“El hombre blanco os salvará”. Wind River (Viento Salvaje) (2017), de Taylor Sheridan

Rocio Molina Biasone 31 - Octubre - 2017 Textos

 

[Al parecer existe una versión censurada de la película que fue proyectada en algunas salas, en la cual no se incluye la escena de la violación, y posiblemente tampoco se muestren algunas imágenes explícitas que si se encontraban en la versión sin censurar]

 

El ámbito de la cultura popular y del cine, mainstream o independiente, se encuentra desde hace unos años en una encrucijada ideológica. Los reaccionarios ya no están cómodos, mas de alguna forma, quienes creemos que el cine y el entretenimiento no necesitan caer en los mismos estereotipos una y otra vez para deleitarnos, tampoco lo estamos. Los reaccionarios están incómodos porque se ha dejado en evidencia que la mayoría del contenido audiovisual popular, que durante tanto tiempo han admirado y disfrutado, está lleno de sexismo, racismo y homofobia (entre otras tantas cosas). Y el resto de nosotros estamos a la deriva, aún, porque lo único que la industria parece saber hacer en pos de lograr que el entretenimiento y el arte sean menos chapados a la antigua, es saturar las pantallas con remakes, reboots, spin offs — y símiles productos de una severa falta de creatividad — con protagonistas mujeres, o no caucásicos, o de la comunidad LGBTIQ: lo único que este fenómeno ha dejado en evidencia es lo profundamente perdidos que se encuentran los guionistas, directores y productores de la industria a la hora de pensar historias desde cero que incluyan personajes que no sean cisvarones1 blancos en un rol que no sea meramente complementario.
Sin embargo tenemos también otra tendencia, la de hacer películas chapadas a la antigua pero en la que se toque alguno de estos “temas de moda”, intentando así (y a menudo lográndolo) dejar satisfechos a ambos públicos, pues nos encontramos en una historia de las “buenas”, de las que solían contarse, pero que aún tienen la “decencia” de reconocer que existe el machismo, y que existe la discriminación por etnia. En este área gris de cine ‘pseudo-progre’ se encuentra Wind River, la última película de Taylor Sheridan. Se trata de un western millennial, así como lo fue la aclamada Hell or High Water, también escrita por Sheridan: hombres rudos y forajidos, que se encuentran al borde de la ley y que la rompen en nombre de la justicia, o por motivos egoístas mas nobles a la vez. El error de Sheridan en su nueva película, fue abordar dos problemáticas que en su anterior guión dedicado a dos pobres hombres white trash2 apenas se mencionaban: la violencia de género, y la discriminación a los pueblos indígenas por parte del mismo Estado.
Y digo error, porque cuando alguien cuyo único fuerte es escribir historias con héroes y antihéroes blancos tan violentos como sabios (repito, en resumen, cowboys), se dispone a incluir temáticas como estas en su guión, sin entenderlas en profundidad, o en lo absoluto, el resultado es predecible: el hombre blanco salva el día, mujeres e indios están eternamente agradecidos.

