Saber que en algún lado estás. Venían a buscarme (2017), de Álvaro de la Barra

Juan Cruz Bergondi 23 - Marzo - 2018 Textos

 

Philippe Dubois dijo en una conferencia que no existe memoria que no sea una imagen. Venían a buscarme, la película de Álvaro de la Barra, le da la razón. Es sabido que el cine es una forma del pensamiento, y es la forma que muchos hijos de las sangrientas dictaduras latinoamericanas encontraron ideal. Tanto la apropiación del material de archivo como la articulación de la voz en off en primera persona son rasgos que hacen al autorretrato. ¿Qué otra cosa podría hacer un hombre que creció con una única foto vieja como testimonio de la existencia de sus padres?
Los padres de Álvaro de la Barra, militantes del MIR, fueron asesinados a una cuadra del jardín de infantes donde debían buscar a su hijo. Tras la tragedia, el bebé de un año pasa de mano en mano hasta que su tío, el hermano de Alejandro, su papá, le envía un pasaje con destino a Paris. Viaja solo en avión en una canasta al cuidado de la azafata del vuelo. Después de Francia, llegó Venezuela, donde se crió, y recién adulto volvió a Chile para recuperar su identidad. ¿Es hijo de dos jóvenes chilenos –como tantos otros chilenos en tiempos de Pinochet- acribillados a plena luz del día? ¿O es el que le dijeron que era mientras aprendía a hablar? ¿El que a partir de retazos de conversaciones sospechaba que vivía en alguna parte de sí?
Nieto de un reconocido director de teatro, sobrino de un cineasta, hijo de una madre actriz, al desandar el camino encuentra, más allá de los relatos de los entrevistados, las fotografías que nunca vio. Todo en Venían a buscarme quizá se dirija a ese final, motivado por saber si existió una prueba de su pasado, si en algún lugar queda la huella de que en su familia fueron tres. La película hilvana un testigo tras otro. Álvaro de la Barra fatiga Chile no en busca de verdad sino en busca de un relato. Y es que nadie puede negarte la posibilidad de un relato. La intención de la película no bebe de la misma fuente que otras películas hechas por los hijos de la violencia estatal de los setenta, como –por nombrar una- Los rubios, de Albertina Carri. Si aquella logró pensarse para desestructurar artificios socioculturales al tiempo que reflexionaba sobre el dispositivo y hondaba en la historia personal de la directora, la película chilena guarda una ambición más modesta: rearmar –si es posible- una identidad, quién en verdad soy yo.

Tenés que prestarle atención al rostro de Álvaro de la Barra. Poco a poco, a medida que pasan los minutos, se va dejando ver. Al comienzo, permanece en las sombras hasta que la luz entra por la ventana. Contemplar fotografías es mirarte también vos mismo, igual que cuando otro habla de vos. El carozo de la obra lo atesora la escena en que entrevista a la que entonces era su maestra de jardín. Juntos pueden recrear –tan sólo con palabras porque el horror no se puede ver- la última tarde de sus padres, que iban a recogerlo. No alcanzaron siquiera a salir del auto ni a abrir la puerta: mucho menos a verlo por última vez. Se quedaron cerca y se los llevaron lejos. Ver el rostro de Álvaro, comprobar en sus ojos que sentís lo mismo del otro lado, desde esta vereda, es renovar la confianza puesta en el cine de que todavía puede dar cuenta de los hombres y su dolor.

Juan Cruz Bergondi

juancruzbergondi@caligari.com.ar

Venían a buscarme