, y aunque nunca tiene su propio y único espacio de relevancia, su importancia va haciéndose gradualmente mayor: al principio, como amiga y colega de Agata (primer protagonista); luego aparece como hermana y confidente de Iza (segunda protagonista); y por último es ella el interés romántico de su vecina Renata (tercer y última protagonista).
Son todas mujeres que viven en un mismo pueblo, un mismo edificio, pero que apenas cobran importancia en la vida de las otras. Los motivos del autor al estructurar su película de esta forma pueden ser varios, pero no me quedan dudas de que su elección fue más que consciente. Wasilewski podría, sencillamente, haber alternado escenas de una protagonista y otra, haciendo coincidir los puntos de giro y clímax de una historia y otra, a lo largo de la duración del film. Y sin embargo optó por una tajante división entre estos microrrelatos, por contar cada historia de un tirón, de principio a fin. Y así nos transmite otra contradicción: que en la nueva realidad supuestamente abierta, ese mundo intercomunicado, esa creciente globalización, cuatro vecinas apenas son conscientes de la vida de la otra. Que aquella mujer que era apenas una cliente algo extraña que le alquilaba videos a Agata, súbitamente se llama Renata y es Agata ahora la que recibe el status casi anónimo de vecina. Tanta comunicación, tantas relaciones, tanta información, y nadie sabe nada.

La selección de cuatro mujeres como protagonistas tampoco parece casual, aunque en mi opinión, sería errado afirmar que esto se debe a la descripción de un “universo femenino”. Si esta fuera la intención del autor, la película perdería mucho de su valor, pues se trata de protagonistas en crisis, celosas, posesivas, carcomidas por el deseo de poder amar y ser amadas por personas inalcanzables… No creo tener que explicar por qué no me parecería adecuado llamar a eso una ilustración de lo “femenino”. Mas aún así sostengo que una razón hay para hacer que estos personajes sean mujeres, y no es una mera idea sexista de que a las mujeres solo las mueve el romance prohibido y el amor posesivo y disfuncional.
Ya habiendo expuesto mi parecer respecto a las analogías que este film establece respecto a lo que representó la caída del Muro en la historia mundial, voy a tomar la elección de protagonistas femeninas como parte de aquella intención. Y es que de hecho fueron las mujeres las engañadas con este mito del amor, con que la salvación estaría en concretar un deseo carnal y romántico. Parte del sueño americano es encontrar el amor, alcanzar un equilibrio y satisfacción. El amor es, a la vez, la gran ilusión, y la gran mentira, que el discurso occidental utilizó para vender gran parte de su ideología.
La libertad y el crecimiento económico prometido por Occidente encuentra su analogía en este film, como ya dije, en el amor. Y como muchos de los oprimidos en este mundo, a las mujeres también les prometieron sus varias libertades bajo falsos pretextos: les prometieron poder decidir sobre sus cuerpos, les prometieron el pleno goce de su sexualidad, les prometieron independencia económica, les prometieron participación política, les prometieron igualdad salarial. Les prometieron mucho, pero siempre aclarando: “lo mejor que puede hacer una mujer, es dar amor”.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

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