Forma y contenido. Viaje a los pueblos fumigados (2017) de Fernando E. Solanas

Eduardo Savino 3 - mayo - 2018 Textos

 

 

 Es difícil, como espectador, reconocer que un cineasta que alguna vez contó con un valor notorio empieza a quedar varado en un camino que exige renovaciones constantes. El formato de panfleto político de Pino Solanas era indudablemente efectivo en la efervescencia política de los años 60 y 70 y, aun en ese momento, era objeto de crítica por parte de otros directores de cine que pensaban el arte y la política como un todo. Glauber Rocha criticaba en la famosa película de Solanas y Octavio Getino, La hora de los hornos, ese formato panfletario, útil al activismo político pero limitado en sus posibilidades de una construcción más profunda del sentir latinoamericano: el intento de denunciar la existencia de un neocolonialismo quedaba eclipsada por utilizar procedimientos narrativos que no permitían soñar un pueblo emancipado; en cambio, lo que quedaba, era una racionalización europeizante del problema latinoamericano. Theodor Adorno también veía en algunos artistas de la posguerra el compromiso político como una contradicción: los contenidos giraban alrededor de problemas de la clase obrera, pero las formas respondían a las construcciones burguesas más clásicas.
            No podemos decir que este sea precisamente el problema de Viaje a los pueblos fumigados (Solanas, 2018), si es que el problema es uno. Porque, decíamos, el método de denuncia funcionaba a nivel de las organizaciones políticas que realizaban proyecciones de las películas del Grupo Cine Liberación. Pero aquella épica militante de los sesentas daba sentido a la existencia de esas películas: hoy, esto no sucede. Pino, con toda la nobleza de su trayectoria encima, prefiere seguir pegado a las formas más burdas y efectistas del documental a fines de mantener intacto -al menos, en apariencia- su compromiso político. En apariencia, porque no es poco importante recordar que el mismo Solanas que realizó la histórica entrevista al Perón más revolucionario en el exilio (Perón: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, 1971) fue compañero de fórmula de Elisa Carrió en 2013. (El lector sabrá disculparme estas digresiones, pero es difícil, evidentemente, mantener activismo político y técnica cinematográfica disociadas cuando hablamos de Pino.)
            Los procedimientos narrativos de la nueva película de Pino Solanas preocupan más que sus repentinos alejamientos del tema central, que parece ser el de los efectos de los agrotóxicos en las poblaciones, aunque durante veinte minutos estemos, de pronto, escuchando sobre soja y deforestación (naturalmente, todo está asociado, pero por momentos uno no sabe cuál es en verdad el hilo conductor). La voz over es aletargante. Una técnica que, aunque más aceptable en documental que en ficción, tiene que estar justificada. Decir: “Fui a Salta a presenciar la deforestación” mientras se muestra en tres planos cómo se deforesta un bosque en Salta es casi una falta de respeto al espectador. En la misma línea, un primer plano de un habitante de un asentamiento precario que suelta una lágrima mientras relata sus desgracias -con música melancólica de fondo-, es execrable. El golpe bajo es un recurso de montaje para el que no puede generar el efecto deseado con el material que tiene y que no puede transmitir una idea sin tocar una fibra sensible. El cineasta está diciendo: el espectador no me va a entender, pero puedo hacer que se emocione si lo arrastro a la fuerza a determinado sentimiento. Lo peor, es que genera el efecto contrario. Algo similar pasa con la reconstrucción en imágenes del relato de una docente de escuela rural. Mientras la mujer cuenta de una vez que pasó el mosquito (la avioneta fumigadora) por encima del patio del recreo mientras los chicos jugaban, la película va armando ese relato en imágenes actuadas por sus propios protagonistas. Una técnica que si no se exagera o parodia (como en The Jinx: The Lives and Deaths of Robert Durst, la serie de HBO escrita y dirigida por Andrew Jarecki en 2015) y al mismo tiempo se hace evidente, termina por caer en la falsedad. Pino expone el truco sin querer y queda mal parado en su intención denunciante: ¿quién puede confiar en los argumentos de alguien que hace pasar una escena de ficción como parte de un documental?
            Algunos aciertos hay que reconocerle. Es interesante cuando nombran un determinado lugar y, en el corte, se produce el desplazamiento a ese lugar. Un procedimiento clásico, seguro, pero que no carece de efectividad y tampoco cae en el cliché. Otro punto alto es que si bien la estructura es un poco pretenciosa -la película está dividida en 10 partes, cada una con su título y divididas, a su vez, en dos o tres partes más, marcadas por penosas placas en negro con letras blancas, a la manera de La hora de los hornos-, no hay una cronología marcada y por momentos volvemos a ver personajes que ya vimos anteriormente en la película, dando lugar a cierto dinamismo en los puntos de vista que otorga un panorama general sobre los temas trabajados. La realidad es que Pino acierta en un punto central de su discurso: ni los medios de comunicación, ni los gobiernos, ni la mayoría de las agrupaciones políticas le dan prioridad a un tema que es de emergencia para gran parte del país. Su película, aunque contribuye tratando de abrirse paso para exponer la cuestión de los agrotóxicos, podría haber ido un poco más allá en cuanto a lo formal. Podría haber buscado un camino un poco más arriesgado para un tema que, sin dudas, requiere mayor visibilidad.
Hacia el final, sin embargo, me queda un detalle más por remarcar negativamente: Solanas agrupa en un montaje -con su inconfundible voz en off, detrás- imágenes de políticos de todo el arco ideológico, haciéndolos cómplices del silencio en torno a la cuestión de los agrotóxicos, y no se priva de incluir en el escrache a la ya mencionada Carrió. Todos cometemos errores, seguro. Pero, Pino: hágase cargo de los suyos, si va a exigir lo propio del prójimo.

Eduardo Savino

eduardosavino@caligari.com.ar

Viaje a los pueblos fumigados