La historia se desarrolla en una de las reservas indígenas que existen en el oeste de los Estados Unidos. En esta zona casi abandonada por el gobierno, los habitantes llevan una vida dura y que se nos presenta con un determinismo feroz, con ese clima gélido compartiendo el rol de antagonismo con el hombre, o los hombres, que violaron a una joven, provocando que esta escapara y muriese por congelamiento en el medio de la noche. Jeremy Renner es un cazador. Así se nos presenta, y es ese el rasgo más importante que tiene su personaje: es un cazador bueno y sensible, quién sabe, tal vez sea el mismo que rescató a Caperucita Roja, o que en su humanidad le salvó la vida a Blancanieves. La máxima que se repetirá de forma más o menos implícita a lo largo de la trama está profundamente vinculada a este hecho: los hombres que violan y matan mujeres son bestias, y a las bestias no se las arresta, no se las juzga, no se las ve como humanas. A las bestias se las caza, y se las matan.
Jeremy Renner no es solo el héroe por su gran y violenta hazaña final. Jeremy, además, sabe todo, y Jeremy nos explica. Si desmigajamos cada escena de diálogo que el personaje de Renner, Cory Lambert, tiene con la detective Jane Banner (Elizabeth Olsen), o con su viejo amigo Martin, padre de la víctima y hombre indígena, encontraremos un mismo patrón constante: tanto Jane como Martin se encuentran a la deriva, perdidos por motivos diversos, y en cada escena en la que hablan este estado se renueva. Sus líneas de diálogos son acotadas, predecibles, y no hacen más que volver a lo mismo, están perdidos.
Jane, porque es una mujer de la gran ciudad en un terreno inhóspito, y su misma presencia es motivo de burla por parte de los locales. Jane, de hecho, es colocada una y otra vez en el lugar de niña, ya desde su inicial confusión, pasando los paralelos que se trazan entre ella y las hijas asesinadas de Martin y de Cory; hasta el momento final en que la vemos en una cama acobijada como niña, herida y finalmente llorando por lo horrible que es el mundo, mientras es consolada, por supuesto, por Cory. Diga lo que diga, incluso cuando se trata de sí misma, Jane está equivocada. Todo diálogo entre los dos “protagonistas” consiste en una afirmación o duda de la detective, que es automáticamente negada o corregida por el cazador. Él siempre está un paso adelante, y prácticamente resuelve todo el caso solo, pero al final, como es un hombre bueno y paternal, corrige una vez más a Jane, y le dice que no fue cobarde, sino que ella fue muy, muy valiente.
Desde ya que analizar lo unidimensional de un solo personaje femenino y su relación con el héroe no es suficiente para establecer una visión global, por lo que es necesario mencionar también el resto de las relaciones mujer-varón, y cómo son representadas las demás mujeres. Empecemos por la ex-esposa de Cory: indígena, y la única que se muestra en una posición de confianza en sí misma, una postura que, al estar en contra de la de su ex esposo, nuestro héroe, la deja en el lugar de la mujer fría y distante. Todas las mujeres en la película, de hecho son presentadas con sentimientos intensos pero poco complejos, y todas pueden ser descriptas en una o dos palabras. Sin embargo, es esta mujer, la que peor simpatía genera, la única que se posiciona en un rol no vulnerable.
Tenemos luego a la esposa de Martin, la madre de la muchacha violada. Solo la vemos en una escena, ni siquiera hablando, simplemente cortándose los brazos. Esto contrasta con el dolor de su marido, un dolor locuaz, poético, complejo, fuerte. Es capaz de dialogar con su amigo, así como de pelearse con Jane. La última mujer por mencionar, es la víctima. En una escena de flashback hacia la noche del crimen, se muestra a la joven que llega a visitar a su novio al lugar donde trabaja y duerme, pensando que estarían solos toda la noche. En esta conversación íntima entre amantes, el patrón se repite. La muchacha le sugiere al novio diferentes lugares a los que podrían ir a vivir, pero a todos él responde que no. Esperen, ¡eureka! Él tiene una idea mejor, que describe en un monólogo complejo, enternecedor, lleno de profundidad, a lo que su novia no puede sino responder “Sí, quiero ir ahí.”
Si a esta caracterización de lo femenino como lo superfluo e ingenuo, y de lo masculino como lo profundo y lo sabio, le sumamos una escena de violación gratuita y la ligera sugerencia de que la mujer es la culpable, tenemos un western o un policial igual a los otros tantos hechos anteriormente. No debemos confundirnos, pues escribir un personaje femenino en el papel de figura de autoridad, si no vas a darle autoridad ni a crearlo con complejidad, no alcanza para hacer una película que esté al día y que demuestre haber entendido que el prototipo de “damisela en apuros” hace rato que quedó atrás.
Lo mismo pasa con los personajes indígenas: los realizadores modernos parecen creer que alcanza con hacerlos hablar y aclarar que son buenas personas, o que mientras no estén acudiendo al blackface3, su película les hace justicia. Lo que sucede en realidad, en esta película, es que la coreografía verbal que constituye la lógica de las conversaciones entre el personaje de Cory y las mujeres es casi idéntica a la que se construye cuando nuestro héroe habla con personajes ‘indios’. La plática con su amigo Martin, padre de la víctima, tiene la misma estructura: Martin dice que está perdido, que no sabe qué hacer, Cory le da un largo discurso relatando todo lo que siente ahora, todo lo que puede esperar sentir en el futuro, y qué debe hacer con su duelo. La conversación termina, de hecho, con Martin pidiéndole que si encuentra al ‘animal’ que hizo esto, que lo mate. Hacia el final, cuando todo esté resuelto, se verá que Cory, una vez más, ha salvado el día, pues además de salvar a la damisela, salva a su pobre amigo indio del suicidio y le hacer ver razón.
El siguiente intercambio sucede entre Cory y el hijo de Martin, un joven que se pasa el día drogándose con unos amigos, también indios, también adictos. Al muchacho se le da la oportunidad de hablar de su vida, de que no es feliz, de que es el lugar que los destruye y ser indio es una condena a una vida de miseria en ese país. El diálogo llega a un punto sumamente ridículo cuando Cory se enoja con él, y le da un discurso que podría resumirse en “sí, soy blanco, pero sufro las mismas injusticias que vos y este lugar es también mi lugar.” Otra vez, el hombre blanco nos trae su sabiduría, y nos hace ver que está bien, hay discriminación, pero que “tampoco la pavada.”

