Tramitar la muerte. Un monstruo viene a verme (2016), de J.A. Bayona

Carla Leonardi 6 - Febrero - 2017 Textos

 


El director español Juan Antonio Bayona, en su última película “Un monstruo viene a verme” (A monster calls”, 2016), continua trabajando la temática que ya venía desarrollando en su película anterior “Lo imposible” (2012). En ambas se trata de cómo recomponerse después de las catástrofes. Si en un caso se trataba del desastre ambiental del Tsunami que golpeaba a la familia, y se enmarcaba dentro del cine dramático de catástrofe, aquí se trata del cáncer que sufre una madre y cómo su hijo aborda esa inminente pérdida, apelando al registro de lo fantástico.
La película es una adaptación de la novela homónima del escritor y periodista estadounidense Patrick Ness. Abre con un prólogo donde un fuerte vendaval azota a un árbol, mientras una iglesia cae a pedazos, y la mano de un niño al borde de un agujero en la tierra intenta sostener a una mano que se zafa, mientras grita: Mamá! La respiración agitada del niño que antecedía a las imágenes, y su brusco despertar angustioso, sitúa a esas imágenes como fragmentos de una pesadilla. Y la voz en off dirá que se trata de la historia de un chico demasiado viejo para ser un niño y demasiado joven para ser un adulto.


Connor (Lewis MacDougall) es un niño de 12 años cuya vida está puesta en jaque por varias situaciones que atraviesa: es víctima del bullying en el colegio, debe manejarse prácticamente solo porque su madre (Felicity Jones) está en tratamiento por cáncer, recibe la visita de su estricta abuela materna (Sigourny Weaver) que quiere llevarlo a vivir con ella y de su padre (Toby Kebbel) que vive en EEUU, junto a su nueva familia, pero que no se juega a llevarlo a vivir con él.
En este contexto, a los 7 minutos pasadas las 12 am, Connor comenzará a recibir la visita de un monstruo (con la voz de Liam Neeson), un árbol con cualidades antropomórficas, al principio temido, luego amigable, que le contará tres historias, para que luego Connor le cuente la suya y le diga su verdad.
La madre de Connor no responderá a los tratamientos tradicionales y paulatinamente irá empeorando. Se trata entonces de cómo arreglárselas con la inminencia de la muerte de un ser querido que no es cualquiera sino la madre, aquella con quien se forja el primer lazo amoroso. En este punto es interesante que en el prólogo se nos mencione que Connor es demasiado viejo para ser niño, y demasiado joven para ser adulto. Confrontarse con la muerte supone afrontar aquello que no tiene representación en lo simbólico, porque nadie sabe nada ni puede dar cuenta de la experiencia de la muerte. Y sólo puede ser abordada mediante la propia y singular invención simbólica. Connor es viejo, porque al transitar la inminencia de la pérdida, esta dura realidad le implicará crecer de golpe, pero también es joven, porque su psiquismo está en construcción para abordar y procesar tamaña experiencia de pérdida.
Ante este agujero que es la muerte en la trama simbólica, no es de extrañar que todo el aparato psíquico se ponga en movimiento para tratar de tramitarlo. De ahí el valor del sueño de repetición que es formación del inconsciente; un entramado de ficción, un modo de trabajo del aparato psíquico, que apunta a intentar tramitar simbólicamente aquello que no puede ser abrochado por lo simbólico. Pero aquí no se trata de un mero sueño, sino de una pesadilla, de un sueño de angustia donde el punto mismo del despertar: esa mano que se zafa de Connor cayendo entonces la madre al vacío del agujero, revela el punto mismo de fracaso del sueño como entramado simbólico, irrumpiendo la muerte como un elemento que no entra dentro del tejido de ficción del sueño.
En este contexto es interesante la apelación de Connor al padre, en tanto instancia simbólica que lo podría contener y ayudar a transitar este momento. Pero ese padre no responde, no lo aloja.
Por suerte Connor tiene habilidades plásticas, que le vienen de su madre, quien antes de su nacimiento aspiraba a realizar la carrera de artes. El dibujo comenzará a movilizarse, creando la fantasía de ese árbol antropomórfico que vendría en su ayuda en estos momentos. En este punto Bayona combinará el live action con la animación digital que da vida al monstruo y la animación basada en la técnica de la acuarela en las historias que cuente el monstruo.
Este monstruo está construido en base al árbol de Tejo que está frente a la iglesia en el predio del cementerio que se ve desde la ventana de Connor. Es una construcción simbólica que surgió en los juegos entre Connor y su madre, cuando era más pequeño. Se trata entonces de inventarse una función simbólica tercera, una función paterna mediadora entre la madre y él. Las historias que le cuente este monstruo a Connor se revelan entonces como ficciones que le permitirán tramitar esos demonios y dragones que habitan en él ante la inminente muerte de su madre.
Por otro lado, podemos pensar al monstruo como cierta función de analista, ya que al pedirle que le cuente su pesadilla mediante su interpretación advendrá un efecto de verdad. Exorcizar sus demonios le permitirá a Connor despedirse de ella y comenzar a transitar el duelo. En este sentido, se trata de una película que puede enmarcarse en el género de iniciación o de aprendizaje.
En “Un monstruo viene a verme”, Bayona toca a la emotividad del espectador, pero no por el simple recurso al golpe bajo, sino porque la convoca la temática que explora: cómo arreglárnoslas como sujetos ante aquello que no tiene palabras. Y no se trata de que huyamos hacia la fantasía simplemente para consolarlos y tapar lo que no queremos saber, sino de que cuando no hay palabras, quizás solo nos quede aferrarnos a un esfuerzo de poesía. Esa que encontramos en el despliegue del fantástico mundo de Connor, y que el director plasma con una gran belleza visual.

Carla Leonardi

carlaleonardi@caligari.com.ar

Un monstruo viene a verme