“Sin ortodoncia se ríe mejor”. Toni Erdmann (2015), de Maren Ade

Rocio Molina Biasone 22 - Septiembre - 2016 Textos

 

Comedia: género que nos llega desde la Antigua Grecia y su teatro; género pensado para un público amplio, para ser entendido por el pueblo entero; género que, a lo largo de la historia, pasó por momentos de monotonía, y otros de gran riqueza argumental; género que probablemente sea el más atractivo para el espectador promedio de cine, pero que por ello mismo está en un riesgo crónico de ser superficial, vago, puro entretenimiento y apenas cine.
Es un género que por ya bastante tiempo ha estado sufriendo una crisis de originalidad, y que no tenía mejor forma de intentar superarse que mediante recursos como la exageración, lo escatológico o lo sexual, pero sin atreverse a tocar la forma y el ritmo de la narración. Por otra parte, se suele apostar a una revelación o moraleja final, que se nos hace innecesariamente explícita por el discurso optimista de algún protagonista.
Toni Erdmann no le escapa a estos elementos, pero los usa casi parodiándolos, a la vez que ataca lo que pocos se atreven modificar, es decir, como ya mencioné, ritmo y forma. Donde la mayoría de las comedias coquetean con el absurdo, pero de forma pacata por miedo a llegar a un nivel a lo Monty Python, este film lo eleva a la potencia más alta posible sin perder un contexto de “realismo”.

Y es que Winfried Conradi es en sí un hombre absurdo viviendo en un mundo muy normal. Es una excepción, pero no un payaso permanente e irritantemente feliz, por más que cumpla la función general de una manic pixie dream girl*. Es un hombre adulto, con problemas de salud, bastante venido abajo y que en sus actuaciones inspira más incomodidad y extrañamiento que risa cómplice. Esto hace que el contraste con su hija profesional, consultora para una compañía petrolera, se amplíe sin caer en lo obvio, sin hacernos pensar de forma instantánea en una trama donde el hombre relajado y espontáneo le enseña a vivir a la mujer fría y hambrienta de poder.
Si se quiere, podríamos afirmar que la película de Toni Erdmann es una inmensa burla a toda la lista de comedias, desde el cine clásico hasta hoy, que usan y abusan del recurso de MPDG: es decir, de tramas donde la aburrida y predecible vida de un protagonista (generalmente hombre), viene a dar un giro de 360 grados con la llegada de una mujer hermosa, espontánea, inocente, divertida, que le hace ver que necesita apreciar los pequeños momentos y ser más libre.
¿Suena familiar? La lista puede ser muy larga: desde Bringing up Baby (1938), hasta Yes Man (2008); desde La bella y la bestia (1991), hasta Buffalo ’66 (1998); desde Desayuno en Tiffany’s (1961), hasta Más extraño que la ficción (2006). Puedan considerarse buenas o malas películas, todas incluyen de una forma u otra una MPDG cumpliendo ese rol.

En su última obra, sea o no de forma consciente, Maren Ade logra deconstruir este rol, privándolo de varios de sus elementos característicos. Primero, y más visiblemente, está el aspecto de Winfried, o mejor dicho, de su alter-ego Toni Erdmann: como ya dije, lejos está de ser una carismática y atractiva jovencita; por el contrario, con su ridícula peluca, y la dentadura falsa amarillenta que lleva a todos lados, el aspecto de este hombre causa rechazo antes que nada, y recién después, risa.
Luego está la naturaleza de la relación entre los dos protagonistas: no se trata de un vínculo entre dos amantes o enamorados, sino de un padre y una hija, en la cual es el padre quien actúa de manera “infantil” y la hija es quien debe “aprender cómo ser feliz”. El amor en este caso sería algo por reconquistar, no por crear de la nada.
El quiebre con la tradición se da también en la misma estructura del film. O más bien, en el cambio progresivo del punto de vista, que coincide con el momento en que Winfried pasa a ser el alter-ego, y Toni Erdmann toma las riendas de su persona. Casi a mitad de la película, pasamos del punto de vista del padre, a aquel de la hija, y allí nos quedamos, tendiendo a un equilibrio a medida que llegamos hacia la resolución. En esto rompe con lo establecido de cualquier género: por un lado, el mero hecho de que el MPDB (vamos a llamarlo manic pixie dream boy, para no confundirnos demasiado) sea el primer protagonista que se nos presenta, y sea su punto de vista el que predomina en la primer parte del film, es prácticamente inaudito; y por otro, el cambio de punto de vista a mitad de la trama, es jugar con fuego si de guión se trata. Pero ¿a quién le importa? A Toni Erdmann de seguro que no.

Pero el sabotaje más grande de Maren Ade a este tipo de comedias, es destruir la idea de que unos días de absurdidades y diversión puede cambiar radicalmente a una persona. Incluso en esta película de escenas inimaginablemente ridículas, donde las situaciones nos llevan más allá de la simple comedia, al dejar que los eventos se desarrollen por completo en vez de apostar por gags breves y básicos; donde ningún personaje está meramente de decorado, y la sorpresa es constante; donde Winfried-Toni intenta con toda su voluntad sacarle algo de humanidad, de risas, de alegría a su hija, entrometiéndose en su vida con un disparate tras otro; incluso en esta historia, una semana absurda es eso, y solo eso.
El discurso paternal e iluminador queda corto, las risas no son eternas, y los dientes postizos y las pelucas son divertidos solo si alguien te ve.

Rocio Molina Biasone

rociomolinabiasone@caligari.com.ar

* También conocido como MPDG, es un personaje tipo en películas. El crítico de cine Nathan Rabin, quien acuñó el término después de ver a Kirsten Dunst en Elizabethtown (2005), describe MPDG como "esa criatura cinematográfica burbujeante y superficial que sólo existe en la febril imaginación de escritores-directores sensibles para enseñar a los jóvenes graves y pensativos a abrazar la vida y sus infinitos misterios y aventuras". Se dice que las MPDG ayudan a sus hombres sin perseguir su propia felicidad, y estos personajes nunca crecen, así que sus hombres nunca crecen.

Toni Erdmann