El oficio de narrar una historia dentro de otra. Viaduc (2015), de Patrice Laliberté

Juan Aguirre 28 - Enero - 2017 - Foco: VII festival online MyFrenchFilmFestival

 

¿Qué es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre o malo? Viaduc (2015), el cortometraje de Patrice Laliberté que se puede ver online hasta el 13 de febrero en el marco del My french film festival, nos ofrece una chance interesante para reflexionar al respecto. Personalmente, no creo que sea la fotografía, ni el diseño sonoro, ni la música, ni las actuaciones, ni la composición de los encuadres. Todo eso está muy bien, es cierto. Pero también es cierto que con frecuencia nos encontramos con películas que cumplen con estos requisitos y sin embargo sentimos que no alcanzan esa categoría de “grandes historias”. Les falta algo.
En un ensayo sobre las formas de los cuentos clásicos y modernos, el recientemente fallecido Ricardo Piglia, sostiene que el cuento clásico narra una historia en primer plano y construye en secreto una segunda historia. Piglia afirma que el arte del escritor de cuentos clásicos, consiste en cifrar la historia secreta en los intersticios de la historia explícita.
Creo que Viaduc es una sólida confirmación de la tesis de Piglia sobre las formas del cuento clásico. No insisto con esto del cuento clásico porque me guste repetir la palabra “clásico”, sino porque Piglia diferencia a éste del cuento moderno por la manera en que uno y otro trabajan y resuelven la tensión entre esas dos historias. Pero eso no viene a cuento acá.


La cuestión es que en cinco o seis escenas, el realizador canadiense construye con precisión la historia de Mathew, un adolescente de unos quince o dieciséis años que pinta graffitis, anda en skate, fuma marihuana y no parece tener ningún punto en común con sus padres. Y entre los planos con que retrata a ese protagonista, va dejando las pistas para comprender que en realidad se trata de un chico que está triste porque su hermano murió. En cinco o seis escenas, se las ingenia para esconder una historia adentro de otra y como quien no quiere la cosa pone en práctica algunas de las lecciones más elementales sobre el cine: suspense, crear un prejuicio para poder derribarlo después, metonimia, clímax, efecto único. Nada mal para un corto de dieciocho minutos.
La primera escena es vertiginosa y se permite transitar el género policial, mientras que el resto del relato está más bien en la línea del melodrama. Mathew camina de noche por los suburbios llevando un tablón largo con dos sogas atadas a los extremos. La primera imagen ya despierta la curiosidad: ¿Qué es ese tablón? ¿Para qué lo va a usar? Llega hasta un puente que pasa sobre la autopista, ata las sogas y deja el tablón colgando para usarlo como andamio y pintar un graffiti. Los autos pasan peligrosamente cerca y a lo lejos comienza a escucharse una sirena. Mathew sigue pintando, la policía se acerca y el suspense crece, Hitchcock no podría estar más orgulloso. En el momento en el que el patrullero se estaciona y los policías bajan para detenerlo, Mathew logra trepar y empieza una persecución a pie muy bien filmada. Nuestro protagonista escapa, llega a su casa y el espectador se va a quedar hasta el final, porque si el principio es bueno, la mitad del trabajo ya está hecho. No llegamos a ver el graffiti completo, y en esta elusión de la información está la primera pista y la clave de la historia oculta.


