Enmascarar ese fracaso. Un viaje extraordinario (The mercy) (2018), de James Marsh

Eduardo Savino 11 - Junio - 2018 Textos

 

            La anécdota en que se basa The Mercy (James Marsh, 2018) es de por sí atrayente. Donald Crowhurst (Colin Firth), un pequeño empresario de un pueblo de Inglaterra, decide competir en una carrera en barco alrededor del mundo para solucionar sus problemas económicos. La presión de las expectativas que él mismo generó en su familia y sus inversores, además de las presiones financieras de estos últimos, lo obligan a zarpar cuando ya está decidiendo retirarse.
Prefiero no dar demasiados detalles para no revelar todo el argumento. Pero lo más interesante viene después: es la historia de un fracaso y de un intento desesperado por enmascarar ese fracaso. La historia real es esencialmente trágica. Crowhurst se enfrenta desde el principio con su inexperiencia y rápidamente concluye que va a ser imposible dar la vuelta entera. Miente sobre su recorrido, se esconde en Argentina, vuelve al barco, enloquece. Y en el medio: una vaga idea de esperanza. En ese lío entre la desesperación, la culpa, lo utópico y la locura, como consecuencias de la lucha del hombre con su propia finitud, surge lo trágico.

James Marsh no trabaja del todo con la tragedia como forma. Tampoco hay una profunda exploración de los temas que mencionábamos arriba. La estructura es más bien típica del cine clásico y tiene, como mayor acierto, el uso de flashbacks y de la puesta en imagen del delirio del personaje. Esto último se trabaja gradualmente: al principio son frases retomadas de escenas anteriores que se reproducen no como voz en off, sino como si surgieran de una fuente sonora imposible de rastrear. Esto, junto con los flashbacks, evita que seguir a un hombre solo en un barco se vuelva denso. La linealidad está desestabilizada desde el comienzo. La película empieza con imágenes del mar y un diálogo con cierto contenido simbólico que vuelve a aparecer más adelante.

Lo que llama la atención, sobre todo, tiene que ver con algunas decisiones de guión y dirección. Primero, la construcción de los personajes deja mucho que desear. Responde sin cuestionamientos a los modelos más tradicionales: un hombre tiene un sueño altamente ambicioso que la esposa apoya desde la pasividad, el silencio y las lágrimas contenidas. No digo que esos caracteres no existieran en la época que se retrata -años sesenta-. Pero tampoco hay un cuestionamiento de esos roles. Son tomados como naturales. Lo más perturbador es que Clare (Rachel Weisz) evidentemente tiene miedo y le parece una pésima idea que el marido se vaya nueve meses a navegar, arriesgando a sus hijos a quedarse huérfanos de padre y quebrados.

Y aún así, Clare no dice nada. Esa pasividad es la que hace que uno revolee un poco los ojos cuando se sigue encontrando con estos personajes en pleno siglo XXI. Por otro lado, hay una suerte de crítica al amarillismo periodístico que está armada un poco burdamente, con un par de escenas donde el publicista Rodney Hallworth (David Thewlis) falsea intencionalmente la posición de Crowhurst, basándose en las vagas -y también falsas- indicaciones de aquél. Casi en el final hay una escena en donde Clare despotrica contra la prensa que se agolpa en su casa, poniendo al periodismo en el lugar de primer culpable de la empresa delirante a que empujaron a su marido.

Si bien hay algo de eso desde el comienzo, está trabajado, como todo en la película, de manera muy superficial. Hay como una sensación de apuro, de resumen. Se pasa de una escena a otra casi sin transición y esto no siempre funciona. Sobre todo, se hace notorio al principio, donde no se muestra de manera consecuente la desesperación y el miedo de Crowhurst, que son los que lo llevan a acometer semejante desafío. También, en ese sentido, hay algo que quizás sea una cuestión cultural, pero no puedo dejar de señalarlo. Weisz y Firth son dos grandes actores, pero en la película no parece que se quieran de verdad. Hay una frialdad, una inexpresividad en las emociones que quizás tenga que ver con algo esencialmente británico. A mí, particularmente, me dificulta la empatía.

Después está el problema que aparece siempre que los gringos quieren mostrar Latinoamérica. No tienen la más mínima idea de qué es. En esta película, llegan al punto de contratar a actores ¿orientales? para hacer de argentinos. Hablan con un acento rarísimo en un  castellano que salta como flojo para cualquier nativo o para cualquiera que lo hable más o menos bien. Obviamente, a los anglosajones no les importa porque saben que los hispanoparlantes somos solo una parte del público. Con que hubieran contratado a un español habría bastado. Pero como las representaciones de las mujeres, las de cualquiera que se constituya como un otro son secundarias para los directores más conservadores de los países imperialistas.

Hay un par de momentos de mucha intensidad. En particular, la escena de la tormenta y otra en la que Crowhurst se sube al mástil para arreglar algo que se rompió -si hay algo de lo que carezco, es de conocimiento sobre navegación: no me exijan precisiones- están filmadas de manera impecable. En ambas se traduce directamente al espectador el terror que siente el personaje, esa sensación de desamparo que no se había logrado construir en el comienzo de la película. También, la aparición fantasmal de Clare en el barco (o de cosas más incomprensibles, como caballos) tiene su dosis de tensión, aunque habría sido todavía más efectiva de haberse trabajado mejor la relación entre ambos.

En líneas generales, creo que una anécdota como esta podría haberse explotado mucho más (sé que existen una o dos películas más basadas en la historia de Crowhurst, de las cuales la versión anticapitalista soviética -Gonka veka, 1986- es la que más ganas tengo de ver próximamente). Yo suelo criticar a algunas películas el hecho de que les sobren veinte o treinta minutos, pero creo que en el caso de The Mercy el problema es el opuesto. Tal vez si le hubieran dedicado un poco más de tiempo a la previa del viaje, a construir las relaciones entre los personajes, a mostrar la locura de Crowhurst ya plantada desde antes de salir al mar, podríamos haber pasado por alto otros problemas de guión y el relato habría impactado muchísimo más.

Eduardo Savino

eduardosavino@caligari.com.ar

The Mercy