De esta forma, Wind River se coloca en esa lista de películas que “están bien”, porque técnica y estructuralmente es interesante, porque se corre del cine de superhéroes, porque su protagonista tiene líneas de diálogo bien escritas, y porque se le escapa al cliché de la improbable relación de interés romántico entre protagonistas; pero que aún así no son suficiente. Ya no nos basta con que el único personaje complejo e interesante sean el varón y el blanco. Ya no nos basta con “figurar”, o con poder hablar, o con corrernos del eje antagonista. Porque la historia que se cuenta es siempre la misma: el hombre bueno contra el hombre malo, la civilización contra la barbarie, el héroe que rescata a los débiles, el padre que protege a sus hijas e hijos, el determinismo étnico y biológico al cual no debemos ni intentar enfrentarnos porque no tiene sentido, el cuerpo de las mujeres y su visibilidad como el detonante de la violencia masculina, el morbo por la mujer muerta y las escenas de violación gratuitas (porque si una escena así no informa, ni ofrece un ángulo nuevo, ni sirve para otra cosa que para ver cómo violan a la mujer, el único fin que cumple es hacer sentir a las mujeres del público violadas ellas también — acto sin revancha alguna, pues la venganza es del padre, no de las mujeres).
Guionistas, directores, productores, es tiempo de ir más allá de la “historia de siempre”, porque ya aprendimos hace rato que el cazador existe en los cuentos de hadas, y que nunca un hombre blanco ha querido salvarnos.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

 

1. Se le dice cis al varón o mujer que se identifica con el género que le fue asignado al nacer, es decir, al que le fue atribuido a raíz de sus genitales.
2. White trash (literalmente, “basura blanca”) es un término despectivo que se utiliza en los Estados Unidos para referirse a la gente blanca y pobre, particularmente a aquellos que viven en las zonas rurales del sur del país.
3. Blackface, yellowface y brownface son los recursos que se solían usar — y se siguen usando aunque de forma más esporádica y sutil — para poner a un actor caucásico interpretando un personaje negro, asiático o de tez marrón, es decir, a personajes de otras culturas o etnias. Este recurso era usado y abusado durante el cine clásico, pero hoy ya es visto como un absurdo racista (ya que hay actores de múltiples formas, tamaños y colores, y no hace falta adecuar todo rol al de un actor o actriz de tez blanca, o utilizar una piel como ‘disfraz’).

Wind River