En la segunda escena, el director caracteriza al protagonista por su relación con la familia, se construye un prejuicio que será derribado al final: el pibe es un adolescente que no hace otra cosa que mirarse el ombligo. Bien entrada la mañana, Mathew está dormido en el sillón del living de la casa. Aparece la madre y empiezan los reproches: para algo tenés tu habitación, seguro que no dormís ahí porque está desordenada y no se puede entrar, si sacás la leche de la heladera guardala, si abrís la puerta de la alacena cerrala. La madre es un poco pesada, pero no se puede negar que tiene algo de razón. Mathew escucha en silencio las quejas y se limita a pedir permiso para ir a verse con sus amigos a un parque de skate. Permiso concedido, con la condición de que vuelva a tiempo para ir con toda la familia a recibir al hermano que llega a las cinco al aeropuerto (todavía no sabemos que murió). Mathew se va a bañar, sale del baño, entra a la habitación de su hermano, ordenada e intacta, y agarra una gorra roja (otro indicio sobre la trama fraternal escondida).
Escena siguiente: travelling largo, larguísimo, siguiendo a Mathew que patina por los suburbios. Ya en el skatepark una cámara picada, casi cenital, nos muestra a Mathew sentado en una mesa y a uno de sus amigos que apenas entra en cuadro. El resto de la locación y personajes aparecen sólo en el plano sonoro. Puede que hayan filmado la escena en el patio de una casa o adentro de un garaje, pero Laliberté se las arregla para hacernos creer que ahí hay un parque lleno de gente, autos, pájaros y perros. Una parte por el todo, metonimia llevada al extremo. Mathew dibuja sobre la mesa, fuma marihuana y habla de cosas sin importancia con sus amigos.
Camino al aeropuerto, Mathew va sentado en el asiento trasero del auto. Después de pasar bajo un puente, se da vuelta y lo observa, buscando algo. Es el mismo puente en el que pintó el graffiti (que seguimos sin ver) y una nueva pista de la historia del hermano muerto. Ya sea por la sutileza del gesto, por mi propia torpeza, porque el graffiti no se ve o porque casi todos los puentes que pasan sobre las autopistas son como los chinos, que se parecen para aquellos que no saben mirar, recién pude descubrir que voltea a ver el graffiti, la segunda o tercera vez que vi el corto, ya conociendo el final.
Durante la escena del aeropuerto nos enteramos que el hermano era soldado y está muerto. Mathew está parado junto a sus padres y a una formación de militares. De un avión en el extremo de la pista bajan un ataúd envuelto en la bandera de Canadá que es cargado por varios soldados hasta un coche fúnebre. Vemos a Mathew emocionado por primera y única vez.
La última escena, es en el auto familiar de regreso a casa. Mathew tiene los auriculares puestos, parece enfrascado nuevamente en su ombliguismo adolescente. Se acercan al puente de la primera escena y esta vez, Laliberté nos permite ver el graffiti: “Adiós Hermano. 1987-2011”. El padre, que hasta el momento apareció tres o cuatro veces en cuadro, y que no dice una palabra en todo el relato, advierte el mensaje de despedida. A través del retrovisor intercambia una mirada con su hijo, conecta con él y se emociona por un instante, breve pero intenso (no se necesita más). Mathew sonríe.

Este final es un ejemplo perfecto de las lecciones sobre clímax y efecto único que se pretenden enseñar en libros y clases de guión. Encarna eso que en palabras de Luisa Irene Ickowicz es una verdad que “emerge desde la interioridad del relato (...), que hasta ese momento permanecía oculta y que ilumina retrospectivamente todo lo que visto y escuchado. Es decir, descubrimos que esa verdad que se manifiesta en ese momento subyacía en todos los hechos, desde la primer a imagen, y sin embargo, no pudimos ver ni dimensionar”.
Retomando la pregunta del principio, podríamos tratar de imaginar cómo tendría que ser Viaduc para ser un corto mediocre en lugar de un gran-breve relato. Tal vez la diferencia sea minúscula, casi imperceptible. Con una fotografía linda, encuadres pensados, buena música y diseño de sonido, un montaje y actuaciones correctos, Mathew podría ser retratado de la misma manera: como un adolescente que pinta un graffiti cualquiera, escapa de la policía, habla poco con su madre, anda en skate, fuma marihuana. Sobre el final nos enteraríamos que tiene un hermano muerto y está triste. Volvería a su casa y aparecerían los créditos. Prácticamente es lo mismo.
¿Es posible que el asunto se limite a conocer intuitiva o académicamente las premisas narrativas que repasamos antes? ¿Es posible que las pocas diferencias se alojen en decisiones tan sutiles como ocultar un graffiti y revelar su contenido al final, con un plano breve de apenas unos segundos? Creo que sí, pero también creo que para eso es necesario planificar y preparar el terreno, dejando indicios igual de sutiles y delicados, para que el espectador pueda extraer una verdad.

Juan Aguirre

juanaguirre@caligari.com.ar

Viaduc